Rafael Calderón
ELEGÍA DELDESTINO
El turno y la presencia de Benjamín Fernández Valenzuela
Lunes 5 de Diciembre de 2016
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Poeta místico y sacerdote. Nació en Morelia el 31 de agosto de 1935. Realizó sus primeros estudios en su tierra natal. Ingresó al Seminario de Morelia en 1947, donde estudió humanidades y tuvo por maestros a Francisco Alday y Manuel Ponce. Ha publicado estudios literarios, a los que se ha dedicado con empeño (especialmente clásicos latinos y del poeta Diego José Abad) en diversas revistas (Trento, Ábside, Comunidad de la UIA). Publicó en 1974 su traducción y estudio de Poema heroico, de Diego José Abad. Dice de él por su condición de poeta don Gregorio Marañón: “Ha exaltado con profundidad y conocimiento el sentido de las realidades hispánicas”. Raúl Arreola Cortés recuerda que además de sus actividades sacerdotales es excelente latinista. Y “como poeta, destaca entre su generación por sus acentos originales, sus rimas siempre frescas y sugestivas; prueba de ello su hermoso soneto ‘Lucero’”. Por esto vale recordar lo que dijo Felipe Tena Ramírez: “Uno es el Poema –se refiere al Poema heroico de Abad en su ‘Noticia preliminar’–, de aliento épico, que hace dos siglos escribió en seis mil 434 hexámetros latinos el mexicano Diego José Abad. De ella nada nos queda por decir pues lo han dicho todo, con jurisdicción plena, Manuel Fabri, amigo y biógrafo de Abad, y en nuestros días Benjamín Fernández Valenzuela”.

La noticia que da del traductor y glosador Tena Ramírez es imponente. Dice que ofrece una experiencia insólita en nuestros días. “Lanzado casi solo a la conquista de la latinidad, la hizo suya con original destreza, y del Lacio regresó a lo que ha sido hasta ahora la mexicanidad su momento más auténtico y promisorio”. Hay que recordar, siguiendo la presentación de Tena Ramírez, que a los 17 años empezó a publicar sus primeros ensayos de latinidad acerca de la Sátira de Horacio, La filosofía de la sátira, y La sátira IV de Juvenal. En el año de 1958, a los 22 de su edad, inició la obra acerca de Abad, y como anticipo publicó los cantos IX y XVII de La heroica.

En 1966 se trasladó a Nueva York, donde dedicó más de un año a la investigación y desarrollo final de su labor máxima bajo el patrocinio de The Hispanic Society of America, Culumbia University Library, The New York Public Library y Annunciation Church. En 1970 terminó la traducción y las notas y en los meses siguientes dio forma a la traducción. Sigue diciendo Tena Ramírez: “Le habían servido en su empresa, no sólo sus conocimientos de latín, sino su sensibilidad de poeta, su saber de la literatura nacional y de la hispánica, de la aborigen nuestra, de la música y de la arquitectura. Habíale precedido, más que todo, su guía y estímulo, el amor a su patria mexicana”. Por esto y otros méritos sus poemas figuran por lo menos en dos antologías michoacanas fundamentales del siglo XX: La poesía en Michoacán de Arreola Cortés y Jardín moreliano de poetas que seleccionan Ramón López Lara y Agustín García A., y que lleva prólogo de Porfirio Martínez Peñaloza.

Leerlo es un gozo, parte de su pasión por los temas religiosos y en parte por ese caudal de ritmos e imágenes que se cruzan entre el camino de la escritura que revelan sus inquietas visiones: Jesús crucificado, más le revela su inquieta visión ver la cabeza de éste con su cruz de espinas y llevar al lector al encuentro de un dolor y de una situación tan compleja o tener presente la visión de Jesús crucificado, sus ojos y esa lectura que bien puede ser parte de un delirio; el tiempo aquel, la entrega, para esperar el fondo de la llegada del diálogo o el lenguaje. Los temas que toca en su escritura son los mismos que en el pasado vieron para su poesía fray Luis de león, San Juan de la Cruz, pero ahora les da un giro y nos los hace de estos días; escribe con ese río de sonidos, ecos, ritmos y que son destellos a través de la lengua española.

Cuando nombra un lucero también lo describe y el camino elegido es el soneto y entonces la sombra diminuta y fulgurante tiene en su lenguaje una pasión que deslumbra por sentimientos que son también encendimientos y así oír que la noche se apaga. El goce de su lenguaje es tan particular, sobresaliente, como ir a la lectura de Diego José Abad y volver erguidos de una renovada pasión y ver en sus poemas esa ruptura que es parte de la tradición lírica con aquellos temas instalados en nuestro tiempo y por eso renovador de imágenes sólidas. No sabemos si vive o ha muerto; nos queda su poesía y ésta en un puñado de poemas.

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