Estrellita M. Fuentes Nava
En mis ideas mando yo
Viernes 13 de Enero de 2017
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Vivimos en la época de la supremacía de las ideas caducas. En una editorial del año 2010, el escritor Moisés Naím se refirió a la “necrofilia ideológica”, que es una especie de refrito de las ideas viejas en torno a las cuales se ha comprobado su ineficacia a lo largo de la historia, pero que siguen atrayendo de manera muy conveniente a los líderes de izquierda, derecha o incluso a los defensores del libre mercado en aras de controlar a las masas. Así por ejemplo cita que aun cuando el Partido Comunista chino emitió en 1981 su diagnóstico final sobre la gestión de Mao Zendong, diciendo que él había cometido errores de enorme magnitud y larga duración durante su gestión, en Nepal, en 2008, el Partido Maoísta consiguió la mayoría de votos en el Parlamento y llegó a controlar temporalmente el poder.

 Esta necrofilia ideológica parece estar también muy arraigada en nuestro sistema político mexicano.
Esta necrofilia ideológica parece estar también muy arraigada en nuestro sistema político mexicano.
(Foto: TAVO)


También en Perú, Sendero Luminoso, otro movimiento maoísta que le costó a aquel país decenas de miles de muertos, ha vuelto a reaparecer de la mano de los traficantes de cocaína. Hilvanando casos como estos pienso también en el movimiento neonazi en Alemania, que está poniendo en situación de riesgo a la población migrante que les llega por oleadas, a pesar de ser una corriente mundial e históricamente reprobada.

Esta necrofilia ideológica parece estar también muy arraigada en nuestro sistema político mexicano. Así por ejemplo, cuando el PRI regresó al poder en el año 2012 pensó que sus estrategias de la época del Maximato podrían seguir funcionando, y no tomó en cuenta que durante sus doce años de ausencia en la silla presidencial la sociedad había cambiado y que se había generado un sistema de pesos y contrapesos. Perdió un tiempo muy valioso en el que pudo haber renovado su oferta política de cara a la sociedad y a la par refrescar su plataforma ideológica, y ahora la batalla se la están ganando incluso a través de algo tan técnico como las innovadoras redes sociales. Otro ejemplo es que desde la época salinista el gobierno puso las riendas del país bajo el influjo de la teoría del libre mercado (neoliberalismo) en aras de privilegiar el crecimiento económico y la expansión industrial, y ello, en vez de generar riquezas y empleos, hoy nos está heredado profundas carencias e inequidades sociales, así como un gran descontento.

En el estado de crisis que vive el Estado (perdonando la redundancia) no sólo se encuentran estas ideas caducas, sino también las fuerzas ajenas de corte transnacional y global que le cancelan toda capacidad de incidir en las leyes que regulan al mercado, así como la evidente falta de capacidad para proveer la seguridad y los servicios públicos que necesitan sus ciudadanos. Ahora el Estado se ha convertido en un “parásito” de la población, preocupado únicamente por su propia supervivencia: un parásito que exige más y más y da cada vez menos a cambio (Bordoni, 2014).

Lo que ha generado esta condición es lo que apunta Zygmunt Bauman (célebre filósofo recientemente fallecido) es la indecisión, prevaricación y procrastinación como el nuevo juego de las cosas, y lo que los gobiernos nacionales logran superficialmente conseguir son “convenios”: acuerdos provisionales que desde el primer momento no son convincentes ni pretenden ser duraderos (…) y que pueden terminar siendo decisiones que ya nacieron muertas desde un principio (Bauman). Es decir, reproducimos y sostenemos a un régimen de inamovilidad e insatisfacción que ya no es funcional y, sobre todo, es temporal y sin visión de largo plazo, a partir de un esquema de ideas caducas.

Ante este panteón necesitamos reforestar con nuevas ideas, un recurso al cual podemos acceder incluso sin necesidad de dinero. Esta clave nos la heredó Arquímedes (entre otros muchos pensadores) al sentenciar: “Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”. Necesitamos ideas para solucionar nuestros grandes retos y no solamente estacionarnos en la queja a distancia desde la comodidad de nuestra casa, o en el llamado a la disrupción social pero sin rumbo ni agenda (eso desemboca en tragicomedias, diría Bauman).

Y México es un país rico en ideas y en talentos, porque a pesar del régimen del terror, la descarada corrupción y la necrofilia ideológica que acuña Nahím, tenemos, por ejemplo en nuestros jóvenes, una riqueza potencial: están los estudiantes que ganan premios internacionales en ciencias a pesar de que nacionalmente estemos reprobados en la Prueba PISA de matemáticas de la OCDE. También es digno de destacar a nuestros jóvenes indígenas que están accediendo a universidades de primer mundo sin la ayuda gubernamental, sólo por su capacidad intelectual, sobreponiéndose a las condiciones paupérrimas y de exclusión en la que viven nuestros pueblos indígenas; y como ellos, más casos. Nuestra condición no es justificación, hay incluso estimaciones que refieren a que tenemos un millón de personas superdotadas (Centro de Atención al Talento, Cedat).

Somos como país un terreno fértil para ser el Silicon Valley latinoamericano y así lo apunta Richard Florida, economista de la Universidad de Toronto (El ascenso de la clase creativa, 2002), quien tras estudiar concienzudamente la geografía de la innovación concluye que los lugares más propicios para ella son aquellos donde florecen las artes, las nuevas expresiones musicales, donde hay una gran población gay, buena cocina, además de universidades que pueden transformar la creatividad en innovación: Buenos Aires, Ciudad de México, Sao Paolo. Es decir, en aquellos lugares donde florece la innovación por lo general glorifican más el talento que el dinero. Baste para ello dar una caminata por los cafés y barrios de la Roma y La Condesa en la Ciudad de México, o los cafés de Las Rosas en Morelia, o las ferias de ciencias, literatura o los festivales de cine, y notar esa efervescencia.

Pero para acceder a ello como sociedad no se trata de pensar por pensar. Se requiere conciencia, constancia, estudio, reflexión, investigación, silencio, autodisciplina e integridad intelectual; no telenovelas, consumo cultural basura, etiquetas snob y sonambulismo que nos hace presas fáciles de la oligarquía. Y eso lo podemos lograr aunque haya presupuesto cero gubernamental en ciencias (lo cual es un craso error, pero no un impedimento determinante).

En estos días me topé con una anécdota de Salvador de Madariaga que me impactó («España. Ensayo de una historia contemporánea», 1931) en la que en los años de la República hubo un jornalero en Andalucía que le rechazó un dinero al cacique del pueblo para que votase por su candidato. Le respondió con una frase muy contundente: «En mi hambre mando yo». Haciendo un paralelismo con esta historia, yo me atrevería también a decir: en mis ideas mando yo, y sé que con ello adquiero un gran compromiso.

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