Rafael Calderón
Elegía del Destino
El turno y la presencia de Alfonso Rubio y Rubio
Lunes 19 de Septiembre de 2016
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Poeta y traductor, nació en Morelia, Michoacán, el 19 de marzo de 1919 y murió el 27 de octubre de 2000 en Monterrey, Nuevo León. Estudio en el Seminario de la ciudad de Morelia y en la Escuela Libre de Derecho de la Ciudad de México. Su actividad más destacada ha sido la docencia, aunque también puede acreditársele como periodista pues ha dirigido una de las revistas más importantes del país: Trivium, de Monterrey, Nuevo León, y fue también codirector de Viñetas de Literatura Michoacana, que se publicó en Morelia. Los poemas de Rubio y Rubio, plenos de calidades cromáticas, como lo escribe Raúl Arreola Cortés, han aparecido en esas y otras revistas. Es ensayista y fino crítico literario y es uno de los más modestos y laboriosos valores de la literatura mexicana, como lo puede acreditar su traducción clásica El cementerio marino, de Paul Valéry, que fue recuperada por Marco Antonio Montes de Oca para su antología señera de 1974 El surco y la brasa.

Estudiosos de sus poemas afirman que “su poesía se distingue por un corte fino y grave” y que frecuenta en su escritura medidas clásicas. Invoca por distintos caminos la anchura del verso libre y “toca temas amorosos con igual delicadeza que el tema sacro revistiéndose entonces de frescas y suaves imágenes”. No faltan los temas bíblicos y “hace brotan sin esfuerzo la emoción religiosa porque están impregnados de ella”. Y con esa verdad de la palabra escrita González Salas muestra que es difícil la tarea para concentrar en un breve juicio la poesía de Rubio y Rubio que “anda dispersa en páginas de revistas impidiendo ser apreciada en conjunto”. El acervo cultural de su formación es claramente otro rasgo de su vocación intelectual, y si se detiene en una pauta jurídica con su texto La filosofía de los valores y el derecho, es para avanzar y hacerse notar que estudia con rigor la filosofía de Scheler.

Pero por el ritmo y las imágenes de su poesía hay que tener presente que su escritura tiene dos alientos: la etapa del joven poeta es la inventiva refinada de su poética auténtica, definida por la madurez lírica. Sus temas no variaron, sino que se perfeccionaron con la vida y la aspiración místico religioso es lo que los hace parte de la unidad renovadora de su estilo. Su hijo –Eduardo Rubio Elosúa– escribe una suerte de biografía poética, arriesga una definición de cercanía y por la distancia entre lo que dice y la figura que revela, observa el proceso de su escritura; cita algunos poemas que en otra situación es imposible leer. Escribe: “Diré que más allá de la capacidad de escritura, lo que hace a un poeta es su mirada. El poeta capta en lo que ve las imágenes, formas y colores que el común de los mortales no podemos ver sino a través de los versos por él escritos. La poesía de Alfonso Rubio refleja claramente su personalidad particular asociada al momento en que escribe. Su poesía de juventud es claramente distinta a su poesía de hombre maduro. Al igual que con sus fotografías, al leer sus versos percibimos, gracias a su gran arte al utilizar las palabras precisas, esas imágenes que sólo se pueden ver después de leer sus poemas. De sus primeros poemas de juventud, en los que destaca el tema amoroso tratado de manera pasional: (“Sacia mi sed, el hondo anhelo./ El unánime afán de poseerte./ Apaga el duro grito de mi sangre,/ Y condúceme fiel a tu regazo,/ Claro destino cierto a mi existencia”).

Pasa a una poesía más serena, aunque también cargada de imágenes amorosas, donde aparece el tema del paisaje como en “Esbozo de la Sierra”: “Un beso, un roce apenas de la aurora/ Enciende tu hermosura,/ Estremece tu seno…”. Pasaron muchos años de silencio en su pluma y cuando regresa, a una edad madura, su poesía se vuelve translúcida como un vitral.

Su interés se centra en la belleza de la imagen fugaz cual si fuesen asteroides luminosos surcando el cielo nocturno. O: “Copa de oro la mañana/ Y de cristalina turquesa la tarde,/ La noche, ánfora de lapislázuli”. Los temas de sus poemas anhelan el encuentro con una pasión que se mezcla con la vida diaria, con una ensoñación con el lenguaje de fina imagen y rica en su ritmo, sonoridad y hallazgos bajo el efecto de la tradición mística. Su notable elocuencia entre traducir poesía y escribirla a la par de sus hallazgos es que hace notar una revelación propia de su voz modulada bajo el ritmo de su propia musicalidad y el efecto es parte de sus indagaciones que se imponen como únicas.

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