Rafael Calderón
El turno y la presencia de Alejandro Avilés
Lunes 10 de Octubre de 2016
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Poeta, crítico literario y periodista de larga trayectoria. Nació en La Brecha, Sinaloa, el 31 de diciembre de 1915, y murió en la ciudad de Morelia el 16 de septiembre de 2005 y desde 1930 comenzó a publicar poemas en El Demócrata Sinaloense, y a partir de 1940 en revistas como Ábside, América, Poesía de América, Trento y Mundo Hispánico. Las últimas tres décadas de su vida las radicó en Morelia y en esta ciudad fundó el semanario cultural Acento, que publicaba semanalmente La Voz de Michoacán y que dirigió hasta el ingreso de los rayos del sol en el siglo XXI.

Su actividad como periodista es amplia y muy completa: comenzó al frente de La Nación, figuró como crítico literario en El Universal y como articulista en la revista Juventud. Fundó y dirigió el Noticiero Cultural de la XELA; cofundador de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y director de ésta por varias generaciones. Es uno de los “ocho” poetas mexicanos que publicó bajo el signo de Ábside con el aliento del acogedor espíritu Alfonso Méndez Plancarte y, como lo dice González Salas, “a través de rigurosos filtros que ha indo adelgazando sentimientos poéticos hasta lograr muy delicados y valiosos poemas”.

Muy certeramente lo dice Manuel Ponce y que recupera para sentenciarlo en su antología Carlos González Peña: “Tal pareciera que la obra de Avilés, como un bajorrelieve en elaboración, no espera sino el panorama total, para mostrar la maravilla del conjunto”. Es decir, lo mira ante todo por el rumbo de su poesía y a ésta consagra su vida el poeta pero sigue: “El nombre y la personalidad que se labra es la forma de crecer de un árbol; y como es su vida, es su poesía”.

Hasta aquí queda determinado el rumbo de su presencia que ya se puede advertir avasalladora: es poeta, periodista, crítico literario y excelente promotor cultural. El tema en su poesía no es enteramente la de un poeta religioso y lo hace evidente Ponce al afirmar que “en consecuencia, su idea poética no se viste de tintes religiosos”, y más bien pronuncia bajo el rigor de la lectura de sus poemas que su poesía es “sencilla y entrañablemente religiosa, y aflora en esa especie de neutralidad espontanea de su sentir y vivir cotidiano”. Títulos como Madura soledad lo presentan como “si alguna fulguración declarada no hemos de negarle, será precisamente esa: la delicadeza, la delgadez de la expresión que, apuntando en Muros de soledad, alcanza –sobre todo en el tema religioso– consumada perfección en los poemas de última hornada”. Esto lo sentencia en 1960 González Peña y creo es una lectura vigente. Más tarde llegará ese título suyo Don del viento, que consagra la unidad poética.

La seducción lírica, el rigor del espacio entre el tránsito del primer libro y el nacimiento de la madurez con el segundo que es Libro de Eva, resulta parte de ese fundamento feliz, fiel y tembloroso como lo llama desde entonces Dolores Castro. Recordando que es excelente crítico literario y esta condición la aplica a sus poemas, “por lo cual el silencio tiene parte importantísima” en su escritura. Por eso la ternura, la suavidad de la vida y esa anhelada soledad tienen eco en sus poemas. Dice Dolores Castro: “El naciente fulgor de los recuerdos de la infancia, con ese gusto a la libertad de elementos, temblor de fuego, brillo de agua, densidad de la tierra o sonoro paso del viento, están presentes”. Es credo de poeta ante todo y el lenguaje que muestra la vivacidad de su metáfora está en los temas de antaño con nuevas y renovadas imágenes, como si estuviera ante una gracia nueva y que sucede a orillas del reino y se comprende con ese rumor del vuelo de las palabras.

Las interrogantes que se van discurriendo en su poesía se avizoran por el camino entre la naturaleza de las cosas: el viento, el sol y esas aguas cristalinas y por la pasión que deriva de lecturas bíblicas y por el encuentro del lenguaje que hermosa de la realidad del tiempo y la distancia de los años. Prueba de esto es la composición de obras como La vida de los seres que “es de una gran pureza y elevación de ideas y de lenguaje”, expresándose a lo largo de su extensión de una manera poética impecable; el jurado del Premio Nacional de Letras Ramón López Velarde (el año de 1980) declara: “Fue elegido entre varios de muy buena calidad por la belleza de sus imágenes, su tono poético tan delicado y sostenido a lo largo de todas sus estaciones. Revela una gran inteligencia y sensibilidad por parte de su autor”.

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