Julio Santoyo Guerrero
La sucesión presidencial y de cultura cívica
Lunes 6 de Marzo de 2017
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La sucesión presidencial del 2018 arrancó ya. La debilidad del ejecutivo federal que se ha venido pronunciando en los dos últimos años por diversos yerros y escándalos y ha entrado en franca crisis a partir de la victoria en los Estados Unidos de la política antimexicana, antiinmigrante, racista y proteccionista de Donald Trump, ha abierto la puerta de par en par para el adelanto y la precipitación de los actores políticos nacionales.

La ciudadanía, por su parte, continúa ausente, ajena a la participación y al interés en construir otros valores.
La ciudadanía, por su parte, continúa ausente, ajena a la participación y al interés en construir otros valores.
(Foto: Carmen Hernández )

Casi todas las fuerzas políticas y las expresiones ciudadanas independientes que hacen política, coinciden en el diagnóstico de la crisis: las instituciones mexicanas están terriblemente desgastadas; la sociedad no cree en la clase política, literalmente la detesta; las políticas públicas adolecen de consenso social y terminan aisladas y deslegitimadas; la corrupción ha carcomido el tejido social pero a las élites económicas y políticas dirigentes las ha hecho aborrecibles; las estrategias de seguridad pública nuevamente han fracasado, no se han sabido cortar todas las cabezas a esta nueva Hidra de Lerna del mal, y la ciudadanía sigue sufriendo los embates de la delincuencia; otras instituciones, como la que rige las relaciones exteriores, ingresan al ámbito de las clasificadas en crisis y pronuncian la percepción de vacío y mal gobierno; la ciudadanía por su parte continúa ausente, ajena a la participación y al interés en construir otros valores para desde abajo contribuir a la transformación del país; los partidos políticos, sin excepción, no han generado ni los cuadros, ni la educación política, ni las propuestas, que sirvan de levadura para empujar las nuevas transformaciones que todos aceptamos que deben ocurrir, pero que nadie sabe cuáles son y cómo lograrlas, más allá de los lugares comunes que se vienen repitiendo desde hace más de una década. Conocemos del problema porque lo tenemos ante nuestros ojos pero no sabemos de la alternativa de fondo.

El riesgo que corremos cuando casi todos coinciden en el diagnóstico pero nadie cree en la sinceridad de los otros para enarbolar las banderas de cambio y la ciudadanía se abandona a la pasividad, es que se abre la puerta para que desde la política se tenga que recurrir a las soluciones metafísicas, esas que promueven un eslogan, un rostro, una marca, un nombre, un gesto, como la solución verdadera de una crisis de alcances económicos, políticos, sociales y culturales, como la que estamos viviendo. Desafortunadamente el sistema electoral está hecho para que la superficialidad política, bien manejada mediáticamente, produzca votos y ganadores, nada más, y no necesariamente transformaciones profundas como las que todos creemos que deben ocurrir.

Por ejemplo, es un engaño cuando desde la política o desde la "ciudadanía" (que hace política) se vende la idea de que el cambio sólo vendrá derrotando a los políticos. Vendiendo una falaz expectativa y torciendo la educación cívica de la sociedad. Lo cierto e inobjetable es que todo ciudadano cuando opina y toma acciones en las cosas públicas está haciendo política, y lo está haciendo cuando aspira al poder y a plantear políticas públicas, lo cual es perfectamente legítimo y noble. Lo que detestamos es la mala política y los malos políticos. La política siempre estará presente y también lo estarán los políticos. El asunto es cómo hacer una política que represente con legitimidad los intereses superiores de nuestra sociedad y con qué actos éticos se deben conseguir esos fines.

La sucesión del 2018 debe ser la oportunidad para que la ciudadanía tome los espacios para el debate serio y bien argumentado sobre los problemas nacionales, para cuestionar con firmeza a los malos políticos y la mala política. Debe ser la ocasión para iniciar a construir desde abajo otra cultura en la que los valores de la honestidad, la transparencia, el eficiencia en el gobierno, la rendición de cuentas, el castigo inapelable a la impunidad, se hagan costumbre ordinaria. Para que el proceso electoral no sólo elija representantes, sino para dejar instalado un proceso cívico de transformaciones, con dinámica propia y compromisos propios, con o sin los liderazgos políticos visibles.

De que nos sirve que todos coincidan en el diagnóstico si faltan ideas y compromisos para impulsar un cambio desde abajo, desde la ciudadanía, para empoderarla, para imponer una mejor ruta a la política que tanto cuestionamos. Si no hay un quiebre en la manera de promover la sucesión presidencial, al final repetiremos lo de siempre, aunque los nombres de los protagonistas cambien.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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