Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
Entrega sin título
Martes 7 de Marzo de 2017
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Alguien me lo dijo o lo leí: “Si estás con un amigo en una sala donde hay un piano y en un momento dado, interrumpiendo la conversación tu amigo se sienta al piano y empieza a tocar la sonata Appassionata de Beethoven, después de unos cuantos compases te das cuenta que hay tres personas en la habitación: tu amigo, tú y la Sonata Appassionata, no Beethoven.” La obra de arte, en cuanto es liberada por su autor, adquiere independencia y autonomía y es ella quien interactúa con el público receptor, no el autor.

Interrumpiendo la conversación tu amigo se sienta al piano y empieza a tocar la sonata Appassionata de Beethoven, después de unos cuantos compases te das cuenta que hay tres personas en la habitación: tu amigo, tú y la Sonata Appassionata, no Beethoven
Interrumpiendo la conversación tu amigo se sienta al piano y empieza a tocar la sonata Appassionata de Beethoven, después de unos cuantos compases te das cuenta que hay tres personas en la habitación: tu amigo, tú y la Sonata Appassionata, no Beethoven
(Foto: Especial)

Esto lo he experimentado en varias ocasiones con la música, algunas de las cuales referiré más adelante, pero ahora les diré de ello, pero ocurrido con Don Quijote de la Mancha, de Don Miguel de Cervantes Saavedra. La novela la he leído ocho veces a lo largo de mi vida, la primera a los trece años de edad y la última hace tres o cuatro años, en versión digital. Siempre la he disfrutado enormemente, independientemente de los enfoques con que la recibo, pues no es lo mismo como adolescente que después de los setenta años; ha sido cómica, festiva, graciosa, dramática o trágica. Una condición crucial en la novela es la locura de Alonso Quijano, hidalgo castellano que en ella se convirtió en Don Quijote de la Mancha, para salir al mundo a desfacer entuertos (deshacer agravios).

En un coloquio que se dio en Morelia hace no más de dos años con el título de La ciencia en la época de Don Quijote, alguien preguntó si la locura de este personaje correspondía a alguna de las formas de demencia que actualmente se reconocen en la medicina. No hubo una respuesta clara, pues quienes sabían de demencias no habían leído la novela, y quienes la habían leído, no sabían de demencias. Para mí, quedaba muy claro que no había ninguna coincidencia, pero en ese momento se me iluminó un pensamiento que venía yo rumiando desde años antes: Don Quijote nunca fue demente; su espléndida locura era fingida, fue creada, pero no por Cervantes, sino por Alonso Quijano para salir al mundo a combatir la maldad y la corrupción. Se lo confiesan mutuamente Don Quijote y Sancho Panza en uno de los capítulos finales y yo estuve presente cuando tal hicieron. Después de un tiempo de las desventuras justicieras, Don Quijote reconoció su impotencia de desaparecer la maldad de la faz del mundo. Entonces decidió recobrar la cordura y morir. Así, y entre tendidas lágrimas mías, terminó mi última lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

En el dicho coloquio académico, que se dio en el Centro Cultural de la UNAM en Morelia, yo expuse ésta mi convicción. Participaba una filóloga experta en El Quijote, que se mostró muy interesada por lo que yo decía. No le pareció extraño ni descabellado. Comentó que una opinión parecida ya había sido expuesta y publicada por un filólogo español del siglo XX. Dio el nombre y la cita, los que no recuerdo, como tampoco el nombre de ella. ¡Qué mal!

Experiencias similares me han ocurrido en la música con obras de Mozart-Da Ponte, Puccini, Wagner y Beethoven, y ganas me dan ahora de comentarlas. Pero son largas de describir, ya no caben aquí y la emoción de El Quijote ya no me deja. Será en otras ocasiones.
Hasta la próxima.




Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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