Rosa María de la Torre Torres
La Constitución reordenada
Martes 7 de Febrero de 2017
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Como reza el viejo refrán: no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla. Desde la conmemoración del Bicentenario de la Guerra de Independencia y del Centenario del inicio de la Revolución México se puso la mirada en las conmemoraciones de los 100 de la promulgación de la Carta fundamental de los mexicanos.

Sin embargo, a una centuria de distancia es tiempo de observar y de reflexionar.

A 100 años de nuestra Constitución es pertinente regresar a sus orígenes, al texto primigenio y actualizarlo
A 100 años de nuestra Constitución es pertinente regresar a sus orígenes, al texto primigenio y actualizarlo
(Foto: Especial)

Los foros, coloquios, conferencias, discursos y eventos conmemorativos han sido muchos y de variada naturaleza; sin embargo, después de haber participado en un puñado de éstos puedo concluir que hay dos posturas predominantes, tanto en los académicos como en la clase política mexicana: quienes celebran y defienden la vigencia de la Constitución que, por cierto, en muy poco se parece al texto original promulgado en 1917, y aquellos, entre los que me cuento, que contemplan en la Carta Magna un texto obeso, inflado por más de 500 reformas, poco funcional y muy alejado de la realidad de las mexicanas y mexicanos del siglo XXI.

Desde hace poco mas de dos años los juristas nos hemos dado a la tarea de analizar el tema, aun cuando no somos historiadores del Derecho, cada quien desde su especial formación jurídica ha dado un diagnóstico y un amplio abanico de propuestas surgen en el escenario constitucional.

Recuerdo que desde mis tiempos como estudiante de licenciatura se hablaba de la pertinencia o de la imperiosa necesidad de contar con un nuevo texto constitucional, baste decir que esta discusión tiene, por lo menos, más de cuatro lustros en la palestra jurídica. Personajes como Porfirio Muñoz Ledo o el mismo Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano abogaban por el proyecto del nuevo constituyente en nuestro país.

A más de 20 años de estas reflexiones puedo afirmar, con completa responsabilidad, que no hay condiciones políticas para emprender en ejercicio constituyente de origen. Y me explico en palabras de Colosio: no es momento de saltos al vacío.

La construcción de un nuevo edificio constitucional es siempre, de suyo, un ejercicio de alto riesgo. Debemos abandonar las ideas románticas sobre la democracia y la soberanía nacional como los faros que inspiran el proceso constituyente; eso está bien para los libros y las conferencias académicas, como ideal a alcanzar, pero la realidad suele ser muy distinta.

Ya lo decía hace muchos años Ferdinand La Salle, el gran clásico del constitucionalismo en su paradigmática obra Qué es una Constitución, que el proceso constituyente es la confluencia de los intereses de los factores reales de poder. Si la historia la escriben los vencedores, las constituciones suelen hacerla los poderosos, y no hago referencia exclusiva al poder económico y político, sino aquellos agentes sociales que tienen la capacidad de plasmar sus intereses personales o de grupo en el texto fundamental.

Así dicho, en nuestro país visualizo varios riesgos latentes en diversos grupos sociales o políticos que podrían descarrillar un proceso constituyente genuino y convertirlo en una lucha de intereses.

El primer riesgo que observo, y esto lo escribo tanto como constitucionalista como en mi carácter de legisladora, es el exacerbado pragmatismo de los partidos políticos en nuestro país, quienes en su mayoría prefieren abonar a ese eufemismo tan socorrido en los pasillos parlamentarios que es el “consenso político” sobre los principios constitucionales, de legalidad o incluso éticos.

En segundo lugar, observo una intensión creciente en distintos grupos de la extrema derecha de restringir los derechos fundamentales, haciendo de las prerrogativas fundamentales cotos de doctrina incluso religiosa, así por la embestida de estos sectores ultraconservadores se ven amenazados derechos como los de la comunidad lésbico y gay o derechos tan importantes como los de autodeterminación reproductiva de las mujeres.

En tercer lugar, pero tal vez en el más importante, encuentro un creciente y apabullante populismo de una izquierda mal entendida y distorsionada, cuyo discurso recurre a los lugares comunes, a la propuesta falaz y a la solución “fácil” para resolver los problemas estructurales del país.

Con estas tres amenazas latiendo y creciendo de cara a 2018, estaríamos muy lejos de tener las condiciones de razonamiento jurídico y la madurez política necesaria para asumir el reto que en 1916 asumiera el constituyente de Querétaro.

En aquel entonces no tenían opción, México salía de una guerra intestina que había matado a casi la mitad de los mexicanos, necesitábamos construir un país desde sus bases, por ello la opción constituyente era ineludible.

Hoy, dadas las condiciones políticas y jurídicas del país ya planteadas previamente, tenemos una opción diferente: la reordenación y la consolidación del texto constitucional ya vigente.

Nuestra Constitución ha sido engrosada con más de 500 reformas, sus artículos han crecido en el número de palabras y de temas que regulan. Hay mucho dentro del texto constitucional que no debiera estar ahí. Esto ha generado que en la Carta Magna existan lagunas y francas contradicciones haciendo de su texto un laberinto a la interpretación jurisprudencial.

Hace poco más de dos años, diversos académicos presentaron un proyecto en el que se plantea sacar del texto constitucional todo aquello que no represente un principio mínimo de ordenación constitucional y derivar en una ley secundaria denominada Ley de Consolidación Constitucional, todo lo que materialmente sirva para desarrollar el contenido esencial de los derechos constitucionales. Así tendremos una Constitución, como ya lo son muchas de otros países, convertida en un catálogo claro, ordenado y sistematizado de derechos constitucionales y de reglas de funcionamiento básico del Estado mexicano, conservando y actualizando el espíritu de justicia social que inspiró al Constituyente de 1916 y 1917, dotando de contenido claro y abierto a los derechos de los mexicanos y dotando al propio texto de instrumentos que aseguren su vigencia y efectividad.

A 100 años de nuestra Constitución es pertinente regresar a sus orígenes, al texto primigenio y actualizarlo, consolidarlo sin perder su esencia, porque a pesar de todo el contenido innecesario, las reformas “a modo” y los embates que ha tenido que afrontar, los principios constitucionales laten en sus frases y en la conciencia de muchos constitucionalistas y políticos que, como yo, que no dejamos de pensar que a pesar de eso y más los valores que dieron fundamento a Constitución son los más nobles que pueden existir en el corazón de los mexicanos.

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