Jueves 9 de Marzo de 2017
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El concepto de prisión en muy antiguo, pero es a partir del siglo XVIII que empieza a concebirse como hoy lo conocemos, con su obvia evolución, pasando de la simple función de contención, castigo y prevención, a la readaptación, para llegar a nuestros días con la función primordial de la reinserción. Claro está que esto es desde el punto de vista teórico, ya que en la práctica el tema de la readaptación o la reinserción no ha sido ni remotamente satisfactorio, al menos no en nuestro país.

A partir del siglo XVIII en las prisiones se concibe su evolución para la reinserción de los reos.
A partir del siglo XVIII en las prisiones se concibe su evolución para la reinserción de los reos.
(Foto: Carmen Hernández )

Es común escuchar que las cárceles en México son universidades del crimen, y con dolor debemos aceptar que hay muchos elementos para aceptar esa premisa coloquial y discursiva como cierta. Atribuyo lo anterior al perfil social del grueso de la población penitenciaria del país. Nuestras cárceles están primordialmente llenas de pobres, ignorantes y marginados, quienes son caldo de cultivo para el crecimiento y desarrollo del fenómeno delictivo, alejándose cada día de cautiverio del fin primario de la misma.

Ahora bien, en nuestras prisiones, y las del mundo entero, también hay reclusos que son infractores circunstanciales u ocasionales, así como presos políticos que no requieren de la readaptación o de la reinserción porque nunca se han desadaptado o no tendrían dificultad alguna para reintegrase de manera productiva a la sociedad, y que lejos de verse corrompidos por la realidad penitenciaria transitarán por el cautiverio con el único fin de extinguir una pena justa o injusta según sea el caso. Luego entonces, estamos ante el caso de que es tu realidad previa la que determina tu paso por la prisión. Origen es destino. Por tanto, el problema de política criminal no nace exclusivamente en el mal manejo o diseño del sistema penitenciario, sino que las deficiencias se originan desde la sociedad desigual, con altos grados de marginación, corrupción e impunidad en que vivimos.

En otras palabras, lo que se señala es que de corregirse o llevar a su mínima expresión los principales problemas de la sociedad (desigualdad, marginación, pobreza, corrupción, etcétera), se generarán las condiciones para que nuestras prisiones dejen de ser escuelas para delincuentes y se vuelvan centros eficaces de reinserción social, partiendo de la idea de que el cautiverio en sí no engendrará pensamientos y acciones delictivas donde haya valores y principios sólidos.

La historia nos ha demostrado que ni el peor de los cautiverios doblega a seres de principios e ideales. Casos como el de Nelson Mandela, quien después de permanecer casi tres décadas en prisión llegó a convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica, o el de José Mujica, ex presidente del Uruguay, quien en total pasó quince años de su vida en la cárcel, obviamente antes de alcanzar la Presidencia de su país, nos demuestran que el tronco recto y de raíces firmes no se doblega en la adversidad, aunque sea de manera excepcional.

Como esos dos carismáticos líderes ex convictos han existido muchos más hombres y mujeres en la historia contemporánea, a los cuales la prisión les ha dado el temperamento requerido para pasar a la historia, tales como Václac Havel (República Checa), Dilma Rousseff (Brasil), Benigno Aquino (Filipinas), Kim Dae Jung (Corea del Sur), entre otros más, por lo que es posible afirmar que si bien es cierto que la cárcel puede potencializar la descomposición del individuo, a los seres de valores los templa; luego entonces, el problema penitenciario debe ser atendido de raíz, desde los hogares y en la educación básica, ya que la solución de fondo está en una mejor sociedad y no en una con más y mayores penas privativas de la libertad.

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