Hugo Rangel Vargas
Trump: El villano favorito
Viernes 11 de Noviembre de 2016
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Donald J. Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos de América. Así lo decidieron las reglas del juego a las que se someten los norteamericanos en cada proceso electoral presidencial, ese es el uso y la costumbre mediante la cual los habitantes de aquel país designan a su mandatario y en los que ponen en práctica el pleno ejercicio de su soberanía.

La preocupación que se ha extendido en la opinión pública en nuestro país derivada de este hecho bien podría estar justificada por el intrincado de las relaciones que hemos construido con el vecino del norte, aunque también agrega un grado más de complejidad el hecho de que la clase política mexicana apoyó abiertamente a la opositora del nuevo presidente durante el proceso electoral, quizá magnificando los supuestos beneficios que podía haber traído para el país el triunfo de Hillary Clinton.

Fue la estridencia y la estulticia de Trump lo que ayudó a erigirlo como el enemigo público número uno de la opinión pública nacional
Fue la estridencia y la estulticia de Trump lo que ayudó a erigirlo como el enemigo público número uno de la opinión pública nacional
(Foto: Especial)


La derrota de Clinton pasa también factura a la clase política mexicana, que ha ensordecido los ecos de una historia de desencuentros de nuestro país con gobiernos estadounidenses, republicanos y demócratas por igual, después de aclamar encarecidamente a Trump como el villano favorito.

Es cierto, nos desagrada la idea de la angustia por la que pasarán todos nuestros connacionales, quienes podrían verse inmersos en una serie de dificultades si el recién electo mandatario norteamericano cumple su promesa de efectuar deportaciones masivas. Pero la propaganda ha sido omisa en señalar que hasta enero del presente año, el presidente demócrata Barack Obama ya había roto el récord histórico de deportaciones con 2.8 millones de personas durante su administración, superando la cifra del republicano Bush, de 2.1 millones en todo su mandato.

Y es que el sobajamiento del que ha sido objeto el Estado mexicano desde el ascenso al poder de los gobiernos neoliberales le ha dejado, en efecto, altamente expuesto a las dificultades que se deriven de las decisiones que legítimamente decida tomar el nuevo gobierno de Norteamérica, independientemente del partido político del que hubiese provenido.

Aquí, sin embargo, fue la estridencia y la estulticia de Trump lo que ayudó a erigirlo como el enemigo público número uno de la opinión pública nacional, mayormente agitada por los intereses de las grandes corporaciones que perciben riesgos en sus negocios ante la amenaza declarada por parte del estadounidense de cancelar el TLCAN y retirarse del TPP.

Hay un hecho claro, a los mexicanos no nos gusta Trump, pero tampoco nos sentimos contentos con nuestra democracia ni con nuestro gobierno, tal como dan cuenta las recientes mediciones del Latinobarómetro y diversas encuestas. Detrás de este descontento se encuentra la aspiración profunda de recuperar nuestra soberanía, así como el malestar con el modo en como nuestro país se ha insertado en sus relaciones con Estados Unidos y con el mundo entero.

Fue durante la Expropiación Petrolera cuando Lázaro Cárdenas entendió el carácter interdependiente de nuestro trato con Estados Unidos. Pese a la existencia de un gobierno como el de Roosevelt en el norte, las presiones de los consorcios petroleros ponían límites a la política de la “buena vecindad” del mandatario norteamericano. Cárdenas no esperó a la buena voluntad de allende el Río Bravo; aplicó la ley, entendió el entorno internacional, fue pragmático para defender los intereses del país que gobernaba, logrando recuperar así una parte de la soberanía del país con una sociedad volcada en su favor.

La alharaca satanizante en contra del apocalíptico magnate republicano no coloca en perspectiva ninguna alternativa de la que el país pueda echar mano en pleno uso de su autonomía como nación para aligerar o enfrentar los efectos de sus decisiones. Nuestra clase política ha echado su suerte al devenir de los sucesos y puso todos sus huevos en la canasta de la buena voluntad de la hoy derrotada Hillary Clinton, haciendo de Trump el villano favorito.

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