Sábado 10 de Diciembre de 2016
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Nuevamente el repique de campanas, la madrugada del día 8, nos anuncia la misa de alborada con la que da comienzo la celebración de la fiesta patronal de Pátzcuaro. Cientos de feligreses se dan cita en la Basílica, que es su morada, y emocionados entonan “Las mañanitas”, acompañados de una o más de las bandas musicales llegadas para la ocasión.

Don Nicolás León, en sus Noticias históricas de la venerable imagen de María Inmaculada de la Salud de Pátzcuaro, reseña: “Al pie de su altar oran a diario el hijo del ardiente clima del sur michoacano, el desvalido nativo de sus friísimas montañas y el incansable trabajador, el sencillo y humilde ranchero de las tierras templadas. No es, por lo mismo, extraño ver ornamentado su altar con la apátzecua, flor color de oro del indio de la Sierra; el atigrado xahuique del mestizo de los valles y el purpurino coamecate del pinto de Tierra Caliente, dominando siempre entre los devotos el purepe del lago, que al renovar a diario los ramilletes de cándidas flores de chumbacua, en su armonioso idioma le repite: “Nana Iurixe, zántsini cuiripen vehcohueco –maripechen; thuquire santa Dios Nana embaecá” (Madre Virgen, ruega por nosotros, santa Madre de Dios).

Nana Iurixe era llamada nuestra santa patrona por las doncellas o guananchas indígenas que se encargaron, durante 200 años, de cuidar la bella escultura hecha con la antiquísima técnica de pasta de caña de maíz, que data del siglo XVI (1540 aproximadamente) y que les hacía evocar a la diosa Cuerauáperi (la madre creadora en la cosmovisión purépecha), a quien se presume estuvo dedicado el gran templo erigido en el oriente de Petatzécuaro y sobre cuyos restos se encuentran ahora cuatro de los principales edificios coloniales del lugar: la misma Basílica, el Antiguo Colegio de San Nicolás (hoy Museo), la iglesia y el Colegio de la Compañía de Jesús.

Cuenta la historia que fue alrededor del año 1540 que el ilustrísimo señor don Vasco de Quiroga, abogado de la Segunda Audiencia y primer obispo de Michoacán, mandó fabricar la imagen de la Virgen María hecha en América y para su elaboración eligió la técnica y el material con que se hacían las imágenes de los antiguos dioses. La confección de la figura quedó en manos de indígenas de la región (dioseros), quienes tenían fama de ser expertos en el modelado de imágenes sagradas.

El primer recinto de la futura patrona de la ciudad fue la capilla principal del Hospital de Santa Marta (anexo al Templo del Sagrario), y fueron tantos los favores concedidos, los milagros realizados y las curaciones hechas a los pobladores de la región por la efigie de la Virgen María, que don Vasco mandó grabar a los pies de la imagen el epígrafe: “Salus infirmourum” (Salud de los enfermos), y desde entonces se le llamó, y se le sigue llamando, Virgen de la Salud.

Como la fama de la santísima imagen fue creciendo al paso de los años, llegó el día en que el templo del hospital fue demasiado pequeño para recibir a la multitud que se daba cita para visitar a la virgen. Por eso, en 1691 se inició la construcción de un templo de mayor envergadura, el del Sagrario, donde la imagen de la Virgen de la Salud de Pátzcuaro permaneció durante 191 años hasta que fue trasladada a lo que es su actual recinto: la Basílica de María Inmaculada de la Salud.
En el año 1737 la Virgen de la Salud fue nombrada patrona de Pátzcuaro y diez años después, en 1747, fue fundado el Convento de las Religiosas Dominicas, a las que asignaron el cuidado y mantenimiento de la sagrada imagen.

Basílica de Pátzcuaro
Basílica de Pátzcuaro
(Foto: Armando Martínez)



Fue hacia finales de 1880 cuando la imagen de la virgen fue trasladada del Sagrario a la Basílica de la ciudad, donde el 8 de diciembre de 1899 fue coronada con autoridad pontificia, y desde entonces se conoce a la antigua Catedral de don Vasco como el hogar de Nana Iurixe. Es para rememorar ese acontecimiento que cada año, en esta fecha, acuden peregrinos de todo el país a la celebración de su fiesta. Desde el año 1924, el Papa Pío XI la nombró patrona principal del Arzobispado de Morelia.

El maestro Antonio Salas León nos contaba (en la década de los 60) cómo esta fiesta había ido cambiando con el tiempo pero conservando la impronta indígena que la originó. Él afirmaba que siendo Pátzcuaro un centro ceremonial religioso, tal vez antes de que se establecieran aquí los mismos purépechas, resultaba lógico que el lugar (como tantos de Mesoamérica) también fuese un sitio obligado para el encuentro de personas llegadas de distintas latitudes: espacio de culto sagrado y para el intercambio de productos.

Así que no debe extrañar que durante nuestra fiesta patronal lleguen tantos comerciantes de lugares más o menos lejanos, pero sobre todo de esos estados que en épocas remotas formaron parte del reino antiguo purépecha. Lo que sí resulta preocupante es que autoridades poco sensibles pretendan cambiar a su antojo (en afanes “reguladores económicos”) lo que surgió del fervor y la espontaneidad popular.

Muchos aspectos que caracterizaban esta fiesta patronal de Pátzcuaro se han ido: la feria artesanal, los corredizos y farolillos de papel de china que lucían la mayoría de céntricas calles, los globos de Cantoya, los “caminos” de oloroso huinumo de pino, los humildes puestos de fruta de la temporada iluminados con hachones de petróleo… y bueno, hasta la convivencia que se lograba entre vecinos de los barrios céntricos para ponerse de acuerdo en cómo adornar la calle que iba a ser recorrida por la sagrada imagen, que ahora acompañan las asociaciones de Caballeros y Damas de Honor.

Durante todo el día 8 se escucha la cohetería acompañar las celebraciones religiosas y la procesión que recorre calles en las que prevalecen establecimientos comerciales. Y cuando el último cohete estalla en el firmamento, la nostalgia llega a instalarse entre muchos de quienes recordamos el barrio de la infancia, donde compartíamos, en una especie de fraternidad espontánea, el espíritu de devoción y fiesta que invadía, como la niebla matutina de esta temporada, otros días.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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