Rafael Mendoza Castillo
La libertad, ¿para qué y para quién?
Lunes 27 de Marzo de 2017
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Se nos dice a diario que somos libres, esto es, para vendernos, para comprar, para consumir, para votar, para morirnos de hambre, para servirle al poder del dinero, del capital, para creer en los dioses; pero no somos libres para preguntarle al poder de dominación y de explotación cuando éste nos roba, nos reprime, nos esclaviza, nos enajena, nos aliena y sobre todo, cuando privatiza lo público, lo de todos. En el momento de la pregunta y el enojo, conforme a la razón crítica, se acaba la libertad del individuo frente al poder.

Es cierto que no existe la libertad absoluta de hacer lo que uno quiera , tratándose de los individuos, porque segun los clasicos nos matariamos los unos con los otros. Por eso se invento la institución llamado estado.
Es cierto que no existe la libertad absoluta de hacer lo que uno quiera , tratándose de los individuos, porque segun los clasicos nos matariamos los unos con los otros. Por eso se invento la institución llamado estado.
(Foto: Héctor Sánchez)

Se observa, en lo dicho anteriormente, que la libertad se coloca del lado del capital, de la oligarquía, de los poderosos, del capitalismo corporativo, a quienes como relación social o como clase les delegamos, los subordinados, los de abajo, la mayoría, donde por Constitución, en lo formal, se dice que en éstos reside la soberanía, el poder de decisión libre, la libertad. Se entiende que les delegamos la libertad para que gobiernen en favor de nosotros y no en contra, como hasta ahora lo han hecho. Tenemos libertad formal, pero no real, es decir, sin contenido.

Son tan cínicos, mentirosos e ignorantes los gobernantes como Enrique Peña Nieto, que hasta nos dice que si somos populistas, le cerramos espacios a la libertad. Así, el ciudadano, el individuo, una clase social, no pueden escoger una ideología, otra opción política, imaginar otra sociedad, porque el poder usa la libertad que le delegamos para defender sus propios intereses y los de la clase oligárquica.

Los mecanismos que ha inventado el poder de explotación como la democracia representativa, sus procesos electorales, leyes laborales, leyes educativas, le sirven para acrecentar el excedente de capital en pocas familias. De ese modo, el uno por ciento de la población concentra la riqueza del otro 99 por ciento. Este es el origen de la desigualdad social brutal. Para eso sirve la libertad que les delegamos.

Algo más grave. El poder lo usan para corromper, para la impunidad, para reprimir al diferente, al que no piensa como ellos, al que les pregunta, al que se rebela, al que se enoja. La gravedad está en que los gobernantes se sienten la fuente del poder y se les olvida, o aún sabiéndolo, que el poder reside en el pueblo. Es en este fenómeno fetichista que la política se corrompe.

El gobernante usa la libertad delegada a través del mecanismo electoral, donde el ciudadano, el individuo, se siente libre un día, se imagina que lo es gracias a la ilusión, la fantasía o vendiendo su voto, o por miedo (emoción positiva), para posteriormente vender el patrimonio de la nación, incluyendo el petróleo, electricidad, minas, aguas, bosques, playas, etcétera. Es momento de quitarles esa libertad. Esa es la libertad de los modernizadores del capitalismo, es decir, la modernidad irracional que nos impusieron desde 1492 los conquistadores. Pero ahora con otro nombre, los neoliberales.

Pensemos entonces que hay dos libertades, la que usan los neoliberales para acrecentar sus riquezas y la que podemos usar los explotados, los subordinados, los excluidos, los marginados, los de la periferia, los que la delegamos a los primeros, para liberarnos de la opresión, de la explotación, de la pobreza, de la humillación, del sufrimiento.

El problema está en escoger el camino o la vía de acceso para alcanzar la liberación. Por la vía del voto, la experiencia dicta que el orden sigue siendo el mismo. Por la vía de la revolución, pacífica o violenta, el cambio del orden es posible ya que cambia de raíz las estructuras sociales, culturales y económicas. El que elige se elige, decía el clásico. Cuando la libertad se anula, la dignidad como valor humano entra en una crisis profunda. Al poder le gusta la sumisión le molestan la indignación, la rebeldía, la desobediencia.

La acción del voto es reformista, más lento el cambio, morimos más despacio y en la otra podemos morir más rápido o vivir más. En ambas vías va la vida. ¿Qué es mejor, vivir de rodillas o luchar, pelear, rebelarse y encontrar la muerte, o la liberación?. Escoger el camino es la libertad. O esperamos que la historia escoja. Sin olvidar que la historia la hacemos los explotados ante un mundo de injusticias y de opresiones. Los del poder están satisfechos, felices y contentos. Estas son las batallas de la historia, entre la libertad y la opresión.

Somos libres para vender nuestra fuerza de trabajo, pero en el momento en que deseas luchar para mejorar tus condiciones de vida, ya no lo eres, el poder te reprime. A partir de aquí sólo te queda la libertad para elegir a tus amos ,tus verdugos e instalarlos en Los Pinos. Otra vez subimos y bajamos la piedra en la montaña como Sísifo. Esa libertad se funda en una falsa conciencia llena de miedos, de fantasías, de falsas verdades, que le pone velos a la realidad, para que no entendamos las contradicciones y sus sentidos, del mundo socio-histórico.

Eres libre para que aceptes las estructuras del orden del capital, sus instituciones, su proyecto de sociedad, sus costumbres, su moralidad social reiterativa, su ideología, sus religiones, sus calmantes. Pero si tú te colocas en la trinchera del pensamiento crítico, disruptivo, reflexivo, digno, rebelde y pones en sospecha, en duda, lo anterior, entonces, te conviertes en enemigo de lo establecido, de lo dado y hasta aquí llega tu libertad. Si buscas otra verdad que no sea la del poder, corres el riesgo de perder la vida. Más de 100 periodistas muertos y miles de desaparecidos constatan lo que decimos.

Es mejor empezar, comenzar, principiar por la forma negativa de la libertad, esto es, por lo que no existe en lo real, la crisis de las libertades públicas, y no por establecer una definición de lo que es formalmente la libertad. Por ejemplo, en la Constitución, en su artículo primero, se habla muy bonito de los derechos humanos, del respeto a la dignidad de la persona y en lo real, en el contenido material de la libertad y de los derechos humanos, sucede lo contrario, en el primer caso se restringe y en el segundo se violentan.

Es cierto que no existe la libertad absoluta, de hacer lo que uno quiera, tratándose de los individuos, porque según los clásicos nos mataríamos los unos a los otros. Por eso se inventó la institución llamada Estado, Leviatán u Ogro Filantrópico, al cual le cedimos nuestra libertad para regular no sólo nuestros deseos, ambiciones, comportamientos, sino también los vínculos con la naturaleza. Hoy el Estado se encamina a la libertad absoluta, sin límites, al autoritarismo, y el resultado es la militarización de la relación social mexicana. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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