Ramón Guzmán Ramos
El hombre como un ser erróneo
Sábado 8 de Octubre de 2016
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He de confesar que la segunda lectura de Los Errores (1964) me volvió a causar esa sensación de ahogo y repulsiva fascinación que sentí la primera vez a lo largo de todo el libro. Sólo que ahora me atreví a ver el mundo que nos muestra la novela con otros ojos. La primera vez acepté que se trataba de una especie de estética del horror, de lo grotesco, de la degradación del ser humano en un medio que se le echa encima y contra el cual nada puede hacer. También, desde luego, como se sabe, de esa crítica sin concesiones, despiadada, contra la descomposición de la burocracia estalinista en lo que fue la Unión Soviética y sus repercusiones en los partidos comunistas de otros países, el de México incluido. Ahora, sin embargo, veo que la propuesta literaria de José Revueltas en esta obra terrible y reveladora tenía una pretensión más profunda.

En la primera lectura, la fascinación y el encanto, así como la repulsión y la náusea, tanto de índole biológica como moral, se mantuvieron a lo largo de todas las páginas del libro, tanto en los espacios que habitan los personajes lumpen como allí donde se mueven quienes se proponen cambiar el mundo y hacer bajar sobre el infierno el paraíso olvidado. El infierno, por cierto, es este mundo que habitamos todos y que quedó condenado desde su origen a persistir sin esperanza por los siglos de los siglos. En la segunda me di cuenta que Revueltas comete una exageración estética en su propósito de llevar las situaciones humanas, o mejor dicho, deshumanizadas, hasta extremos que resultan inverosímiles. La verosimilitud, por cierto, es la capacidad que tiene el autor para presentarnos los mundos que inventa de tal manera que lo que allí ocurre, por muy fantástico que sea, nos parezca no sólo posible, sino natural. El autor ha de crear una atmósfera que cautive al lector, cuyo influjo, como la magia, como la ilusión, se apodere de sus sentidos para que acepte como verdad las cosas que suceden en ese mundo creado para que tales cosas, en efecto, tengan lugar. Se lo leí a Gabriel García Márquez y me parece que sigue siendo válido.

Los personajes de Revueltas son tan abyectos, tan monstruosos, tan hermosamente repulsivos, ya sea en su apariencia física como en el interior de su alma, que no tienen salvación. Cada uno ha quedado atrapado para siempre en el destino que le cayó encima como una maldición y que acata con sometimiento total. En el mundo revueltiano no hay lugar para la esperanza, para el alivio, para la luz que se logra mirar al final del túnel. Todo es desesperanza, hundimiento, desplome. El hombre, dice uno de sus personajes, es un ser erróneo, un ser que no pertenece a ninguno de los lugares de este mundo; un ser ajeno, enajenado, separado de su origen, que ha quedado flotando en el vacío, o mejor, debatiéndose en el lodo y el sinsentido de su propia existencia. Todo lo que hace, lo que le ocurre, lo que le hacen en la novela, es para justificar esta tesis. Hay que recordar que a Revueltas se le acusó de ser un escritor y un intelectual existencialista. Él lo negó. Y tenía razón. Su postura estética, su trabajo literario, los mundos que habitan sus personajes, se ubican en una posición por debajo del existencialismo. Sartre decía que el hombre está condenado a ser libre porque ha sido arrojado a un mundo que ya existe, donde Dios no tiene cabida, de manera que no le queda sino hacerse cargo de su propia suerte y tomar sus decisiones. En el universo de Revueltas las decisiones que toman los personajes son para hundirse y hundir a los demás en cada paso. No hay movimiento ni salida sino hacia abajo, hacia el fondo del abismo, que es a donde son atraídos ineluctablemente.

Especial
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(Foto: Cambio de Michoacán)

La salvación del hombre, su redención definitiva, sólo sería posible en otro mundo, con otros seres diferentes; de ahí la noción del hombre nuevo en una nueva sociedad. Era lo que pregonaban los comunistas, sobre todo a partir de que la utopía igualitaria adquirió su forma terrenal y se volvió experiencia concreta. Pero he aquí que la gran contradicción del hombre -y de la historia-, una contradicción que no encontró su solución en la dialéctica de los contrarios y la emergencia de la síntesis, se convirtió en una cárcel del pensamiento y de la voluntad. La negación adquirió proporciones inusitadas, a niveles de supresión. Todo aquello que niega la realidad, la perspectiva de un mundo donde esta negación quedara superada por la creación de algo nuevo, se convierte en negación absoluta, congelada en el tiempo, una negación que no es motor sino de su propia destrucción, aunque no deja de reproducirse. Es la enajenación absoluta, la alienación sin salida. Por eso la mirada de rechazo y la repulsión permanente con que el autor trata a sus personajes. El mundo está habitado por un ser erróneo, es decir, por un ser que nunca ha pertenecido a este mundo, una excrecencia del pantano.

José Revueltas había mostrado ya esta visión, aunque de una manera más reducida, limitada, en Los Días Terrenales (1949), pero en esa época fue blanco de ataques viscerales que provenían, sobre todo, de quienes en un tiempo habían sido sus camaradas y correligionarios en el Partido Comunista Mexicano. Ocurrió lo que el propio Revueltas llamó “la rebelión de los personajes”. Los personajes saltaron de las páginas del libro y cobraron vida en la realidad para reclamarle al autor que los mostrara como eran. Tuvo que retirar de la circulación la novela, a la espera de encontrar nuevas razones que reforzaran su convicción. Era la época del estalinismo y el proceso de degeneración burocrática en que devino la revolución bolchevique. La era de los procesos de Moscú y las ejecuciones inquisitoriales. Del Termidor soviético. La era de la contaminación estaliniana de los partidos comunistas en el mundo. El tiempo en que el dogma cubrió de niebla lo que alguna vez había sido el espíritu crítico de la revolución. La era en que los sepultureros de la revolución se asumían como sus guardianes celosos y sus promotores por el mundo. El tiempo en que el silencio le ganó la partida al compromiso por la verdad. Revueltas luchó denodadamente contra esta degeneración del socialismo. Fue lo que intentó mostrar en Los Días Terrenales y luego, quince años después, totalmente convencido de su propuesta estética, en Los Errores. Lo que tiempo después Norberto Bobbio llamaría la inversión de la utopía socialista, precisamente. Aunque fue arrojado a las filas del enemigo por quienes se veían retratados en esta crítica literaria, Revueltas siempre hizo sus cuestionamientos desde adentro. Nunca abandonó su convicción marxista.

Ahora que he terminado mi segunda lectura de Los Errores me quedo con nuevas inquietudes. Me parece que Revueltas se propuso mostrar, como asegura Evodio Escalante, “el lado moridor de la realidad”. Todo eso que niega, precisamente, la verdadera esencia del hombre y sus perspectivas por alcanzar un grado superior en la escala de la evolución social y humana. Pero el hombre nuevo no puede surgir como generación espontánea, aunque fuera de una revolución. Ha de partir de las condiciones en que se encuentra ahora, aun cuando no haya dejado de ser un ser erróneo, para superarse a sí mismo, negándose, en efecto, pero sometiéndose a ese proceso de metamorfosis maravillosa en que el gusano, la oruga, la crisálida, se convierte por fin en mariposa, no en la cucaracha del relato de Kafka, sino en mariposa, este fascinante insecto lepidóptero que desde que era una larva soñaba, sin haber tenido la experiencia, de emprender el vuelo por los aires para probar por fin la libertad a plenitud.

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