Rafael Calderón
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 14 de Marzo de 2016
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Para Rubén Darío y su poesía una fecha clave es el año de 1952, que resulta ser parte fundamental para registrar su presencia. Se reconoce su lugar imborrable en la poesía y queda plenamente reconocido como el impulsor principal del modernismo. Ya vimos que Alfonso Méndez Plancarte publicó sus Poesías completas con sus ventajas y aciertos, y por su parte, Ernesto Mejía Sánchez reunió todos los libros poéticos en un volumen y lleva a cabo una selección de poemas dispersos con brillo y acierto. Además, el estudio preliminar de Enrique Anderson Imbert en la edición de Mejía Sánchez es una lección precisa y brillante. Esto no termina ahí, más bien se consolida esa travesía editorial con rigor filológico para presentar limpios y asequibles casi todos sus poemas ya que un cuarto de siglo más tarde terminó sucediendo lo nunca antes imaginado: la primera recopilación constituye una garantía de la validez literaria y se convierte en una edición decisiva para los nuevos lectores y todo aquel que lo descubre y llega también el reconocimiento al trabajo compilatorio que se transforma en un ejercicio de lectura, permite que su compilación sea parte de una colección hoy en día clásica.

Ya vimos que Alfonso Méndez Plancarte publicó sus Poesías completas con sus ventajas y aciertos
Ya vimos que Alfonso Méndez Plancarte publicó sus Poesías completas con sus ventajas y aciertos
(Foto: Especial)

Debo decir que aquella compilación poética se transforma y finalmente termina ocupando un lugar excepcional en la Biblioteca Ayacucho de Caracas, Venezuela, acompañada con un prólogo de Ángel Rama y agregándose una cronología organizada por Julio Valle-Castellano, que exalta en todo momento el significado histórico y perdura la inventiva literaria de la vida pública del poeta.
No es fácil frecuentar la poesía de Darío únicamente por los títulos de su obra en un volumen que va tutelado por las investigaciones de Ernesto Mejía Sánchez, más bien hay que recordar que encierran un reconocimiento que es parte del valor literario en su máxima distinción para releerlo y sentir con rigor y estilo el resultado de su voz. Dice Enrique Anderson Imbert que parte de esto sucedía “mientras vivió en Centroamérica, en medio de una rosa de los vientos, oyéndolo todo”. Esto tiene una razón mayor: reconoce el acometido que éste dio desde diferentes puntos de vista como exégeta y lúcido hacedor de poemas. Para recordar que estampa tempranamente en la literatura uno de los pseudónimos más vivos y regios que se haya registrado en estas tierras americanas. Su nombre lo estampó cuando contaba solamente catorce años de vida. Quizás haya que recordar que de alguna manera influyó determinantemente para que más tarde se repitieran otros casos como lo son el de Pablo Neruda y de Gabriela Mistral.

La advertencia que firma Anderson Imbert y Ernesto Mejía Sánchez tiene una fuerza distinta y penetra por los poemas sueltos y hace visible esa condición de “poemas dispersos” que son posteriores a Azul. Es decir, reproduce cada uno de sus libros y en otro apartado muy distinto recupera poemas dispersos. Con esto finalmente se vuelve más que una individualidad: es la suma poética que no se agota sino que cada libro y cada poema recuperado sirven para demostrar su vigencia lírica, ya que mientras Anderson Imbert continúa y termina su estudio sobre Darío, por su parte, Mejía Sánchez sigue su trabajo filológico para completar una travesía que arrojara frutos y edita esta compilación como ejemplo de sus investigaciones perfectibles y perdurables, muy sólida en todo caso para todo lo que se refiera a la poesía.

Los temas en la poesía de Darío no se agotan y se acrecentarán para confirmar esa identidad que se vuelva clave y recordar que del poeta se han escrito opiniones con distintos puntos de vista, como puede constatarse por la selección que Ernesto Mejía Sánchez realizó para Estudios sobre Rubén Darío de distintos autores. Esta edición registra un texto ya clásico: me refiero al prólogo a Peregrinaciones de Justo Sierra, además podemos detener la lectura en la necrología que Pedro Henríquez Ureña publicó el año de su muerte y leer otro muy distinto aquel que acompaña un puñado de poemas traducidos al inglés, en Washington, para percibir la fuerza de sus interpretaciones. Todo esto sucede para afirmar que “su nombre significa toda una era de la poesía española. Él (Rubén Darío) era, más que toda la lira, toda la orquesta”, ya que la tensión interior de esa musicalidad está en sus poemas y nunca, o muy pocas veces, en lo que se refiere a su vida pública, que enjaula un abrazo mortal y recuerda sus penurias económicas casi permanentes.

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