Julio Santoyo Guerrero
La sucesión de la incertidumbre
Lunes 5 de Diciembre de 2016
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La de 2018 no será una sucesión que permita anticipos para darle certidumbre a los escenarios políticos tradicionales. A la vista de los eventos mundiales, en los que prevalece el enojo ciudadano, el descrédito de las clases políticas, la vehemencia antisistémica y antigubernamental de los electores, el derrumbe de la esperanza en las bondades de la globalización económica y la imposibilidad de cuantificar la tendencia de los votantes por la pérdida de confianza en las empresas encuestadoras y el despegue de una conciencia generalizada que desea cambios efectivos ya, independientemente de la ideología que los proponga, ocasionará la expansión de la incertidumbre en la lucha por la sucesión presidencial de 2018.

independientemente de la ideología que los proponga, ocasionará la expansión de la incertidumbre en la lucha por la sucesión presidencial de 2018.
independientemente de la ideología que los proponga, ocasionará la expansión de la incertidumbre en la lucha por la sucesión presidencial de 2018.
(Foto: TAVO)

Anticiparse a especular sobre la certidumbre de que el priismo pueda continuar en Los Pinos, o sobre que Acción Nacional tiene las mejores condiciones, o que la izquierda con una alianza puede lograrlo, o bien que alianzas entre fuerzas de diverso signo pueden hacerse de la presidencia, es un razonamiento que deja fuera esta tendencia mundial que descubre a los electores protagonizando procesos subterráneos antisistémicos que terminan modificando los resultados finales. Seguir creyendo que el electorado mexicano se sigue moviendo como ocurría hace años es un punto de partida fantasioso.

El accionar actual de los partidos políticos deja entrever que siguen considerando para sus estrategias una realidad política que ya se ha movido notablemente. No han sabido interpretar el coraje antisistema que tanto ha crecido en la población en los últimos años, y en consecuencia tampoco han sabido anticipar hasta dónde puede llegar esa indignación y a través de qué medios puede expresarse, mucho menos se han detenido a valorar la magnitud del distanciamiento entre partidos y sociedad. Lo que ha pasado con el Brexit en Reino Unido, el “no” a los tratados de paz con las FARC en Colombia y la elección de Trump en Estados Unidos, son realidades que no pueden omitirse y que representan una realidad cuyos componentes también están presentes en nuestro país.

Creer que sólo hay tres o cuatro escenarios en el camino a la sucesión, cada uno de ellos representando a una de las fuerzas políticas nacionales o a las alianzas probables, es condescender con una tradición que ya se está agotando. El profundo deterioro de nuestra partidocracia, expresado en un rechazo constante de la sociedad mexicana, puede alimentar liderazgos emergentes que pudieran mover con rapidez todo escenario tradicional. El fenómeno de las candidaturas independientes, que lograron hacerse de la representación que buscaban, es sólo una expresión de ese descontento que encuentra alguna salida, aunque sólo sea para demostrar que la fuerza antisistema que late en el electorado puede realizarse, aunque el personaje resulte ineficiente.

Una configuración de escenario emergente y sorpresivo en la ruta hacia 2018 no debiera de sernos ajena. El país no tiene las estabilidades que sustenten una transición sexenal dentro de los escenarios tradicionales que hemos conocido, a la manera de las últimas tres alternancias. La próxima alternancia, la de 2018, podría no ser aterciopelada y salirse del patrón de los alternantes clásicos. Tenemos una democracia que ha dado resultados pírricos, una economía con bajísimo crecimiento y seguramente golpeada por la renegociación del TLCAN, un desgaste preocupante de las instituciones, un rebasamiento de problemáticas que le duelen a la sociedad, una sociedad irritada y muy enojada con su clase política; es decir, no hay soportes para sujetar una transición como ocurrió en la primera década de este siglo.

La sociedad, los electores, podría, en este marco de incertidumbre, caminar en la dirección menos pensada con tal de golpear a los políticos que les han fallado para castigarlos y exigir reivindicaciones muy concretas para satisfacer olvidos gubernamentales. Bajo estas condiciones la incertidumbre será la única constante que domine la sucesión presidencial de 2018, un evento que parece no estar incluido en la racionalidad de nuestra clase política pero tendrán que lidiar cara a cara con él.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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