Estrellita M. Fuentes Nava
Agarrados por el cuello
Jueves 22 de Diciembre de 2016
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Recuerdo cuando estudiaba Ciencias de la Comunicación hace 21 años (pertenezco orgullosamente a la segunda generación de comunicólogos en Michoacán), y leíamos a Marshall McLuhan y a las vacas sagradas de las teorías de la comunicación, quienes vaticinaban que el Internet revolucionaría a nuestra sociedad, y que incluso podrían existir en algún futuro elecciones de gobierno en línea. Eso era inimaginable para la época puesto que muchos de nosotros apenas estábamos aprendiendo a utilizar el Excel en una computadora o a dibujar con Corel Draw, después de pasar por las clases de programación con el lenguaje Basic en la preparatoria. Y efectivamente eso fue lo que sucedió: las redes sociales han evolucionado y hoy determinan en gran medida cómo percibimos, construimos e interactuamos con el mundo. Esta dinámica ha abierto nuevas fronteras cuyos límites aún no alcanzamos a visualizar.

a mayor conocimiento, no necesariamente refiere a la mejor de las intenciones. La base de nuestro progreso y desarrollo está en nuestra conciencia, y ello no lo puede construir por sí solo el gran espacio digital.
a mayor conocimiento, no necesariamente refiere a la mejor de las intenciones. La base de nuestro progreso y desarrollo está en nuestra conciencia, y ello no lo puede construir por sí solo el gran espacio digital.
(Foto: Especial)

Hoy tenemos abierto un gran ventanal a través del cual podemos mirar detalladamente al otro, y sin embargo, aún nos sigue siendo un perfecto desconocido. Así por ejemplo, los publicistas en Estados Unidos se están rompiendo la cabeza para rediseñar sus estrategias, toda vez que el prototipo aspiracional al que nos refería todo el tiempo con un marco cosmopolita en ciudades como Nueva York y Miami ya no empata con el consumidor rural del estado de Virginia. Asimismo, los gurús que cobran millones por asesorar a los grandes corporativos con respecto a las prospectivas financieras y de inversiones también están en crisis, dado que sus recomendaciones equivalen en gran medida a echar una moneda al aire. La televisión convencional tampoco se salva puesto que está en peligro de desaparecer al no reencontrar la fórmula exitosa en la construcción de nuevos contenidos de tal manera que sean igual de exitosos como en su época dorada (cítese Televisa).

La relación gobernante-gobernado también está cambiando. Nos tenemos agarrados por el cuello mutuamente: por un lado, las corporaciones de inteligencia como la CIA, o las empresas mercantiles, están invirtiendo millones y acorralando a Facebook o a WhatsApp para que les den acceso a los grandes bancos de datos de sus usuarios (incluso ya hubo un robo de cuentas de Yahoo), y están ávidos por saber de nuestros gustos, tendencias, preferencias, ideas políticas, a dónde vamos, quiénes son nuestros amigos; ello tanto para dilucidar si no somos individuos peligrosos en aras de la seguridad nacional, así como para saber qué vendernos y cómo empaquetarlo. Pero por el otro lado el ciudadano se ha convertido en un contralor social en potencia porque gracias a la telefonía móvil puede denunciar in situ cualquier atropello o anomalía de sus políticos, así como organizarse en redes para emprender cualquier campaña, protesta o movilización.

Incluso el poder ciudadano a través de las redes ya se ha empoderado tanto que puede manipular y poner en jaque a la clase política como sucedió en las recientes elecciones en Estados Unidos, así como para aterrorizar a las autoridades locales en San Luis Potosí por la ocurrencia de los XV años de Rubí dada la falta de policías (todo un caso de estudio como fenómeno social). Pero ese poder no necesariamente se utiliza siempre para gestar el bien; es muy volátil y relativo: recordemos la terrible y lamentable respuesta que han tenido distintos casos de violencia de género por parte de algunos usuarios de redes sociales hacia las propias víctimas en vez de cerrar filas contra los delincuentes, como le sucedió a la senadora Ana Gabriela Guevara.

Esta gran frontera de Gran Hermano que aún nos es desconocida tiene un doble filo: puede llevarnos al fortalecimiento de nuestra democracia, o puede desarticularnos aún más como sociedad. Por ello hay que recordar que el Internet y los medios digitales son sólo herramientas y que éstas no pueden suplir nuestros grandes vacíos: la educación, el bien hacer y el bien actuar, la convivencia pacífica, la ética y la cultura cívica. Todo ello aterriza en el plano de lo humano y no puede dejarse al azar o a la inercia.

Mayor acercamiento no necesariamente equivale a mayor conocimiento. Y a mayor conocimiento, no necesariamente refiere a la mejor de las intenciones. La base de nuestro progreso y desarrollo está en nuestra conciencia, y ello no lo puede construir por sí solo el gran espacio digital.

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