Hugo Rangel Vargas
Gasolinazo y crisis de confianza
Viernes 6 de Enero de 2017
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El llamado gasolinazo ha sido justificado por la administración de Enrique Peña Nieto como inevitable, dada la fuerte dependencia del mercado interno en relación con las importaciones de tal combustible.
El llamado gasolinazo ha sido justificado por la administración de Enrique Peña Nieto como inevitable, dada la fuerte dependencia del mercado interno en relación con las importaciones de tal combustible.
(Foto: TAVO)

En días pasados estuvo en el país el doctor Constantin Papadopoulos, quien fuera secretario general para Asuntos de Economía Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores griego. El ex funcionario helénico sostuvo un encuentro con diversos académicos y representantes de los medios de comunicación organizado en la ciudad de Morelia por el ex diputado federal Enrique Bautista Villegas.

Su participación se centró en una clara exposición sobre la génesis de la crisis que sufrió Grecia a partir del año 2009. A decir del expositor, dos elementos económicos se articularon en este proceso: el fuerte incremento en el déficit de la balanza de pagos que llegó a significar hasta 31 billones de euros equivalentes al trece por ciento del PIB, y el crecimiento de la deuda pública que como proporción del PIB pasó del 98 por ciento en el año 2003 hasta el 130 por ciento en 2009.

Pero quizá la variable más sui generis en la crisis griega se encuentre en el debilitamiento de la confianza hacia la clase política de aquel país. Y es que con la llegada al gobierno helénico del socialista Yorgos Papandreu en 2009, se dio a conocer que su predecesor, el conservador Kostas Karamanlís había falsificado cifras de la contabilidad nacional para maquillar la magnitud del déficit griego. Después de este fenómeno, la credibilidad hacia las autoridades se desplomó resultando más difícil poder acceder a recursos para solventar el trance económico tan comprometedor.

La experiencia griega se dilucidó ante los oyentes justo cuando el gobierno mexicano tramaba ya el anuncio del incremento al precio de la gasolina y cuando además en diversas instancias que operan con recursos públicos se repartían jugosos bonos de fin de año a los altos funcionarios.

El llamado gasolinazo ha sido justificado por la administración de Enrique Peña Nieto como inevitable, dada la fuerte dependencia del mercado interno en relación con las importaciones de tal combustible y en consecuencia de la influencia que ejercen sobre su precio los vaivenes del mercado internacional; además de que se ha señalado como una carga insostenible el subsidio al precio de la gasolina y el diésel.

Concediendo que los argumentos sean válidos, que la medida no haya derivado de la Reforma Energética y que sobre el actual gobierno (fiel a la línea de sus predecesores y con una cantidad importante de funcionarios provenientes también de anteriores sexenios) no pesa la responsabilidad histórica del abandono a la aspiración de la soberanía energética y del intencional desmantelamiento de la industria nacional de los hidrocarburos; queda sin embargo la carga moral de la desconfianza y la incredulidad de que la medida era ineludible en medio del portento de privilegios que cargaron sobre las finanzas públicas la alta burocracia de este país a fin del año pasado.

El gasolinazo no sólo es un golpe a la economía de millones de familias, sino también un raya más al monumental tigre de la suspicacia hacia nuestra clase gobernante. El juego de cifras que demuestran la imposibilidad de reducir la tremenda cantidad de impuestos que se cargan a este combustible, así como la alquimia aritmética que se hizo para redefinir el precio del mismo; sólo parecen verborrea que es escupida desde la boca de políticos con poca calidad para sostener el argumento de la austeridad y la sanidad de las finanzas públicas.

Tal como en la crisis griega, y pese a tratarse de hechos dispares, las frías cifras económicas resultan simplemente datos irrelevantes frente a la deshonestidad y el cinismo de gobernantes que imponen a sus ciudadanos gravosas condiciones económicas sin que ellos mismos hayan dado ejemplo de probidad.

El gasolinazo cala porque proviene de una casta de burócratas que han sido un lastre que hoy se muestra frívolo e improductivo para la sociedad mexicana. Ha llegado además en medio de una crisis de confianza y es probable que sea la puntilla que colme este proceso de deterioro de la imagen de la clase política mexicana.

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