Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
La Osidem en su primera temporada del año
Martes 21 de Febrero de 2017
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Después de quejas y lamentos por el síndrome de abstinencia musical en las primeras semanas del año, la semana pasada se despeñó una verdadera catarata musical con tres conciertos interesantes el jueves y uno el viernes 17 de febrero en el Teatro Ocampo, el segundo del año de la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem).

La semana pasada se despeñó una verdadera catarata musical con tres conciertos interesantes el jueves y uno el viernes 17 de febrero en el Teatro Ocampo
La semana pasada se despeñó una verdadera catarata musical con tres conciertos interesantes el jueves y uno el viernes 17 de febrero en el Teatro Ocampo
(Foto: Cambio de Michoacán)

El teatro lució una buena entrada, aunque no un lleno rebosante. El director fue el titular, el maestro Miguel Ángel García Ramírez, y por primera vez en mucho tiempo hubo solista invitado de fuera, el oboísta Héctor Eduardo Fernández Purata, mexicano.

El programa lucía muy interesante, con obras difíciles y poco convencionales, claramente diferente de los rutinarios que campearon en la programación del año pasado. Abrieron con la Obertura en sol menor, opus póstumo de Anton Bruckner (1824-1896), compositor austriaco.

Este autor ha sido muy controvertido por su obra sinfónica. Hay quienes lo colocan como uno de los grandes sinfonistas, particularmente por su producción monumental de diez muy largas sinfonías, algunas de las cuales alcanzan hasta 90 minutos. Pero hay opiniones contrarias alegando que su obra sinfónica no tiene trascendencia ni significado y que toda es igual. Dicen que no compuso diez sinfonías, sino una sola con 40 movimientos. Sucede que la pasión está ausente de la música de Bruckner y es reemplazada por un gusto constante por la solemnidad que llega a veces a la grandilocuencia, y un sentido muchas veces ingenuo de la descripción. Así es la Obertura en sol menor que escuchamos el pasado viernes, que va en el paquete de su música sinfónica. A mí no me gustó por las razones antedichas, a pesar de que tuvimos una buena interpretación por parte de la Osidem. Alguna pequeña desafinación de las cuerdas en su sector derecho y de algún corno no estorbaron la buena entrega que nos hicieron.

La velada continuó con el Concierto para oboe y pequeña orquesta de Richard Strauss (1854-1949), compositor alemán. Lo compuso en 1945, a los 80 años de edad, en una Alemania derrotada y dividida por la Segunda Guerra Mundial. Lo hizo a sugerencia de un soldado norteamericano del Ejército de ocupación que en la vida civil era oboísta en su país. Era un instrumento que Strauss nunca había ensayado para solista, pero por su genio e inspiración consiguió una pieza deliciosa, moderna, de bello lirismo juguetón y optimista, con exigencias de virtuosismo y el sentimiento de una vuelta al romanticismo alemán de sus primeros años de compositor. De tres movimientos (rápido-lento-rápido) se tocan sin interrupción entre ellos.

Una vez más la interpretación de pieza tan singular y difícil fue buena y resultó lucida. Para el solista, Héctor Eduardo Fernández, nuestra admiración por su ejecución tan limpia y tan bien resuelta en los momentos difíciles en que debe tocar pasajes muy largos sin respirar. Además lo hizo con el sentimiento propio de pieza emotivamente tan compleja. La Osidem cumplió su papel, para nada secundario, con seguridad y brillo, y la concertación por parte de Miguel Ángel García fue muy propia.

Para cerrar el concierto, después del intermedio nos ofrecieron la Sinfonía número 4 de Robert Schumann (1810-1856), músico alemán. Es una obra que a lo largo de diez años, y después también, tuvo varias versiones a cargo del mismo autor, de Brahms y de algunos directores. La versión finalmente autorizada por el autor y por su viuda, Clara Schumann, es la de 1851, y espero que haya sido la que escuchamos el pasado viernes.

La obra es característica de su autor, de romanticismo desgarrado y doliente pero altamente emotivo. Sin embargo, esta obra ya muestra rasgos de la inestabilidad emocional, desorden del pensamiento y aplanamiento afectivo, propios de la enfermedad mental que terminó con su vida apenas a los 46 años de edad. Esta sinfonía yo la sufro más que disfrutarla y la interpretación del pasado viernes fue como la obra: gris, sin grandes penas pero también sin gloria, y que en determinados momentos, en particular durante el “Scherzo” (tercer movimiento), se empantanó por completo. Así la sentí yo.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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