Alma Gloria Chávez
Celebración a nuestros difuntos
Sábado 29 de Octubre de 2016
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He renacido muchas veces, desde el fondo de estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo de las eternidades que poblé con mis manos…

Pablo Neruda.


La imagen del esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, símbolo de lo perecedero, es en México producto de importación. “Todavía el siglo XIII no conoce la figura de la muerte –es decir, no conoce la representación de la muerte en forma de esqueleto–”, afirma Karl Kunstle en su Iconografía del cristianismo. Es en Francia en el siglo XIV, cuando se acuña la palabra “macabro” y el esqueleto aparece en el ámbito del arte europeo. El poeta Xavier Villaurrutia, cuya poesía gira casi enteramente en torno a la muerte, alguna vez escribió: “Mientras más criollo se es, mayor temor tenemos por la muerte, puesto que eso es lo que se nos enseña”.

Resulta alentador que una cultura como la purépecha impregne nuestros espacios de una tradición como resulta la Fiesta de Ánimas, con sus ofrendas características que les identifica y distingue ante los ojos del mundo.
Resulta alentador que una cultura como la purépecha impregne nuestros espacios de una tradición como resulta la Fiesta de Ánimas, con sus ofrendas características que les identifica y distingue ante los ojos del mundo.
(Foto: Especial)


Por ello, en los tiempos que corren, resulta alentador que una cultura como la purépecha impregne nuestros espacios de una tradición como resulta la Fiesta de Ánimas, con sus ofrendas características que les identifica y distingue ante los ojos del mundo. Y es manteniéndola viva como contrarrestamos en alguna forma esa labor de desnaturalización que nos ataca por tan diferentes medios y que actualmente se presenta en las formas más descarnadas de violencia.

La celebración a las ánimas de nuestros difuntos en México es ecléctica, es indígena y es española. Siempre se ha tenido respeto por la muerte entre las culturas prehispánicas, pero también permea ese carácter lúdico que viene de la cultura europea, provocado por las famosas epidemias de la “muerte negra”. De entonces, desde aquellas tierras asoladas por hambrunas, enfermedades y muerte, ésta se empezó a ver bajo otro concepto; era el temor, pero también se trataba de vencer el miedo mediante lo grotesco y lo burlón.

Para los mexicanos, la muerte no es un juego; se le considera familiar porque se encuentra aquí, entre nosotros; por ello a los vivos les corresponde hacer que en los días en que se le festeja (1º y 2 de noviembre), su estancia sea de lo más placentera posible “para que no nos haga daño”. En cambio, el festejo purépecha a las ánimas siempre se acompañará de los mejores recuerdos de quienes en el camino de la vida nos han precedido.

Comunidades, pueblos y ciudades forman un abigarrado mosaico de costumbres, tradiciones y ceremonias a los que “viven en el más allá”, extensión quimérica de la vida terrenal, siempre respetada, amada y conservada por los que habitamos esta tierra. Y diversos son los modos para ofrendarles: la foto del difunto, veladoras, cirios, panes, agua, sal, dulces, frutas, guisos tradicionales, sin faltar los preparados con el sagrado maíz; cempasúchil, flor de nube y esas orquídeas que se conocen como “flor de ánimas”. Arcos monumentales por donde puedan ser recibidas todas las ánimas en contadas poblaciones y arcos personales o familiares, en lugares donde la intromisión del turismo ha llevado a los deudos a la competencia. Para las ánimas chiquitas, el camino señalado con pétalos de flores que les guiará del cementerio a sus hogares “donde se les espera”. En Michoacán, los Días de Ánimas no sólo representan una tradición más: es un acto de fe.

Indiscutiblemente, la muerte, en nuestra cultura, siempre tendrá permiso. Se aparece en todos lados. Unos la pintan en calaveritas, otros la hacen pan; los niños la juegan con títeres y los adultos la evocan al rezar. En los panteones, entre aromas de las flores, de las velas y el incienso, se convierten los lugares en romerías donde se escuchan los recuerdos, alabanzas, llantos y plegarias. Los días de Muertos y de Ánimas también son pretexto para retomar las conversaciones que fueron interrumpidas entre los seres queridos que se han marchado de este mundo.

Hoy recuerdo al amigo que mencionó alguna vez que quien llega a comprender cuán frágil es esta vida sabe mejor hasta qué punto es valioso hacer de cada instante el mejor momento para disfrutar. “Quien intenta en cada uno de sus actos dar lo mejor de sí, quien impregna a cada acto realizado una dosis de amor, servicio y compasión (en el grado que sea); quien acompaña su vida con sentimientos de gratitud y respeto hacia lo que le rodea, considerando cada espacio como algo sagrado, se encuentra preparado para morir en paz y plenitud”.

En medio de la turbulencia de estos tiempos, cuando pareciera que la convivencia humana ha llegado a “tocar fondo”, ceremonias como la espera a las ánimas resultan oportunidades que abren espacios luminosos, permitiéndonos emprender un examen crítico de nuestra relación con la tierra y la naturaleza. Podemos, desde ahora, empezar a encontrarle (o a recuperar) un sentido a nuestra vida. Podemos hacer de cada instante una oportunidad para dar un giro positivo a nuestro devenir existencial.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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