Alma Gloria Chávez
Educacion para la paz
Sábado 3 de Septiembre de 2016
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En su forma más pura, la paz es el silencio interno con el poder de la verdad.

Carta de las Naciones Unidas.

Para educar en los derechos humanos (y por consecuencia, para la paz), es necesario que los y las docentes asuman un mayor compromiso de buscar un camino ético y cultural de respeto hacia los educandos
Para educar en los derechos humanos (y por consecuencia, para la paz), es necesario que los y las docentes asuman un mayor compromiso de buscar un camino ético y cultural de respeto hacia los educandos
(Foto: Cuartoscuro)


Y es la educación el aspecto indispensable en todo proceso que pretenda alcanzar la paz, en particular, ante una situación de violencia. La educación debe contemplarse y estar presente antes, durante y después de los conflictos. De ello estamos convencidas cada vez más personas que defendemos las escuelas públicas y la educación gratuita. Estamos convencidas de que la escuela democrática, que educa para la libertad, puede ser, junto con la familia, un medio para lograr el desarrollo pleno de hombres y mujeres.

Quienes conocemos la propuesta pedagógica-educativa que enarbola el magisterio democrático sabemos que en manos de esos maestros y maestras comprometidos con una ética formativa se encuentra la realización de una verdadera educación con calidad, que transmita a niños y niñas conocimientos, valores, habilidades y sueños que contribuyan a la creación de un mundo más justo y libre.

Es en ese nuevo ámbito escolar donde se justifica una buena educación para la paz y los derechos humanos, que rompa o vaya más allá de la estructura represiva de la escuela antigua, basada en la autoridad –que rayaba en el autoritarismo– y que, en cambio, se sustente en el respeto a niños y niñas, a sus derechos; que se les escuche y se les tome en cuenta dentro de sus propios procesos educativos y como creadores de sus propios destinos, dejando de verlos como recipientes para ser llenados (de datos, informaciones, fechas, cifras, etcétera).

Algunas amigas maestras opinan que para educar en los derechos humanos (y por consecuencia, para la paz), es necesario que los y las docentes asuman un mayor compromiso de buscar un camino ético y cultural de respeto hacia los educandos, aprovechando la sensibilidad y la gran percepción que ellos poseen, para formar hombres y mujeres libres que luchen por la libertad, que se desarrollen íntegramente dentro de un concepto de igualdad y dignidad humana y que creen y actúen por un mundo de paz y respeto a la vida. Que se opongan por principio a la violencia en la propia escuela, en los medios de comunicación y en la sociedad.

Ellas, sobre todo maestras y maestros que atienden escuelas de educación especial, entienden la situación de vulnerabilidad en que se encuentran los infantes que ingresan a la escuela primaria, enfrentando un cambio tan drástico en su vida: salones nada acogedores, pupitres que pocas veces corresponden a su tamaño físico, recibiendo información que no siempre están preparados para recibir y, por si fuera poco, las presiones desde el hogar, donde tanto se espera de ellos: que aprendan las primeras “tablas” aritméticas, que ya escriban sin salirse del renglón, que lean sin tartamudear, etcétera.

“Es en la primaria –me dicen estas amigas– donde se hacen presentes los apodos por características físicas, siendo manifestaciones de agresión que el maestro debe evitar. Se hacen grupos y se sienten más fuertes cuando hay en ellos uno o varios que son más débiles. A ellos se les descalifica o discrimina porque les cuesta aceptar lo diferente, sintiéndolo como peligroso”. En esta edad la televisión tiene mucho qué ver con las actitudes que niños y niñas van adoptando como prácticas “naturales”. La cotidiana exposición de violencia en la pantalla chica aumenta la probabilidad de comportamientos agresivos y antisociales en nuestros pequeños.

Según especialistas, un niño o niña de entre los cuatro y diez años observa un aproximado de 85 mil escenas violentas por televisión, y en cuanto a los videojuegos (incluidos los de computadoras, móviles y tablets), en casi todos los casos tienen como tema central la violencia y, en consecuencia, el resultado “positivo” es logrado por los más violentos. Imposible encontrar en alguno de estos “entretenimientos” una idea solidaria o conceptos éticos como justicia, equidad o paz.

La violencia no es privativa de ninguna clase social y ningún país se escapa de ella. En México, como en tantos países de Latinoamérica, la política neoliberal también provoca violencia y ésta modifica escalas de valores. El ser y el tener se encuentran en constante conflicto. La gente comienza a sentir que sólo cuando se tiene se es, lo que genera confusión que los medios de comunicación y publicitarios aprovechan invadiéndonos de propuestas materiales.

La agresividad y la violencia son parte de la vida del docente. La manera como se enfrenta la cotidianidad en las escuelas, las diferentes formas en que los distintos actores del ámbito escolar se relacionan, hablan de cómo se desarrolla (o no) la cultura de los derechos humanos y de la paz entre nuestros jóvenes educandos. Muchos también sabemos del compromiso que maestros y maestras democráticos tienen en la educación para la paz.

Ellos y ellas saben que incorporando a los programas escolares principios y valores como la libertad, la verdad, la igualdad, la justicia, el respeto y la honestidad se cumplirá con el derecho de ofrecer una auténtica educación de calidad, que contempla al ser humano en todo su despliegue existencial, en un ámbito de paz con justicia y equidad.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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