Alma Gloria Chávez
Aqua sum, agua soy
Sábado 25 de Marzo de 2017

El hombre que se ataca a sí mismo acaba con el agua, con el maíz, con la tierra y deja de pronunciar el nombre de sus Dioses

Laura Esquivel en La Malinche.

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El agua es un prodigio de la naturaleza. Se formó a partir de la combinación de dos átomos de hidrógeno y un átomo de oxígeno que establecieron un enlace poco menos que indestructible. En cuanto a sustancia, el agua pura es inodora, incolora y sin sabor, y su gran estabilidad la convierte en una especie de solvente universal, que es capaz de diluirlo todo, ya sea materia orgánica e inorgánica.

Nos es tan familiar y cercana, que muchas veces nos olvidamos que está presente casi en cada acto de nuestra vida y que es tan antigua como el Universo mismo. Muchos quedamos asombrados al darnos cuenta de que el agua que hoy bebemos fue también bebida por los dinosaurios.

El agua es un prodigio de la naturaleza
El agua es un prodigio de la naturaleza
(Foto: Cuartoscuro)



Los primeros seres inteligentes del género Homo sapiens, nuestros más remotos antepasados, pronto se dieron cuenta de que vivir cerca del agua aumentaba sus posibilidades de vida, así como la calidad de la misma. Por tal razón, algunos de ellos abandonaron el nomadismo para asentarse junto a los ríos o lagos y asegurarse la supervivencia. Es así como suponemos que el hombre inventó la agricultura a partir de la asociación entre los elementos básicos: agua, tierra, humedad, germinación y cosecha, que le permitieron, por primera vez en la historia, modificar su entorno y beneficiarse de él.

Gracias a su tamaño mediano y a la posición que tiene con respecto al Sol, la Tierra (Gaia) es el único planeta del Sistema Solar donde el agua existe en sus tres estados: gaseoso, líquido y sólido. Si la Tierra hubiera sido un poco más pequeña o más grande, o hubiera estado a otra distancia del Sol, tal vez no estaríamos compartiendo esta historia, por la sencilla razón de que no sería posible nuestra existencia (así como ahora la conocemos).

Se sabe que algunas de las culturas más avanzadas del México antiguo, como los olmecas, mayas, zapotecas, mixtecas, teotihuacanos, toltecas y mexicas, poseían un orden político y social normado por leyes variadas que se transmitían por la tradición oral. Para todas esas culturas los ordenamientos respecto al agua tenían un lugar especial, y gracias a los códices se puede conocer la importancia que este elemento líquido tuvo en la vida de los pobladores prehispánicos. Así, por ejemplo, el vocablo Anáhuac significa “junto al agua”.

En la mayoría de las religiones mesoamericanas se veneraba al agua como el elemento sagrado que (hoy lo afirmamos) es, como parte de una memoria subconsciente que reconoce el surgimiento de la vida en ese líquido elemento hace cientos de millones de años. En el organismo de todo ser viviente el agua es como una guía sabia que conoce todos sus rincones y conduce por nuestro interior las sustancias alimenticias que hacen posible la permanencia de la vida. El ser humano necesita de dos a tres litros de agua al día para recuperar lo que ha eliminado y restaurar el equilibrio acuoso del cuerpo, calculado en unos 40 litros: de ahí la afirmación de que “somos más agua” que cualquiera otra materia.

Tlalocan era uno de los trece cielos mexicas y a él iban los que morían ahogados, o por rayo, o por enfermedades como la hidropesía, y también las víctimas ofrecidas en sacrificio a las deidades: sus cuerpos eran enterrados con semillas de huauhtli (amaranto) y les colocaban ofrendas de papel similares a las que usaban los dioses.

Los últimos pobladores de Anáhuac antes de la llegada de los españoles cantaban a su dios Tláloc, hacedor de las lluvias. El oriente era asociado con los dioses de la lluvia y algunos cerros eran identificados como entidades divinas. Los tlaloque eran pequeños diosecillos o “duendes del agua” cuya misión era ayudar a hacer llover por todo el mundo, llevando un jarro de barro al que golpeaban con un palo, produciendo así los truenos.

En la cultura maya, el dios Chac era “el rayo que desgaja las nubes y hace caer sobre la Tierra su preciado líquido”; Zamná era “el rocío del cielo”, y el dios Hurakan era el padre del trueno. En territorio purépecha, sus habitantes utilizaban los baños de vapor para rituales de purificación; consideraban a los lagos como “espejos donde los dioses se miran”, los nacimientos de agua representaban “los ojos por donde los cerros lloran” y los ríos y riachuelos eran las venas que alimentaban la tierra, llamando “caminos de vida” a los senderos por donde el agua de lluvia corría y “caminos reales” a los canales por donde conducían el líquido.

“De agua somos (cita Eduardo Galeano en Los hijos de los días). Del agua brotó la vida. Los ríos son la sangre que nutre la Tierra y están hechas de agua las células que nos piensan, las lágrimas que nos lloran y la memoria que nos recuerda. La memoria nos cuenta que los desiertos de hoy fueron los bosques de ayer, y que el mundo seco supo ser mundo mojado en aquellos remotos tiempos en que el agua y la tierra eran de nadie y eran de todos. ¿Quién se quedó con el agua? El mono que tenía el garrote. El mono desarmado murió de un garrotazo… Si no recuerdo mal, así comenzaba la película 2001, odisea del espacio…”

Hoy en día nos encontramos ante una crisis debida a la escasez del agua potable y al mal uso y acaparamiento que unos pocos hacen de ella en perjuicio de las mayorías. Pero igual sabemos que entre esas mayorías crece día a día una rebeldía que se organiza, lucha, resiste y participa para detener los afanes comercializadores de gobiernos, empresarios y bancos mundiales que ven el preciado líquido como una mercancía más. Esta crisis y estas luchas que han cobrado tantas víctimas (sobre todo entre pueblos y comunidades indígenas), nos obliga a adoptar una actitud comprometida hacia el cuidado y defensa del agua, que representa la propia vida porque agua somos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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