Rafael Calderón
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 15 de Febrero de 2016
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Veo en el caso de Ortega que asuma el legado de otros autores para profundizar por su cuenta y pienso en el caso de Pedro Henríquez Ureña y su necrología de hace 100 años, dando noticias puntuales de todo lo que sucedió con la muerte del poeta y dejar el mejor testimonió de lo que fue el funeral del poeta y de todo lo que aconteció en Nicaragua por aquellos días.

Mientras Julio Ortega aclara que la fuente inicial de su prólogo a la poesía que editó en el 2007 como síntesis crítica la realizó revisando los documentos que obran en el Archivo de la Biblioteca del Congreso, de Washington, y de inmediato reconoce que esa fuente tiene su antecedente en los papeles que conservaba Juan Ramón Jiménez, quien editó magistralmente Canto de vida y esperanza y entregó en resguardó a la biblioteca.

Dice estos datos pero haciendo observaciones muy interesantes como resultado de su lectura: aclarar que los poemas son parte de la escritura desordenada y que son poemas redactados como una primera versión, que seguramente tendrán una revisión posteriormente, o que los entrega Darío a su editor y éste los ordena para el libro que está trabajando.
No conforme con esto escribió con un estilo que pareciera más bien ser una lección que se vuelve memorable y sus reflexiones alrededor de la biografía del poeta son una invitación que determina que Rubén Darío es, ante todo, el poeta mayor de estos tiempos, y su presencia no está toda solamente en su poesía ni en lo que sus biógrafos han escrito. Lo mejor es ir a lo que él dijo en sus apuntes autobiográficos y desde estos responder dudas que resuelve con plenitud crítica y aporta nuevos hallazgos como ejemplo de su propia lectura.

Si Julio Ortega ya es reconocido como uno de los críticos de literatura latinoamericana más importantes por sus opiniones sobre Octavio Paz, Julio Cortázar y José Lezama Lima. Hay que agregar, ahora, con el nombre de Rubén Darío porque comprende ese alcance universal que ya tiene por sus indagaciones. Denota con brillo que su gusto por la poesía en lengua española rebasa con creces un interés personal, de la amistad entre sus contemporáneos. Su lectura biográfica se vuelve clave para entender a Darío entre la biografía y la lectografía y el señor embajador y ese eros de la simpatía que fue por sí sólo entre sus pares en su tiempo.

Para leer esa biografía que sitúa en el tiempo a Darío, está presente ese recorrido que acumula en su estudio y lo dice con una mirada crítica y su base es el documento más fiable de sus fuentes: la obra y la vida del poeta. Es verdad, uno lee sus textos y se da cuenta que algunos datos duros de la vida y la obra levantan polémica, pero enjuicia con un sabor que sabe llevar a la obra y resulta precursor reconocer que en la prosa se asume ese brillo de renovador que fue Darío con su libro Los raros. Esa imagen surge con respecto a Darío, cuando casos como Borges ya han afinado que en él se puede acumular toda una toda una literatura.

Y si en el pasado la poesía de Darío fue ordenada a partir de dos ejes donde resalta uno, biológico, y así suman poemas de la infancia y la adolescencia, de juventud y la madurez y póstumos; otro, geográfico, que va de los poemas primeros de Nicaragua, a los poemas de Chile, Argentina, París, España… nos recuerda que ambos postulados responden al mismo principio: cronológico. Ahora Julio Ortega determina desechar ambos postulados. Abre por su cuenta un puente de mayor originalidad: establece tres etapas o divisiones que se vuelven parte de una vigencia poética: primera, La obra mayor; segunda, Libros de transición y, tercera, Poemas dispersos. Esta acertada división sobrevive para el caso de la primera porque tiene en sus páginas un sistema de imágenes que se transforman en signos y símbolos que interrogan y celebran con igual intensidad los títulos mayores que ocupan su mejor periodo de escritura entre 1888 y 1914.
La lectura de los poemas aquí son un verdadero mausoleo y más que gigantes, se quedan visibles para el idioma. Es decir, son destello de la imaginación y se convierten en ritmo de su propia musicalidad.

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