Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones Posmodernas
Amor y autonomía
Viernes 19 de Diciembre de 2008

A doña Amalia Solórzano, viuda de Cárdenas. In memoriam. Y a doña Celeste, Mayra y Camila, compañeras, herederas y guías.

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“¿Qué es una mujer?”, se preguntaba Simone de Beauvoir al inicio de El segundo sexo. La historia había respondido de dos formas a esta necesaria pregunta sobre el sentido de lo humano, referido a la experiencia de la mitad de la especie: la mujer es un “no hombre”, o bien, la mujer es “un hombre”. Con esta profunda reflexión arranca la trascendente obra filosófica que sirvió como base de la trasformación del mundo, en torno a las relaciones entre hombres y mujeres en el siglo XX.
El segundo sexo (1949) logró resituar el lugar de las mujeres y volvió a definir el sentido de lo femenino; sólo que ahora con la participación directa y explícita de ellas. De modo tal que la pregunta filosófica por “el ser de la mujer” no volvió a ser la misma a partir de la formulación y el desarrollo de la teoría existencialista de Simone de Beauvoir. Ni la idea metafísica de la mujer como El enigma (atribuida a Freud, aunque realmente represente la concepción generalizada de su época, actual y precedente) o la visión misógina de la inferioridad compartida por tantos pensadores y escritores como ha dado la historia (con sus notables excepciones), soportan la prueba lógica de una nueva forma de discurso inaugurada por De Beauvoir, que parte de una experiencia anteriormente excluida del mundo humano.
Gracias al antecedente de esta importante obra que reinterpreta la cultura sobre la base de algunos de los pilares de la tradición occidental (como el materialismo histórico representado por Marx y Engels, el estructuralismo antropológico de Lévi-Strauss y el mismo psicoanálisis freudiano), a finales del siglo XX, contrarrestando el androcentrismo de Freud, Frida Saal redefine desde el mismo psicoanálisis la concepción freudiana de la Otredad femenina cuando afirma: “Quien se opone a la cultura es el otro, siendo el otro, para cada sexo el otro sexo” (“Un diván para Antígona”). Y con esta idea termina de poner en jaque la asimétrica organización masculina del mundo, que negaba a las mujeres la posibilidad de un juicio racional sobre su propia existencia.
Ya en los albores del siglo XX, después del despliegue de la llamada perspectiva de género que viera la luz a partir de la espléndida fuente bibliográfica de El segundo sexo, la lúcida visión de otra mujer sabia, Lore Aresti, le permitió afirmar: “Las mujeres no somos sólo mujeres ‘somos -cada una de nosotras- un ser humano con características personales que podemos o no aproximarnos a la norma estadística o a la noción mística de lo que una mujer debe ser’”. (Silenciamiento de lo femenino y desastre ecológico). Y efectivamente, las formas organizativas del mundo contemporáneo posibilitaron una inserción progresiva de las mujeres en la cultura que todavía no termina, y de la cual la señora Amalia Solórzano fue un notable ejemplo de vida que deberá servir para orientar las posibilidades de acción humana a las mujeres que la sobrevivimos.
Doña Amalia fue una mujer admirable, un ejemplo de lo que debe ser una mujer para su tiempo y para el nuestro, como lo constata el cúmulo de referencias de quienes hacen hoy una merecida apología de su vida y nos comparten sus experiencias personales con ella. Yo tuve solamente una vez la oportunidad de saludarla en su ambiente hogareño, en la Ciudad de México, y no tengo experiencias personales qué ofrecer; más que el profundo sentimiento de respeto y la admiración que me producía ver su entereza, y la fuerza espiritual que emanaba de su persona. Pero creo que las fuentes bibliográficas pueden ofrecernos un retrato, hasta cierto punto realista, de una mujer que se caracterizó siempre por su discreción y su cordura.
Si algo identificó a doña Amalia siempre fue la solidaridad y la capacidad de acompañar, sin escándalo ni protagonismos, las difíciles tareas que le tocó desempeñar a su esposo. La ardua función de ser esposa del presidente más comprometido y honesto de la historia de México no puede haber sido más que compleja. Ella la realizó con pasión y con serenidad, con la dignidad que le corresponde a quien es capaz de mantener un compromiso de amor, sin menoscabo de su identidad personal. La devoción al marido, propia de la imagen de esposa correspondiente a la época que le tocó vivir, se mantuvo durante un largo matrimonio que, sin embargo, nunca implicó sometimiento ni dominación.
La expresión máxima de la sabiduría femenina consistía, en ese tiempo, en saber sobrellevar un matrimonio (por malo que éste fuera). Pero su tiempo coincide también con un periodo de la historia de nuestro país en el que las mujeres comenzaban a reclamar independencia, con el fin de comenzar a definir su identidad en base a la autonomía personal. Doña Amalia logró las dos cosas; equilibró dignamente la tensión con el respeto y la admiración, que es lo que priva en una auténtica relación de amor, y con ello develó una tercera vía que espera pacientemente el análisis y la identificación de las claves para el éxito matrimonial, sin que ese objetivo obligue a demeritar la búsqueda de la realización personal.
Como siempre, sin estridencias, silenciosa pero profundamente, el fallecimiento de la estimable esposa del General Lázaro Cárdenas del Río ha cimbrado también las almas de quienes profesaron o profesan alguna esperanza de futuro para la relación entre hombres y mujeres. Quienes tuvimos la fortuna de poder apreciar algunas de sus muchas cualidades de esposa y de persona tenemos el deber de identificar y de mantener su legado. Y como nos lo enseña la integridad y la riqueza de su vida personal y de pareja (con un hombre admirable de suyo, como lo fue el General): somos nosotras, las mujeres, quienes creativa y dignamente -a través de la teoría, pero sobre todo a través de las prácticas sociales, públicas y privadas, que mantenemos con los otros- podemos responder de forma afirmativa y plenamente humana a la pregunta por lo que es una mujer…
rgampos_61@yahoo.com.mx

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