Rafael Calderón
Elegía del Destino
El turno y la presencia de Marco Antonio Millán
Lunes 3 de Octubre de 2016
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Poeta laico, editor exquisito y fue dueño de una vocación cultural extraordinaria, nació en Morelia, Michoacán, el 22 de mayo de 1913 y murió en Cancún en 1999. Fue colaborador de diversas publicaciones: El Nacional, Letras de México, Tiras de Colores, El Diario del Sureste, Voces y América, revista de la que inmediatamente a su fundación se le nombró director. En 1954 publicó Palabras a la vida, y anota brillantemente Arreola Cortés en 1979 que “desearíamos que reuniera todo en un libro y que sea la expresión de ese ‘juego de alucinaciones’ que es la poesía, su poesía”, y recupera una expresión de suya 1945, donde le preguntaron cuáles eran a su juicio sus cinco mejores poemas y declara: “Estoy tratando de aprender a escribir desde hace 26 años y no han enfriado nunca mi entusiasmo ni los muchos escollos que encierra mi navegación, ni el reconocimiento de la debilidad de mis espíritus… No he completado todavía el material necesario para publicar un libro. De una manera irregular ha dado a conocer todo cuanto hasta la fecha llevo escrito en diversas publicaciones… He sido, en otros tramos de mi edad, estudiante, desertor, militante de la Revolución y periodista reincidente. Dudo con frecuencia de muchas cosas que veo, pero creo profundamente en el amor, en la amistad, en la resurrección del espíritu y en la redención económica y política del hombre”. Poemas posteriores a ese año los hay y son de excelente calidad lírica, dispersos en páginas de la revista América y Nueva América.

Es Marco Antonio Millán el poeta más raro que jamás haya nacido en Morelia: se formó fuera de esta ciudad, su presencia en el Colegio de San Nicolás es fugaz pero marca su generación al fundar con otros jóvenes la revista Voces y en ésta publica los primeros poemas junto con Enrique González Vázquez y Tomás Rico Cano. Sin duda, la capital mexicana es el centro de su actividad, su búsqueda por la esencia de las ediciones y de la promoción literaria que termina otorgándole un alto lugar entre sus amigos desde los años cuarenta. Figura acertadamente en la antología Romancero michoacano (Morelia, 1961) con su “Romance de los arrieros” que incluye Tomás Rico Cano como reconocimiento a su poética.

A partir del número 13 de la revista América se hizo responsable de la dirección y la sostuvo hasta el número 80, a brincos y cambios de régimen presidencial, contra viento y marea. Es donde se nutren tres o cuatro generaciones de escritores mexicanos; entre otros colaboradores tiene a Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Salomón de la Selva, Rodolfo Usigli y León Felipe, y publican textos iniciales de escritores como Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Jaime Sabines, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Efrén Hernández y Juan Rulfo. Entre el poeta y el editor y su condición primera fue parte de una promesa que se extendía y permanece como editor prodigioso. Publicó muy pocos poemas y se afirmar que estos registran su biografía poética. Y como él dice en conversación con Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, su poesía tuvo atinados comentarios de Pablo Neruda y la presencia de algunos poemas son la fuente de sus lírica, la riqueza de su lenguaje, la entonación de imágenes que lo presentan como un poeta discreto y permanentemente dueño de una identidad propia con la determinación su acento muy particular.

La actividad editorial es enorme: hizo la edición Cuadernos de cultura popular en colaboración con Revueltas y Mauricio Magdaleno, y cofundador de la Asociación de Escritores de México con Carlos Pellicer y José López Bermúdez, y fue por esta sociedad que organizó el II Congreso Latinoamericano de Escritores en la década de los 60 del siglo XX. Para conocerlo de cuerpo entero y darle seguimiento es de resaltar a un tiempo muy interesante la lectura de La invención de sí mismo, donde figuran como responsables de la compilación González Dueñas y Toledo. Allí resalta que en efecto tiene una relación de amistad con Neruda, Barba-Jacob, Juan de la Cabada, Revueltas, Gorostiza, Enrique Ramírez y Ramírez. Por eso su poesía deslumbra y los pocos poemas conocidos emergen como una cantata, pero hay que buscarlos en periódicos y revistas y recordar que más bien a otros autores procuró publicar en la revista América. Sus memorias bien podrían ser un poema épico y en estas páginas es donde narra esa parte fundamental de su trayectoria prodigiosa para la literatura mexicana.

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