Alma Gloria Chávez
Por el camino de la ética
Sábado 21 de Enero de 2017
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Seguramente, cuando más importancia otorgué al significado de la ética, fue cuando descubrí que mi hijo leía Ética para Amador, de Fernando Savater, sobre todo cuando este autor se refería a otros pensadores como Erich Fromm, por ejemplo: “La ética humanista –definió el psicoanalista–, en contraste con la ética autoritaria, puede distinguirse de ella por un criterio formal y otro material. Formalmente se basa en el principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no una autoridad que lo trascienda. Materialmente se basa en el principio de que lo ‘bueno’ es aquello que es bueno para el hombre y ‘malo’ lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre”.

Educada como fui en un medio familiar y escolar donde prevalecían los principios y valores heredados de antiguos paradigmas que contenían una buena dosis de autoritarismo, durante la adolescencia de mi hijo y hasta hoy día no he parado de descubrir (y comprobar) maravillada cómo llega a ser la ética el componente esencial de cualquier educación digna de ese nombre. O sea que resulta el mejor sazonador para el banquete que es la vida.

Gracias a Savater, al padre de mi hijo, al doctor Arnoldo Kraus y a muchas personas que han resultado ejemplos a seguir, puedo afirmar que el puritanismo es la actitud más opuesta que puede darse a la ética. Y sin duda que es la adolescencia el mejor momento para (desde la familia, desde las aulas escolares) enseñar las opciones y los valores de la libertad… si se quiere educar a hombres y mujeres verdaderamente libres.

Cuando participé como integrante de un grupo de Amnistía Internacional, cuando fui parte de una Red de Mujeres Promotoras Culturales, también cuando acompañé los afanes organizativos de comunidades indígenas en Michoacán, pude comprender cómo la ética daba el mejor sentido a las acciones encaminadas al bien común, a la par que iba descubriendo y conociendo la personalidad que existe en mi interior, reforzando los pretextos buenos para vivir y las razones para construir, bajo la premisa de valorar los intereses de las personas que puedan verse afectadas por mis acciones. Todo ello ha reforzado mi deseo de llegar a ser una mujer afortunada, que logre fusionar humanidad con las labores cotidianas, encontrando el placer de la vida en el quehacer diario.

Como una servidora, hoy, como nunca antes, muchos seres humanos descubrimos cientos de razones para maravillarnos por lo que la ciencia y la tecnología nos ofrecen: las cirugías milagrosas, los trasplantes, los aparatos para la comunicación, los vehículos de todo tipo, los bebés “a la carta”, sofisticadas armas (como las bacteriológicas), etcétera. Estos cambios, que han modificado la calidad de vida y la esencia del ser humano, pueden pensarse como benéficos; sin embargo, para quienes analizan con detenimiento o con ética la instrumentación del ser humano, la manipulación del ambiente y la disección de las células, aparecen como cuestionables dentro de la conducta humana. Resultan inmensas las contradicciones que se viven todos los días en todos los rincones del mundo y parece inconcebible que tanta inteligencia se mezcle con tanta maldad: que la belleza de una creación se contamine por el odio o la destrucción.

Ciertamente el mundo y el ser humano han caminado desde siempre por caminos que llegan a confrontarse; sin embargo, en tiempos actuales, prevalecen como nunca antes el dolor, el sufrimiento, la humillación, la explotación, la discriminación y otros avatares que oscurecen mucha de la condición humana, minimizando los valores de la ética. Nadie debería ser ajeno a los malos momentos por los que atravesamos como especie.

Entre todos los saberes posibles existe uno imprescindible: el que nos lleva a tomar conciencia de que ciertas cosas nos convienen y otras no. Saber lo que nos conviene es distinguir entre lo bueno y lo malo es un conocimiento que todos intentamos adquirir, porque por lo menos intuimos que nos llevaría a disminuir enfermedades, accidentes y tragedias en la vida.

A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, el ser humano puede inventar y elegir en parte su forma de vida. Por supuesto que no somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país), pero sí tenemos libertad para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo: obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, etcétera. Contamos con la libertad de siempre intentar algo que cambie nuestra expectativa de vida. Y también podemos equivocarnos, sin que ello nos lleve a pensar en el fracaso.

De tal modo resulta prudente fijarnos en lo que hacemos y procurar adquirir un “cierto saber vivir” que nos permita acertar. Es a ese saber vivir, o arte de vivir, a lo que se le da el nombre de ética. Erich Fromm, en su obra Ética y psicoanálisis, describe: “En el arte de vivir el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte; es el escultor y el mármol, el médico y el paciente”.

Fernando Savater afirma que “en la ética, la libertad es el componente esencial: libertad de decidir de manera responsable, dándose uno cuenta de lo que se está decidiendo. Considerando que nunca una acción es buena sólo por venir de una orden, una costumbre o un capricho. Mejor que obedecer o supeditar nuestra libertad a otros, por buenos y sabios que sean, preguntemos sobre el uso de nuestra libertad… a la libertad misma, a la responsabilidad creadora de escoger nuestros caminos”. Y en la Ética de Spinoza, encontramos que: “Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”.

Si uno elige vivir en el camino de la ética, el egoísmo individualista va quedando atrás: “Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros” (Erich Fromm, en Ética y psicoanálisis).

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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