Hugo Rangel Vargas
De “salvador” a “jodedor”
Viernes 28 de Octubre de 2016
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Hace cinco años, cuando era inminente la candidatura de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República, nadie se hubiera imaginado al golden boy de Atlacomulco tan descompuesto como luce ahora. Desdibujado, extraviado, con desatinos en el lenguaje; Peña parece la caricatura de aquella estrella de televisión que El Canal de las Estrellas proyectaba en horario estelar como el protagonista de una telenovela de ensueño.

La historia del mexiquense se hilvanó desde los escritorios de los marketing management con el único hilo conductor de la envoltura atractiva de un producto dócil y maleable para los intereses a los que serviría. Esta estrategia teledirigida saltó los pequeños escollos de una campaña presidencial en la que se asomaban ya las debilidades de Peña Nieto. Así, la exhibición de literatura en la Feria Internacional del Libro y el desencuentro con los estudiantes de la Ibero, no impidieron que los publicistas del régimen lograran el cometido de llevar a su alfil a Los Pinos.

La historia del mexiquense se hilvanó desde los escritorios de los marketing management con el único hilo conductor de la envoltura atractiva de un producto dócil y maleable para los intereses a los que serviría.
La historia del mexiquense se hilvanó desde los escritorios de los marketing management con el único hilo conductor de la envoltura atractiva de un producto dócil y maleable para los intereses a los que serviría.
(Foto: Cuartoscuro)



Concluido el proceso electoral, la habilidad mercantilista de los operadores del PRI se encontró con una oposición propensa a la transacción. El engendro del Pacto por México logró borrar la ilegitimidad de la escandalosa operación Monex y de otras tantas maniobras que permitieron al mexiquense conquistar el triunfo electoral. Pronto las reformas estructurales pulirían la estrella de Peña Nieto, llevando su brillo al cenit que le ganaría el mote del “salvador” de México.

Aquel titular de la revista Time era la cúspide de un reality show, el momento romántico que hace brotar las lágrimas de los televidentes, el final feliz de una historia televisiva en la que el protagonista se había logrado imponer a las adversidades. Pero no fue así. Ese capítulo era el final de la linda telenovela y el inicio de una macabra tragicomedia.

Ayotzinapa, Tlatlaya, la ola criminal imparable, las violaciones a los derechos humanos, la Casa Blanca, la fuga de El Chapo, la liberación de Raúl Salinas y de Rafael Caro Quintero, las pifias presidenciales, Tanhuato, la devaluación del peso, la recurrente revisión a la baja de los pronósticos de crecimiento económico, la recepción de Donald Trump en Los Pinos, el fracaso de las reformas estructurales, los Duarte, han sido sólo algunos de los capítulos de esta fábula que han obligado a que su redactor cambie la narrativa.

Desde el “salvador” de México, pasando por el “ya me cansé”, tocando por supuesto el “ya sé que no aplauden”, el último bandazo en la pluma de quien escribe esta descompuesta telenovela ha sido “no me levanto pensando en cómo joder a México”. Y es que más allá de la razonable duda sobre las posibilidades que abriría para el país el solo hecho de que Peña Nieto pusiera en práctica el acto del “pensar” al levantarse, el dicho presidencial sienta otro punto más en la línea tendencial a la baja de su discurso, mismo que ha pasado de la euforia a la clara desesperación.

Con el país en franca crisis, la figura presidencial nunca antes había parecido tan atada y limitada en sus márgenes de maniobra. En este sentido, resulta claro que sobre las posibilidades de acción de Peña Nieto pesan una limitada pericia política, un primer círculo de colaboradores con el cual evidentemente ha decidido no romper por cálculo o por compromisos, una carrera presidencial adelantada que merma su interlocución incluso al interior de su propio partido y una opinión pública impermeable ante las supuestas señales de cambio enviadas desde el despacho presidencial.

La novela sigue escribiéndose sin que se asome en lo inmediato un punto de rompimiento en su trama. Los personajes se siguen acumulando, agregando complejidad a la confabulación en contra del protagonista. Los propios cronistas de la historia parecen haberle abandonado. El final se acerca y al parecer nada impedirá que Peña pase de “salvador” a “jodedor”.

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