Alma Gloria Chávez
El respeto a las diferencias
Sábado 19 de Noviembre de 2016

Tolerancia nos remite a asumir la existencia de la diversidad y a reconocer que no todos/as somos iguales.

P. Miguel Concha M.

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Sacerdote Miguel Concha, pertenece a un grupo de religiosos católicos comprometidos con la promoción y defensa de los derechos humanos en México.
Sacerdote Miguel Concha, pertenece a un grupo de religiosos católicos comprometidos con la promoción y defensa de los derechos humanos en México.
(Foto: Cuartoscuro)

A instancias de la Organización de las Naciones Unidas, el 16 de noviembre ha sido instituido como el Día de la Tolerancia, siendo el propósito de este valor, reconocido como de los indispensables en la vida del ser humano, la coexistencia pacífica. Porque cuando la tolerancia reconoce la individualidad y la diversidad, elimina las máscaras que crean desacuerdos y diluye la tensión creada por la ignorancia.

El sacerdote Miguel Concha, quien forma parte de un minoritario grupo de religiosos católicos comprometidos con la promoción y defensa de los derechos humanos en México, dice que “la tolerancia es un valor y actitud ciudadanos que nace, primeramente, del reconocimiento y respeto de libertades fundamentales como la del pensamiento, conciencia y, sobre todo, religión. Es un valor fruto del desarrollo desigual, contradictorio y complejo de la civilización y cultura occidentales, junto con el pluralismo. Para nada está reñida con la equidad y la justicia, pero tampoco constituye un bálsamo para disimular las desigualdades y discriminación”.

A nivel internacional, en los estados contemporáneos, la tolerancia hasta ahora había sido, en la práctica, más bien un principio de las sociedades nacionales. Sin embargo, en la última década, la Organización de las Naciones Unidas la ha urgido como norma de convivencia internacional ante los ámbitos del globo terráqueo, mostrándonos cómo se hace lo posible por destrozar la posible convivencia entre humanos. Al instituir una fecha especial para reflexionar en torno al tema, también se recuerda a los países que firmaron los compromisos surgidos en la asamblea de la ONU, a trabajar de manera permanente en pro de esa anhelada coexistencia pacífica.

En tiempos en que resurgen por doquier los mesianismos, las xenofobias, fanatismos y racismos, resulta indispensable promover la convivencia solidaria entre los diferentes, como proyecto factible y propio de hombres y mujeres y desde los espacios cercanos, como el hogar, el trabajo, la escuela, la calle y ante la pareja, el vecino, hijas e hijos, parientes y amistades. Pero al parecer, muchos gobiernos que signaron compromisos ante la UNESCO, lejos de propiciar programas tendientes a educar, o ellos mismos ejecutar actos de gobierno en clima de tolerancia, han acentuado sus actitudes autoritarias e intolerantes, como es el caso de México.

Hablar de tolerancia hoy día implica sobre todo entender cómo se ha manifestado la intolerancia, porque ambas están estrechamente vinculadas. Esta última (la intolerancia) puede ser analizada desde una perspectiva social, por ejemplo, el dominio de una nación sobre otras, o de un grupo social sobre otros, dentro de un Estado-nación; o de una entidad moral y política sobre otras, como es el caso de la Iglesia o los partidos. Pero igual puede ser vista como práctica cotidiana: el dominio de un individuo sobre otro, de un miembro de una familia sobre los otros, del hombre sobre la mujer o de un adulto sobre el joven.

Me supongo que a muchos de nosotras, durante nuestra infancia, se nos inculcó de manera aparentemente inocua la intolerancia, y es por ello que resulta tan difícil abandonar esos hábitos que (a una mayoría) nos han acompañado en el transcurso de la vida. Disfrazada de “medidas precautorias” y hasta saludables, escuchábamos, de boca de los mayores, las voces que nos alertaban (llenándonos de desconfianza e inseguridad) sobre no relacionarnos o mantener lejanía con personas que se encontraban fuera de los patrones conductuales aceptables: indígenas, extranjeros, homosexuales, personas de otra religión, etcétera, y que no distan tanto de lo que escuchamos hoy día.

La intolerancia se relaciona con la antidemocracia, la violación a los derechos de los otros y en no admitir diferencia; también puede ligarse al concepto de discriminación, donde un grupo dominante no reconoce a otro minoritario igual acceso a la ciudadanía. Ser intolerante puede ser igual a ser etnocéntrico, que juzga las formas de vida a través de los estándares de su propio grupo, por lo que no se tolera el relativismo cultural. Y finalmente, la intolerancia se puede vincular con el ejercicio del poder autoritario y el uso de la violencia. Porque todo acto intolerante es, de alguna forma, un acto violento. Sin embargo, no toda violencia es producto de la intolerancia.

Específicamente podemos entender que tolerancia es la acción de sobrellevar, soportar o resistir… es el reconocimiento de los otros, aunque no estemos de acuerdo con su forma de ser, pensar o actuar. Personalmente prefiero usar el verbo “respetar” que “tolerar”. Respeto a heterogeneidad, reconocimiento a la pluralidad. La suma de diferencia más igualdad.

Cada vez más personas en el mundo consideramos que el ejercicio de la ciudadanía y la democracia nos permitirán combatir la intolerancia en apego al respeto de los derechos humanos. Si la intolerancia de algunos es el resultado de su exclusión, es deber de las instituciones incorporarlos a la sociedad a través de la educación. Y la propuesta ciudadana es luchar contra la violencia a través de la inteligencia humana, de debates bien informados y de la acción colectiva, promoviendo comunidades de diálogo y respeto siempre incluyentes.

La práctica de la tolerancia se facilita cuando existe una amplia participación ciudadana como producto de la confrontación de diferentes ideas de ciudadanía entre diversos grupos sociales, con distintos intereses. Reflexionar sobre nuestras propias prácticas, lejanas a la tolerancia, para después sensibilizarnos y atender lo que en nuestras sociedades ocurre, nos permitirá construir esos caminos que nos lleven a la convivencia solidaria y mejores formas de relación.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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