Alma Gloria Chávez
Quien ama al árbol respeta al bosque
Sábado 14 de Enero de 2017
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El pueblo de Cherán K’eri se ha engrandecido en la defensa de sus bosques, de su gente, de sus costumbres y de su historia.

Seguramente en la historia reciente de nuestro estado ha sido la comunidad indígena de Cherán la que ha puesto en alto la dignidad de quienes, desde siempre, aman y respetan la naturaleza representada en sus bosques. Este poblado de la Meseta, haciendo uso de sus herramientas organizativas tradicionales, dio batalla contra la delincuencia que mantenía asolada la región valiéndose de personas de comunidades aledañas, que se apropiaban de terrenos y depredaban bosques, atemorizando a los pobladores mediante el uso de la fuerza, amenazas y asesinatos. A partir del año 2011 y después de un proceso de alegatos jurídicos, la comunidad, además de lograr erradicar la delincuencia, obtuvo el legítimo derecho de nombrar a sus autoridades según sus usos y costumbres y hoy sus niños y niñas cuentan con orgullo: “Vivo en el pueblo de Cherán. Es un lugar de la montaña rodeado de un maravilloso bosque, cuyos árboles son muy respetados pues son la principal fuente de vida de todos los habitantes del lugar. Ahí encontramos plantas comestibles y medicinales, frutos, semillas y agua abundante, porque el bosque llama a la lluvia. El bosque es el corazón de mi comunidad”.

Algo muy diferente sucede en la región del Lago de Pátzcuaro. Cada día, con mayor celeridad, podemos observar cómo avanza la deforestación de grandes extensiones de tierra y empieza a surgir otro tipo de monocultivos (como el aguacate, que requiere mucha agua pero no “la atrae”) para los que se utilizan químicos tan agresivos que terminan por empobrecer las ya empobrecidas tierras, contribuyendo así a llevar mayor asolvamiento a nuestro lago. Lo sorprendente es saber que en muchos de los casos en que se da el cambio de uso de suelo se hace con la autorización, el consentimiento o el soslayo de autoridades e instancias que tienen la obligación de velar por el cuidado del entorno. Por lo menos sabemos que al estar en esos puestos han asumido ese compromiso.

Este poblado de la Meseta, haciendo uso de sus herramientas organizativas tradicionales, dio batalla contra la delincuencia que mantenía asolada la región
Este poblado de la Meseta, haciendo uso de sus herramientas organizativas tradicionales, dio batalla contra la delincuencia que mantenía asolada la región
(Foto: Cuartoscuro)


Lo anterior viene al caso luego de darnos cuenta de los destrozos que ha provocado el proyecto municipal de “restauración” de la calzada que da acceso al cerro (o mirador natural) denominado El Estribo, para lo que se contrató a alguna empresa que se encargará de esos trabajos. Como la práctica de nuestras administraciones municipales es ejecutar obras sociales sin la participación ciudadana, muchos ignoramos en qué consistirán esas obras de “mejoramiento”, pero sí nos ha alarmado el que se estén talando árboles de reforestaciones muy recientes para abrir un camino alterno que se utilizará en tanto se arregle (así suponemos) la calzada que desde la década de los años 40 del siglo XX ha sido funcional, atractiva y acorde con el entorno. ¿Y por qué la alarma? Simplemente porque hace más de tres lustros fue la iniciativa de un grupo ciudadano que, en coordinación con instancias federales y estatales, nos dimos a la tarea de promover el decreto que lo considerara como Área Natural Protegida de la extracción de arena y árboles que lo tuvieron a punto del desplome.

Posteriormente, luego de algunos años de que un patronato conformado por ciudadanos pertenecientes a instituciones y asociaciones diversas –pero con una clara conciencia ambiental–, se hiciera cargo del cuidado de la zona (que continuaba bajo la amenaza de quienes extraían los recursos pétreos y maderables), enfrentando también agravios y amenazas de quienes se decían dueños del cerro, éste fue reclamado por las autoridades municipales, comprometiéndose a cuidarlo como parte del patrimonio natural que representa para la Cuenca del Lago. Durante varias temporadas la misma ciudadanía promovió reforestaciones en las que participaron niños y jóvenes estudiantes, además de ciudadanos que aman los árboles y lo que éstos representan. En los últimos años ha sido la agrupación Reverdecer Voluntario quienes se han encargado de convocar a la digna y amorosa tarea de reforestación. Los esfuerzos se pueden observar a simple vista: el cerro que estuvo a punto de colapsar por toda la extracción de arena se ha llenado de verdor.

Seguramente ahora se entenderá el porqué de nuestra alarma (me refiero a quienes conmigo comparten la inquietud). Precisamente quienes nos pusieron al tanto de lo que estaba sucediendo en el Cerro del Estribo fueron varios integrantes de ese grupo entusiasta y juvenil que ha entregado tantas horas y días para llevar, sembrar y cuidar esas pequeñas plantas que un día llegarán a ser los majestuosos árboles. Más de uno se mostraba triste y enojado al darse cuenta de cómo las máquinas que abren el camino “alterno” derribaban la incipiente arboleda… y exigían una explicación. Yo estoy segura de que sus preocupaciones llegaron a ser escuchadas por gente y funcionarios sensibles.

El pasado 10 de enero, en un medio informativo local, he leído con interés las declaraciones de la directora de Ecología del municipio de Pátzcuaro, quien habiendo realizado una inspección en la zona afectada por los trabajos que la empresa encargada del proyecto hizo, ha reconocido que “el panorama en cuanto al derribo de árboles ciertamente parece agresivo porque había árboles jóvenes; sin embargo, el hecho de hacer una manifestación de impacto ambiental implica que habrá un programa de medidas remediales y de mitigación que obligarán a la empresa misma a resarcir el daño”. Me parece extraño. ¿Cómo puede ser que hasta que van avanzando en una obra se toma en cuenta el impacto de afectación al medio ambiente?

“Para la defensa y el mejoramiento del medio ambiente humano, ciudadanos y comunidades, empresas e instituciones, en todos los planos, aceptarán las responsabilidades que les incumben y todos ellos participarán equitativamente en la labor común”, cita la Declaración de Estocolmo sobre el Medio Ambiente Humano (1972). Me parece que una lectura de ella no vendría mal a muchos funcionarios y representantes ciudadanos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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