Jueves 15 de Diciembre de 2016
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En 1963 Hannah Arendt, filósofa alemana nacionalizada estadounidense, de origen judío, publicó el libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, que versa centralmente sobre el juicio que se siguió contra el oficial nazi Adolf Eichmann por su responsabilidad en los crímenes de guerra cometidos por el nazismo contra los judíos. Dos ideas quiero destacar de ese importante texto y son la banalidad del mal y el colaboracionismo judío.

La banalidad del mal la podemos entender como la falta de reflexión al realizar actos malos cuando la obediencia, la necesidad, las circunstancias o la costumbre nos los imponen; es también la justificación propia para desplegar conductas inmorales o delictivas, desde la perspectiva de que si dichas conductas no provienen de nuestra mente, deseos o intenciones no se nos puede atribuir la maldad. Por tanto, cualquier persona en determinadas circunstancias puede desplegar conductas perversas sin que la perversidad sea propia de su mente y carácter.

 A los dirigentes los acusó de pusilanimidad y colaboracionismo con el régimen nazi, y desde su perspectiva, cada individuo tuvo esa misma conducta cobarde con la que facilitaron la tarea a los opresores
A los dirigentes los acusó de pusilanimidad y colaboracionismo con el régimen nazi, y desde su perspectiva, cada individuo tuvo esa misma conducta cobarde con la que facilitaron la tarea a los opresores
(Foto: TAVO)

Respecto al colaboracionismo judío, Arendt hace una dura crítica a su pueblo, tanto en lo colectivo como en lo individual. A los dirigentes los acusó de pusilanimidad y colaboracionismo con el régimen nazi, y desde su perspectiva, cada individuo tuvo esa misma conducta cobarde con la que facilitaron la tarea a los opresores. Podría decirse que marcharon sin oponer mucha resistencia al matadero, con pesar y tristeza, pero con más sueños de esperanza que con bríos de libertad.

Es momento de vincular las ideas expuestas con el título del presente artículo: rebelión. No es nuestra intención hablar de rebelión como delito, sino solamente como un verbo. Conforme a la Real Academia Española, rebelión es la acción de oponer resistencia. Bajo esa tesitura, es de señalarse que infinidad de alemanes sin malicia o perversión cometieron crímenes de lesa humanidad, sólo haciendo su trabajo, por así decirlo; en ningún momento justifica, pero sí explica. No pasaba por la cabeza de esta burocracia la idea de rebelarse. La comodidad, el temor o el egoísmo bastaban para la justificación y, por tanto, para la banalización del mal.

El caso de los oprimidos judíos y la ausencia de la rebelión en ellos es más complejo y difícil de entender, imagino, sin ser un experto en el tema, que creyeron que tanta maldad no podía ser posible y que la modernidad que se vivía era un impedimento para las atrocidades que terminaron viviendo. La esperanza los hizo dóciles ante el yugo. Vieron en el colaboracionismo no un acto de cobardía, sino de prudencia. Lo anterior me trae a la mente a Trump y al optimismo con el que hemos presenciado su ascenso. Aunque creo que no es el caso, no pude evitar la asociación.

Siguiendo la línea de las similitudes, me atrevo a señalar que en México se da la banalidad de la corrupción. Infinidad de personas decentes son parte del cáncer de la corrupción gubernamental por los mismos motivos que la burocracia nazi fue partícipe de crímenes de guerra. No por esto se piense que creo que la corrupción somos todos, no se malinterprete. Lo que sí digo es que la misma ha penetrado en amplios sectores sociales hasta el punto que se ha vuelto tolerada y por tanto banal. Luego entonces, aunque México no sea un país de corruptos, sí se han generado condiciones para que muchos desplieguen en mayor o menor grado conductas de este tipo.

Volvemos a la rebelión. Erróneamente se ha generado la idea de que criticar y señalar la corrupción o la ineficacia de los gobernantes es oponerse a ello y por tanto rebelarse, cuando a lo mucho lo podemos considerar como un simple ejercicio de libertad de expresión, el cual, si no va aparejado de acciones en el mismo sentido, de poco o nada sirve para corregir el mal de la corrupción que lacera nuestra sociedad.

Nuestro país necesita que su sociedad se rebele, pero esto no es que se arme, o que se manifieste de manera violenta en plazas o carreteras, ni que insulte a las instituciones. Rebelarse es oponerse tajantemente a la corrupción, rebelarse es no ser parte de ella ni como corruptor ni como corrompido, rebelarse es no alentarla bajo ninguna circunstancia o excepción, rebelarse es detestar y señalar al corrupto, pero no al lejano, sino al cercano, que la exclusión social del corrupto sea real y no de doble moral (mueran los que veo en la tele y lisonjeo al conocido funcionario).

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