Viernes 6 de Enero de 2017
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Metro de Tokio
Metro de Tokio
(Foto: Especial)

Hace once años tuve la oportunidad de visitar Tokio por razones de trabajo y me resultó sorprendente lo diferente que es su cultura, a pesar de haber tenido yo algunos referentes a través de la televisión y el cine, o por mis incipientes clases del idioma japonés. En aquella ciudad imperaban la minuciosidad, el silencio, el orden y el respeto.

Al acudir a la estación del metro, una larga fila de hombres vestidos de traje negro (tipo business man, como ellos se autodenominan) esperaban su turno pacientemente en un ambiente de silencio perfecto y con una limpieza absoluta en los andenes. Sonreí irónica por dentro porque imaginé qué opinarían si conocieran el Metro de la Ciudad de México.

Durante mi estancia pude conocer y observar los protocolos y la formalidad con la que ellos hacen negocios o se comportan en la calle, y el último día hubo una cena con sake, por lo que así tuve la oportunidad de convivir con mis contrapartes en un plan más relajado. Más tarde, al salir del restaurante, el jefe de la comitiva mexicana me dijo que lo habían invitado a la casa de uno de nuestros anfitriones, pero que no me ofendiera si no me incluían: sucedía que sus casas son muy pequeñas, por lo que casi no tienen visitas. Pero para mi sorpresa, el señor Oda (quien hacía la invitación) me consideró también, por lo que conocí su departamentito, que compartía con su esposa e hijo pequeño en un espacio, efectivamente, mucho, muy reducido.

Al respecto, en estos días leí La magia del orden, de Marie Kondo, quien es una autora japonesa y consultora de organización que ha escrito cuatro libros sobre el arte de organizar y lleva vendidos casi cuatro millones de copias en 33 países. También ha sido traducida a múltiples idiomas, entre ellos el coreano, chino, francés, alemán, inglés y español, y ha sido incluida en la lista de las 100 Personas más Influyentes del Mundo elaborada por la revista Time en 2015. Sus videos pueden consultarse en YouTube, en los que muestra cómo auxilia a personas que son acumuladores crónicos y viven en el desorden total, bajo la premisa de que vivamos sólo con aquello que realmente necesitamos y que nos haga felices. Y es que, como pude corroborar en la anécdota de Japón que les narré, además de las razones de la cultura zen que les caracteriza, los espacios reducidos no les permiten rodearse de tantos objetos.

En casa puse manos a la obra aplicando sus principios en estos días, en un afán de liberar y hacer un détox de fin de año, y aunque frecuentemente estoy regalando ropa y botando papeles me di cuenta que siempre falta por hacer. Todo este proceso me llevó a un estado reflexivo que quise compartir a través de esta nota.

Pensé en cómo nuestra sociedad está habituada a asociar estatus con capacidad de consumo, y más cuando de marcas se trata. También que la magia del marketing despliega sus poderes para hipnotizarnos a nosotros los consumidores, incurriendo en ensoñaciones a través de atuendos, perfumes, relojes, autos, etcétera, en un ciclo que se renueva constantemente (lo que está in o out), para acabar comprando cosas que o no se necesitan, o pierden su encanto y terminan abandonados en un clóset, o que acumulamos para un tiempo que nunca llega. Marie Kondo propone que se deshaga uno de ello y volverse más conscientes de lo que se adquiere.

A veces me pregunto para qué quieren tanto dinero, o qué hacen con él los políticos que están envueltos ahora en escándalos por desfalcos multimillonarios: ¿para tener estatus, grandes casas de lujo relojes, trajes?, ¿sentirse parte de una élite?, ¿conseguirse un séquito de novias y comprobar que aún “la pegan”?, ¿asegurar a un club de focas que les aplaudan?, y eso, ¿como qué les aporta?, ¿qué les da de trascendencia?, ¿justifica el despojo hacia los demás? Me parece que es un gusto banal y estúpido.

Afortunadamente, en contraparte a estos políticos ya hay un sinnúmero de jóvenes viviendo de las redes sociales o empresas virtuales quizá, que promueven la cultura minimalista tanto en el diseño, en sus vestimentas, como en sus hábitos de consumo (Jenny Mustard, Tara White, y más). También está Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, quien sólo viste playeras grises para no distraer su energía en decisiones sin importancia; e incluso he conocido a jóvenes promesas de la política o de los negocios mexicanos que viven de manera muy simple, con cero protocolos o guaruras, que con suma sencillez tratan a todos, que consideran de mal gusto lo ostentoso y la exhibición, que consumen lo local y que incluso están verdaderamente comprometidos con causas sociales y ambientales. Representan a una contracultura que seguramente se afianzará con el paso de los años.

El desorden en casa es un reflejo de un estado mental caótico, y el afán de acumular objetos y hacer alarde de estatus sólo apunta a neurosis o a vacíos existenciales que son muy difíciles de llenar. La locura del consumismo en la que estamos inmersos (tratando de llenar esos vacíos) nos está saliendo muy cara: pérdidas significativas en el erario público por la corrupción, inequidad, injusticias, resentimiento, bancos voraces con sus créditos, un desperdicio exorbitante (en México se producen cada día más de 100 mil toneladas de basura doméstica, equivalente a cerca de 37 millones de toneladas anuales de residuos sólidos urbanos) y un acelerado deterioro ambiental.

Y con respecto a esto último (el medio ambiente), la periodista Naomi Klein (La doctrina del shock, 2007) señala que el combate al cambio climático no avanza porque atenta contra los intereses de las élites capitalistas, siendo que esta agenda puede convertirse en un parteaguas no sólo para protegernos de los fenómenos climáticos extremos, sino también para transitar hacia sociedades más justas, democráticas y con menos pobreza, al lograr proveer a los humanos de agua limpia y electricidad sustentable.

Así que la respuesta que se me ocurre es que debemos compactarnos como recomienda la cultura japonesa: menos objetos innecesarios, menos empaques, menos desperdicios, menos basura, menos codicia, menos gasto superfluo. ¿Para qué una camioneta que no haga lucir “nice”?, ¿para qué un montón de zapatos o clósets excesivos?, ¿para qué seguirles el juego a las empresas enriqueciéndolas al adquirir y hacer alarde de objetos innecesarios? Rebelémonos contra nosotros mismos y este sistema consumista infame para romper con sus cadenas, y a la par avasallar a los que nos roban y mienten en aras de llenar sus propios vacíos existenciales.

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