Rafael Calderón
Elegía del Destino
El turno y la presencia de Alfonso Méndez Plancarte
Lunes 5 de Septiembre de 2016
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Poeta, editor de Sor Juana, Rubén Darío y Amado Nervo y erudito investigador sobre la esencia de la poesía de los clásicos griegos, latinos y castellanos. Vio la primera luz el 2 de septiembre de 1909 en Zamora, Michoacán, y murió en la Ciudad de México el 8 de febrero de 1955. Realizó magníficos estudios en La Ciudad Eterna, donde adquirió el Doctorado en Filosofía (1927) que coronó con el Doctorado en Teología en la Pontifica Universidad Mexicana (1931), brillando por su asombrosa inteligencia. Catedrático de literatura castellana y de latín en el Seminario de México (1931-1933); de literatura y latín y de filosofía y teología dogmática, en el Seminario de Zamora (1933-1938); canónigo honorario los cuatro últimos meses de su vida de la Basílica de Guadalupe; activo periodista de El Universal y académico de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Es erudito, investigador y traductor excepcional de Horacio. Sus XL odas selectas (UNAM 1943) son parte de la huella perenne para la poesía mexicana en general y de un ejemplo excepcional para poetas castellanos como el conocido caso de Rubén Bonifaz Nuño.

Después de la muerte de su hermano Gabriel, en 1949, asumió la dirección de la revista Ábside. A su dedicación y buen criterio se debió el rescate de la poesía colonial (tres tomos Poetas novohispanos, UNAM, 1942, 1944 y 1945), pero su poesía no fue uno de los mejores timbres y más bien otras actividades sonarán a perpetua gloria dentro de las letras mexicanas, digamos, sus ediciones de la poesía de Amando Nervo, Rubén Darío o las obras completas de Sor Juana y el difícilmente superable –como atina a escribir González Salas– ensayo Salvador Díaz Mirón, poeta y artificie (México, 1954). Pero su obra se enriqueció con la versión rítmica de XL odas selectas de Horacio y la prosificación del Primero sueño, de Sor Juana. Ya se dijo y hay que recordar siempre que fue un hombre sabio y bondadoso; su muerte, un duro golpe a la cultura mexicana.

Para seguir la huella de su presencia lo mejor es ir a sus biógrafos, destacadamente a los que han compilado poemas suyos. González Salas afirma en su Antología religiosa de la poesía mexicana que, “acontece a menudo que cuando en la personalidad de un escritor resaltan prendas de mayor relieve que otras, quedan en la sombra algunas menos valiosas y apreciables en el armonioso conjunto, si bien de significación menor que las conocidas”. Es por esto que la fama del poeta se ha quedado oculta, escondida o muy poco difundida, y en varios momentos fue más reacio al encuentro de su reconocimiento por el encuentro que realizaba con los poetas que leía y, dejaba, para después su propia poesía. Pero su presencia está vigente por la unidad de la crítica en su favor como traductor ceñidísimo de Horacio en sus Odas selectas.

Por justa, elevada y sensata traigo aquí la apreciación de Rubén Bonifaz Nuño sobre el poeta y erudito zamorano pero ante todo por ser una lectura íntegra, visionaria de aquel tiempo ya ido y porque es para el futuro inmediato el traductor como ejemplo que hay que resaltar por la versión rítmica y el estilo de Alfonso Méndez Plancarte. Escribe el poeta veracruzano: “Se asienta que en su estudio nuestro poeta realiza una serie de propuestas de suma importancia, que debiera ser retomada en consideración por cuantos se proponen traducir las odas horacianas”, tales propuestas han sido injustamente valoradas.

Bonifaz Nuño escribe: “La primera es la de la literalidad verbum verbo; la segunda complementa y colma de sentido a la anterior”. Y pasa a citar a Pinciano, “consideremos en los latinos el número de las sílabas que tienen y las partes donde se ponen acento, y haremos sus versos nuestros”. Hasta le fecha nadie ha igualado ese acometido horaciano.

Para sentenciar que “Alfonso Méndez Plancarte se aplica a la versión de las odas copiando en nuestra lengua las 19 formas rítmicas en que se plasmaron los originales”, por lo que el poema como metáfora en su caso se adelgaza en el aire, reinventa la biografía del zamorano que en efecto escribió apenas un puñado muy reducido de poemas, pero por esos tres o cuatro bien podrían ser “torres en que mil escudos penden” o vistos con el verde laurel, el rayo extremo y renovar la lengua castellana. En el terreno de la poesía, la singularidad de su lírica, en efecto es un hallazgo muy difícil que tenga continuadores. Es un poeta culto y sus lectores devotos son reducidísimos.

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