Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
La (i)rracionalidad económica y el espíritu de Navidad
Viernes 26 de Diciembre de 2008
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Hace ya más de 2,500 años, en el momento de origen de la civilización y en el punto de arranque de la democracia, la sociedad humana en Grecia tuvo la capacidad de vislumbrar en el horizonte de su experiencia el valor real y legítimo del dinero. Para los griegos, el descubrimiento o la invención del dinero (en tanto elemento simbólico del intercambio comercial) sirvió como parámetro universal para el consumo de bienes y permitió a los hombres la interacción social.
No podemos hablar de dinero propiamente mientras la interacción se produjo a través del trueque, como en América continuó muchos siglos más; ni aún mediante el intercambio sustentado en el valor real de los objetos (como las piedras preciosas o el oro, las plumas de aves exóticas, el cacao y otros objetos de valor empírico convencional).
Junto con otros dos eventos de trascendental importancia, plenos de significado humano -como son los descubrimientos geográficos que ampliaron la perspectiva del mundo antiguo y permitieron la expansión del comercio, y la invención de la escritura fonética que sustituyó a la criptográfica- la invención del dinero produjo, según el filósofo Miguel Morey, una transformación de la cultura que fundó las bases de la democracia griega, así como la posibilidad del pensamiento abstracto y conceptual. De esta manera, el reiterado paso del mito al logos que fundara la civilización occidental está sustentado en este proceso de adquisición de valores que se situaban más allá de la representación empírica de los objetos.
El dinero significaba la posibilidad de intercambio de objetos disímbolos, cuya proporción era medible a través de esa unidad abstracta del símbolo representado en el dinero. Pero al facilitar el intercambio de esos objetos de valores y utilidades diversas se predispuso también la posibilidad del intercambio de bienes subjetivos y morales que es la cultura, a través del encuentro humano con los otros.
El comercio representaba así, en los inicios de la civilización occidental, el medio más propicio para la interacción humana. No sólo servía a los propósitos de la sobrevivencia material, que bien podía verse satisfecha con los bienes producidos para el autoconsumo, sino que además acercaba a los seres humanos unos a otros. El ejercicio honesto del comercio que se brinda actualmente todavía en los mercados y en algunos espacios de prestación de bienes y servicios (como las tiendas de abarrotes, los comercios familiares y hasta la venta callejera de alimentos y productos diversos) sigue cumpliendo con estos objetivos primarios de la intersubjetividad humana: el encuentro y la construcción cotidiana y colectiva de la vida a través del reconocimiento de los otros como semejantes.
La vida humana y sus sentidos no serían lo que conocemos si la historia careciera de ese momento de consolidación que le aporta el comercio, concebido así: como la expresión misma del reconocimiento del otro y la realización efectiva de intercambios simbólicos, a través de poner en juego costumbres, prácticas y valores. El que vende no vende sólo productos o bienes cuando la atención al cliente es lo principal; así como el que compra no satisface su necesidad sólo con el producto adquirido sino con el trato recibido que lo acompaña. Por eso los consumidores preferimos muchas veces pagar más por el servicio recibido en torno a productos similares.
Pero la moneda y posteriormente el uso de los billetes, hasta la más reciente actualización de las tarjetas de crédito, agudizó a grados extremos el carácter abstracto de la función del dinero y eliminó su sentido original, como simple medio de interacción social y de desarrollo cultural. Hoy el intercambio de bienes se encuentra independizado de las bases de humanización que el medio del comercio le proporcionó.
Despojado de todo significado humano, el dinero se ha convertido en un gran dios. Para la mayoría de las personas ya no es sólo el instrumento o un medio de acercamiento y conocimiento del mundo y de los demás, sino la fuente misma de un poder absoluto e irracional que imaginariamente dota a los seres humanos de una supuesta superioridad y que le otorga el papel de eje de la sociedad.
Esto lo aprovechan permanentemente las grandes compañías transnacionales como Costco, que no sólo mantienen sobre sus empleados un ejercicio de explotación brutal, sino que son capaces de especular e imponer sus principios sobre el valor ético de las relaciones sociales. Después de autopromocionarse mediante la publicidad, logran que los incautos clientes ambicionen ser socios y participantes de un estatus cuyo valor principal es la sola posibilidad de comprar; y una vez atrapados en esa “lógica” imposible tengan que soportar el trato denigrante de una acosadora revisión y de una presentación agotadora de identificación personal para poder comprar.
Ya no vamos al mercado a comprarle a nuestra “marchante” una vez cumplido el deber social de saludar, ni “regateamos” mediante una capacidad de negociar precios mejores, ni conseguimos un “pilón” o una “probada” que son ejemplo de generosidad. Simplemente nos acostumbramos cada vez más al trato deshumanizante y frío de una suerte de desconfianza que nos obliga a superar de filtro en filtro la sospecha inherente de deshonestidad. En Costco piden identificación de socio, que es previamente vendida por ellos mismos, para entrar y para comprar. Si pagas con tarjeta de crédito te cobran un diez por ciento más y tienes que presentar una identificación oficial (no basta la que ellos mismos te obligan a pagar). Al salir cuentan los productos por si te llevas algo más (bajo la lógica de una supuesta deshonestidad que se extiende hacia sus propios empleados, y que obliga a cuidarse unos a otros en un último control). Y, por si fuera poco, todo esto los mantiene, naturalmente, de muy mal humor.
En relación con los tiempos de indulgencia y comprensión que promueve el aniversario del nacimiento de Cristo resulta evidente que no hay nada más contrario que esto al espíritu de la Navidad; nada que agote más el ánimo de amor, solidaridad, amistad y generosidad; nada que nos aleje más de la humanidad y de los más importantes valores humanos que el trato despótico e instrumental que en ese sitio nos dan.
Probablemente un gran poeta y mejor crítico social, Joan Manuel Serrat, atine a describir claramente esta sinrazón: “Queriéndola de verdad/Como la quiero/Puse mi vida a sus pies/Y me rendí/Pero no quiso mi vida/Sólo me pidió dinero/Dinero, para irse más lejos de mí/Queriéndola de verdad/Como la quiero/Pregaré de sol a sol/Con frenesí/Y vaciaré mis bolsillos/Para mandarle dinero/Dinero, para irse más lejos de mí/Uno por uno cada billete que ganaré/Devotamente, por las dos caras los besaré/Y así cuando le lleguen noticias mías/Se juntarán mis besos de amor/Con sus besos de alegría/Dinero, dinero, dinero vil metal/Mensaje de amor de curso legal/Queriéndola de verdad/Como la quiero/Cuanto más dinero mande/Más, se alejará de aquí/Que tal si voy a buscarla/Disfrazado de dinero/Dinero, y los dos juntos/Huimos de mí/Dinero, dinero, dinero vil metal/Mensaje de amor/De curso legal (“Mensajes de amor, de curso legal”).
Finalmente hablar de racionalidad económica es tan absurdo como asegurar que exista algo que pueda ser llamado inteligencia militar. Así como es contradictorio el ejercicio de matar con el uso efectivo de la inteligencia, resulta imposible ubicar al dinero como el eje básico de la racionalidad. Por todas estas razones y considerando el carácter racional de la humanidad -y sobre todo porque el dinero no es en sí mismo nada; sólo el representante de lo que nosotros queramos poner en él: valores humanos y proyectos de vida, o bien vehículo y expresión de la carencia humana, del vacío que nos deja la escasa posibilidad de realización personal y colectiva como humanidad- es que pensar y actuar en términos meramente económicos es, por definición, irracional…
rgcampos_61@yahoo.com.mx

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