Rafael Calderón
Alfonso Reyes y su constancia poética
Lunes 19 de Diciembre de 2016
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Cuando inicié esta columna, hace poco más de un año, tenía claro que uno de mis mayores intereses se centraba en la poesía y que la relevancia de autores que nacieron o radican en Michoacán están presente, son más de las veces motivo de exploraciones, y de cuando en cuando me permito extenderme por autores mexicanos y de lengua extranjera. En el caso específico de Alfonso Reyes, estoy seguro, lo procuro por su poesía y si voy a un capítulo de la Ilíada, tengo como referencia su traducción y los textos en prosa destinados a estudiar a Homero los considero a un mismo parte esenciales en mis lecturas. Ante su prosa, elegante e iluminadora, me acerco a obras como El deslinde, aunque me resulta compleja su teoría literaria, pero no dejó de lado ciertos poemas de su autoría. Más bien la poesía la veo como un ejemplo que sigue su curso de la evolución literaria: lo primero que publica son poemas y mientras tiene en proceso la edición de Constancia poética, en diciembre de 1959, Reyes muere.

Alfonso Reyes, muere en diciembre de 1959
Alfonso Reyes, muere en diciembre de 1959
(Foto: Especial)

Para invocar su figura destaca tutelada la poesía sobre su prosa, y siempre creo conveniente remitir al tomo X de sus Obras completas para recordar que toda su poesía la titula Constancia poética (porque deseaba que se considerara como prueba o constancia de su continuidad y como constancia en las labores poéticas). En su condición de poeta y ensayista merece ser leído más allá de su figura y destacar el conjunto de su obra en verso y prosa. Para decir que está presente como ejemplo culminante de su búsqueda lírica y la estuvo situado por encima de modas más o menos personales y afortunadas de ciertos poetas de su tiempo.

Para invocar su legado, en el terreno de la poesía, quiero aclarar que la escribió por ciclos o estaciones. Y aquí solamente invocaré dos momentos que son parte de esa clave de la vida y del referente vivo de su perdurabilidad. El primero elevado a joya maestra de la poesía en lengua española corresponde a Ifigenia cruel; el otro momento a la vez referencia ineludible por su condición de traductor de la Ilíada y que resulta de ésta y por su naturaleza contemplativa y las referencias históricas escribió la serie de sonetos de Homero en Cuernavaca. Ya que primero fue un adelanto en la revista Ábside en 1948 y la versión definitiva es de 1951, y aumenta al doble de sonetos y por esto puede ser el título más contundente, el que eleva a cosa granada con versos que son lingotes de oro para la lengua española y en esa dinámica permiten oír esa herencia imborrable de su condición de poeta.

El poema Ifigenia cruel fue escrito entre agosto y septiembre de 1923 entre Deva y Madrid. En vida de su autor tuvo cinco ediciones. La primera sucedió en España; la segunda, en México, con apenas 200 ejemplares; la tercera fue al preparar la compilación de su Obra poética, en 1951; la cuarta es la que figura en la antología Teatro mexicano del siglo XX de A. Magaña Esquivel; la quinta –versión definitiva– es la que reproduce el tomo X de las Obras completas y que tuvo a bien agrupar con el influyente efecto de Constancia poética. El poema es acompañado por una breve noticia y por un comentario que recuerda su afición de Grecia y la función del coro, la tragedia y destina unas palabras a definir el nombre de Ifigenia. Es una minuta en prosa de gran esplendor y de relevancia poética.

Mientras Homero en Cuernavaca salió como adelanto en la revista Ábside que dirige Gabriel Méndez Plancarte. La edición de la revista incluye doce sonetos, adicionalmente, el sobretiro, agrega tres más y completar así quince sonetos. Estos aparecieron precedidos por palabras “bondadosísimas” del director: “Dejándose llevar humildemente, de la mano, por las musas del Renacimiento y del Siglo de Oro –sin mengua de su siempre alerta y ubicua modernidad– Alfonso Reyes nos da… una poesía muy antigua y muy moderna; muy sabia y hasta erudita, pero henchida y vibrante de humanidad; regocijada y sonriente como las Gracias, pero –como ellas– limpia y decorosa; auténticamente helénica, y genuinamente mexicana…”. Su autor siguió revisándola y la versión definitiva es de 1951, pero retoca los quince sonetos y escribió otros quince y completar así el legado de ese sonido donde dice: “A Cuernavaca, voy dulce retiro,/ cuando, por veleidad o desaliento…”. Esbozo inmejorable de su poética, distinta y única, con extrema variedad de estilos y de constante originalidad y evolución y termino recordando que la voz de Reyes, en la lengua española, es única.

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