Alma Gloria Chávez
Los toritos en tierra purépecha
Sábado 18 de Febrero de 2017
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Hasta hace pocas décadas sólo podíamos disfrutar de ellos en temporada de Carnaval y en algunas fiestas patronales o de Corpus en comunidades de la región.
Hasta hace pocas décadas sólo podíamos disfrutar de ellos en temporada de Carnaval y en algunas fiestas patronales o de Corpus en comunidades de la región.
(Foto: TAVO)

Actualmente cualquier festejo resulta ocasión para que hagan presencia los afamados “toritos”, que con su baile alegran el ambiente y recuerdan, cuando de bodas se trata, que representan la abundancia, la fortaleza y la fertilidad que toda pareja necesita para formar una familia. Hasta hace pocas décadas sólo podíamos disfrutar de ellos en temporada de Carnaval y en algunas fiestas patronales o de Corpus en comunidades de la región.

Ha sido por mi trabajo de casi 30 años en el Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro (INAH) y gracias a la generosidad de tantas personas que me han orientado al respecto, que me ha sido posible incorporar una serie de valiosos elementos a las pláticas que ofrezco a niños y niñas de educación preescolar y primaria, invitada por sus maestros, quienes –por supuesto– también han hecho aportaciones importantes para la adaptación narrativa.

De muchos es conocido que las fiestas del Carnaval fueron introducidas a tierras americanas durante la evangelización que acompañó a la Conquista y que, como muchos otros festejos, solamente fueron adaptados (o sincretizados) a viejas ceremonias que tenían como propósito ofrendar a los elementos de la naturaleza que hacían posible la vida en el plano terrestre. Y podemos afirmar que no sólo en culturas mesoamericanas sucedía esto, porque las fiestas populares de griegos, romanos y egipcios se tradujeron, durante la Edad Media en Europa, como las “carnestolendas”, periodo en que las sociedades de esa época, bajo un estricto control religioso, utilizaron al Carnaval para dar rienda suelta a los “gustos de la carne” y luego prepararse para la temporada cuaresmal.

Por otra parte, el Carnaval está relacionado con el comienzo de la temporada productiva pues coincide con el tiempo de siembra y cosecha, con el reinicio de las actividades comerciales y con la vida de un año nuevo. Por ello, en el mundo los Carnavales no tienen una fecha fija: en Alemania empiezan en noviembre, en Austria en enero y en España y en México en febrero o marzo (en apego al calendario lunar). Pero lo que sí resulta semejante en cualquier Carnaval es su carácter festivo, el tono burlesco, la sensación de hacer cosas prohibidas (que no se hacen en otra época del año) y hasta de rebasar los límites, lo cual explica el uso general de máscaras y disfraces.

En México, la mezcla de ritos católicos e indígenas ha dado como resultado que los carnavales tengan características distintas, según la región en que se lleven a cabo. Y fueron los españoles quienes trajeron la costumbre de reunirse un día antes del principio de la Cuaresma organizando corridas de toros, aunque en estas celebraciones no participaban los indígenas. Sin embargo, éstos muy pronto comenzaron a organizar sus propias fiestas, en las que la ridiculización de los europeos era un aspecto importante, además de elaborar sus propios toros con el material que hubiera a mano: el carrizo y el petate, por ejemplo.

Se sabe que el primer testimonio sobre la danza del torito de petate aparece en el Tratado de las grandezas de la Nueva España y data de 1586. En éste se narra que un grupo de indígenas en Tarimba recibieron a los primeros religiosos, danzando y portando máscaras, corriendo con un toro hecho con carrizo y al son de un tamboril. También se habla de que fueron los frailes agustinos quienes introdujeron esta celebración en tierras mexicanas, siendo aceptada por los indígenas que sincretizaron la danza que a la fecha se sigue representando. Y en territorio purépecha la tradición oral refiere que los toritos de petate fueron introducidos desde el siglo XVI por el mismo Vasco de Quiroga con el fin de llamar la atención y atraer a los indígenas que se habían refugiado en la Sierra ante la presencia y crueldad de los españoles.

Se ha documentado que los primeros toritos en tierras purépechas se hicieron con la técnica precolombina de pasta de caña de maíz, adornados sencillamente con papel de colores. Posteriormente se hicieron de carrizo y se utilizaron la piel y los cuernos de res, como todavía hace poco se elaboraban en la comunidad de Jarácuaro y en algunas otras poblaciones, las armazones de carrizo eran forradas con petates. Actualmente se utilizan armazones de carrizo o “vara blanca” y se forran con papel o cartón para finalmente decorarlos con papel de china de colores.

Lucero es el torito que me acompaña en las visitas que hago a escuelas y aulas de apoyo a educación especial. Él cuenta cómo, antes de la Conquista, no se conocían en estas tierras ni toros ni caballos, habiendo llegado con los colonizadores y sirviendo como alimento los primeros y medio de transporte los segundos. “Para los antiguos habitantes de estas tierras resultaba impensable el maltrato que los europeos daban a esos majestuosos y nobles animales durante las famosas corridas, porque ellos consideraban que todo lo que ofrecía Cuerauaperi (la Creación) merecía respeto y agradecimiento. Entonces, haciendo toritos de carrizo y de petate, podían ofrendar a la tierra, que ya estaba lista para producir, la danza de estos semovientes sinónimo de fuerza y virilidad”.

En el Pátzcuaro de antaño, según información del cronista Enrique Soto González, los habitantes de los barrios indígenas de San Francisco, San Agustín y de San Salvador (o Barrio Fuerte) sacaban a bailar a sus toritos de petate por las calles, acompañándolos de un caporal, cuatro o cinco chichimecas (que hoy conocemos como “maringuías”) y una doncella que en aquel entonces era la auténtica maringuía. Antes de salir el torito, un grupo de “iurísquiris” (señoritas) iban por las calles ataviadas con traje de gala, rebozo y sombrero adornado con flores; llevaban una servilleta en la mano derecha para “azuzar al torito” y en la mano izquierda una mata de carrizo adornada con flores y papel picado. Esto era para invitar a los festejos, al tiempo que regalaban el carrizo y “cuelgas” (panes y frutos que colgaban con listones) a las personas importantes. Esta danza estaba acompañada por música de “chirimía” (corneta de madera y un tamborcillo parecido al teponaxtle). En el transcurso de la danza, cuando algún chichimeca lograba lazar al torito, era premiado con una guirnalda de flores de manos de la maringuía.

Lucero también cuenta cómo surgieron las maringuías (hombres con atuendos femeninos) y menciona cómo, a través del territorio nacional, el mismo festejo puede incorporar tantas variaciones, como grupos culturales existen hoy día. Culto a la tierra, culto a la vida, el torito en tierras purépechas siempre será motivo de fiesta y alegría.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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