Rafael Calderón
El turno y la presencia de Carlos Eduardo Turón
Martes 8 de Noviembre de 2016
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Poeta y traductor, nació en Uruapan el 27 de enero de 1935 y murió en la Ciudad de México el 3 de abril de 1992. Por vocación literaria estudia Letras y traduce más tarde poesía del francés e inglés. Autor de ensayo, poesía y narrativa, desde la vida consagrada a la literatura hasta una Obra poética que se convierte en su carta de presentación. Es donde toca todos los temas modernos de la poesía: el amor, la muerte, la nostalgia y le profesa una tímida imagen religiosa que se transforma en rebeldía con el lengua, y es asimismo el encuentro con imágenes llenas del erotismo que llega a su poesía por antecedentes de los trovadores de amor y sobre todo por autores como el Arcipreste de Hita y aquellos poetas del pasado clásico del idioma castellano.

Carlos Eduardo Turón
Carlos Eduardo Turón
(Foto: Especial)

De su obra primero salió En los lindes del día, e inmediatamente siguen Tríptico de verano, Exaltación de la extranjera, Composición de Eleusis y el título de su confirmación es Crucifixiones, pero destacadamente La libertad tiene otro nombre, y termina Titzio y Quehceres del amante. Mientras sus ensayos, tanto de política como literatura, se agrupan en una lista muy diversa: Frente a Delfos, La iconoclastia de José Revueltas, Algunas claves de Gerard de Nerval y José Revueltas, el hijo del hombre, Sobre esta piedra es su novela de 1981. Fue colaborador de revistas de renombre: Cuadernos Americanos, Vuelta y Siempre! Traduce poemas del francés de Víctor Hugo y una novela de George Bataille y del inglés algunos poemas de Shakespeare. El año de 1979, por la publicación de La libertad tiene otro nombre, editada por la Comunidad Latinoamericana de Escritores (1978), mereció el premio de escritores para escritores Xavier Villaurrutia. Además, fundador y director de la revista Confluencias, donde colaboraron, entre otros poetas y escritores, Alí Chumacero, Dionisio Morales, Rene Avilés Fabila; promueve y patrocina la editorial Anfión.

Su obra, tanto la poesía como la prosa (ensayo político y literario y su narrativa), se encuentra dispersa en ediciones difíciles de localizar. El legado literario que posee Turón en su escritura refleja que es una de las voces más penetrantes y diferentes en la tradición de la poesía mexicana para la segunda mitad del siglo xx. Siendo así un poeta actual, vigente, porque en estricto sentido no es antiguo ni moderno: su poesía es la vigencia misma de estos días y sintetiza la doble realidad del discurso literario. Es, Carlos Eduardo Turón, un hombre de letras.

La clave para comprender su lugar en la poesía mexicana –más que de Michoacán– se registra por la presencia de tres títulos: La libertad tiene otro nombre, Quehaceres del amante y Crucifixiones. A partir de estos títulos el conjunto de su obra se vuelve parte de un itinerario que remonta hasta el año de 1960. Todo es parte de un dilatado diálogo con sus amigos y poetas: ya sea por la lectura que éstos hacen de su poesía o porque emiten algún juicio crítico al respecto, como sucedió con Margarita Michelena y José Revueltas; lo leyeron y los leyó. Por eso José Revueltas se pregunta qué cosa es presentar a un poeta. Esto sucedió a principios de 1972, cuando algunos estudiantes del Movimiento del 68 organizaron un recital de Carlos Eduardo Turón, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ahí leyó los poemas incluidos “Todo”, “Todo tiene otro nombre” y “Tiempo de verdugos”. Entonces Revueltas, recién salido de la cárcel, enfermo pero animoso, hizo la presentación del poeta y a ésta la llamo “Nopresentación”, y por causas testimoniales esa interpretación del novelista es la que cierra La libertad tiene otro nombre.

Porque afirma que el poeta no es presentable ni representable. Eso sí, presentible. Sensibilidad poética es la que atina en el caso de Turón y afirma: “Pues la poesía es un presentimiento: la lectura de la poesía, su asunción, es un presentir, un todavía no estar en el milagro, pero anticipársele. El poeta es la magia y el milagro, su lector espera, su lector espera en la antesala de los espejos: nada más y ‘un poco más’ para decirlo con las palabras de Barba Jacob. Así, nadie, entonces, presenta a un poeta: el poeta se dice y se escucha. Él habla y nosotros callamos, reunidos ante cada ‘espejo de la espera’ como nos lo diría Turón ‘en un solo cuerpo indubitable’. Juego de espejos: un ser y no ser, que se busca, se encuentra y se separa dentro de un horizonte”.

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