Hugo Rangel Vargas
Casi al fin del mundo
Viernes 2 de Diciembre de 2016

(Segunda parte)

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Entre el esmeralda de los viñedos y el celeste que se confunde en montes nevados, lagos y cielos veraniegos, el fin del mundo apenas se siente en un acalorado verano que pasa por Los Andes y languidece hasta Viña del Mar. Un asado hecho con la paciencia de un abrazador fuego y el detalle de un excelente anfitrión también confunde el sentido que divaga en medio un sol que se oculta casi tres horas antes de que concluya el día.

No sé si me encuentro en el “Poema número 15” de Neruda, tampoco distingo “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, mis días de universitario también traen las añoranzas del marxismo triunfante que ejemplificaron mis profesores a través del discurso de Allende en la Universidad de Guadalajara; aquí todo se ha emborronado entre las tradiciones de los huascos, las cuecas perfectamente danzadas, el pisco delirante, los olores a mezcal, la brisa del Pacífico y las canciones infaltables de José Alfredo Jiménez.

No era México, tampoco parecía el extranjero; era casi el fin del mundo y sin embargo, al parecer no había fronteras: el muro de arena no contenía el encontronazo entre el océano y el Estero Marga Marga, el Castillo Wulff era un recuerdo difuminado de Escocia ya domesticado por la furia del océano y el calor de los chilenos, las dunas de Concón lucían su esplendor en medio del desarrollo urbanístico que cosifica el medio ambiente, la ciudadanía también parecía inerte al paso de la ola privatizadora que comienza a cobrar facturas con la quiebra del sistema de pensiones y las limitaciones de un estado que se ha arrodillado ante el embate de la ortodoxia económica. Este es Chile, esta es América Latina.

Aquí mis sentidos encontraron quietud en el terruño de Salvador y Dancy, dos chilenos que vibran con la música mexicana, que se deleitan con el tequila y el mezcal, que se enfrentan al día a día deseando que el pasado de su país dé paso a una modernidad de paz y concordia, que abren las puertas a Pelusa, la gata exigente que reclama el remanso del calor hogareño. Nada pasa en Chile, aunque late el pasado que anhela el futuro promisorio del perdón.

Nueve días vividos a tambor batiente. De los cerros de Valparaíso a las playas de Viña del Mar, del mítico estadio del Sausalito (donde México gana su primer partido en una Copa del Mundo) al Restaurant Liberty, del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos a la Plaza de la Victoria, de Quillota a los Andes, de Concón a Portillo, del anhelo por llegar a Punta Arena hasta la caminata por el Lago del Inca; Chile pone sobre las sentidos de sus viajeros una deslumbrante exposición de fortaleza.

Pero aquí la experiencia de vida no sólo llega por los sentidos, también es ahogada por la memoria; es casi el fin del mundo. Aquí lo trágico se confunde con lo heroico, entre las hazañas de Arturo Prat y la conquista de los andes por San Martín; lo extraordinario emerge de lo cotidiano, por ello se explica la sorpresa de Neruda en los mercados mexicanos pese haber vivido en el puerto de las mil banderas; la euforia se desborda entre el futbol y la canción. Sí, estamos inundados de sentido, no hay tiempo para la reflexión; sin embargo, la memoria prevalece y ahora convive con el presente y mira hacia el futuro.

Aquí, dos grandes seres humanos, distintos en sus convicciones pero cercanos por vínculos de amistad y de consanguineidad, retan al pasado que los dividió y tienen en el presente la posibilidad de entenderse en medio del diálogo al que los convoca el verano austral.

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