Hugo Rangel Vargas
Casi al fin del mundo
Viernes 25 de Noviembre de 2016

(Primera de dos partes)

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Muy al sur, entre una costa enorme donde el mar pica con furia en las playas y una inmensa cordillera que se alza violenta desafiando la gravedad e imponiéndose una corona de nieve, el viajero y el explorador sólo sienten el vértigo y la seducción a la que convoca el estar tan cerca del fin del mundo.

Aquí, el desenlace de la tierra ha tomado diversos matices y se ha manifestado en múltiples momentos y espacios adquiriendo variados contenidos. Hoy, sin embargo, la normalidad se cruza por las calles y los barrios, se palpa en la brisa proveniente del Pacífico, en la curiosidad y el asombro de los niños que acuden a los museos y los parques, en los muros de la Sebastiana –sepulcral guardiana de los secretos de un poeta que se rebeló a la tristeza y al mismísimo paso del tiempo–. Aquel cataclismo que consumía al mundo a cada instante de los 17 años de dictadura parece haber quedado atrás.

La calma se respira en este enorme país tricontinental, en el que los hermanos separados por la opresión se reencuentran y se funden en cálidos abrazos. La costa de la que vino la ensombrecedora tiranía el 11 de septiembre de 1973 hoy es la misma que se desgrana en una variedad de riquezas extraídas por los pescadores desde el fondo de la mar. La majestuosidad del Palacio de la Moneda se ofrece en todo su esplendor a los viajeros, dejando en el simple terreno del recuerdo aquellas horas de tormento frente a tanquetas y fuego.

Sin embargo, el paso del tiempo y la conciliación que provocan los años no han sido suficientes para lograr que el olvido llegue y que el fin del mundo del pasado sea un hecho consumado. Por lo largo de este país, tan diverso y agreste, se distribuyen los recuerdos y las memorias del apocalíptico suceso que dejó heridas que se contemplan ahora desde ligeros anecdotarios y majestuosos monumentos que convocan a enterrar la posibilidad de repetirlo.

Los desaparecidos, torturados, ejecutados, exiliados y vejados se distribuyen a lo largo del territorio chileno, acumulando los recuerdos de un pasado que se sigue agolpando como nudo en las gargantas de miles de sobrevivientes que narran sus dolores durante la dictadura, así como en los brillos que se acopian en las pupilas de quienes los escuchan con el más elemental sentido humano de la solidaridad.

El fin de aquel mundo de anhelos y esperanzas que llevó al poder a Allende dio paso a la trágica pesadilla en la que el dolor de niños, mujeres, trabajadores, obreros, todos inocentes; no pudo tener otro calificativo que el de espeluznante. Ese mundo que vino con la dictadura ha terminado y hasta este nuevo Chile he llegado con la curiosidad de un latinoamericano que vio con asombro el pasar de esos sucesos a través de los textos de historia.

Esta tierra fría me recibió con la calidez de una familia viñamarina. A puertas abiertas y sin tapujos, las primeras charlas divagaron apasionadamente entre política y futbol. En medio de estas conversaciones me he encontrado con mucho más de lo que creía admirar. Ahora este sentimiento no sólo se cristaliza en un poema de Mistral o de Neruda, en un canto de Víctor Jara o en el ideario de Allende; ha adquirido una profundidad que sólo se asemeja a lo hondo que cala el pisco mapuche en el paladar de un extranjero, tal como lo hace el mezcal michoacano con quienes los desafían.

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