Estrellita M. Fuentes Nava
Agua, pobreza y agricultura
Jueves 13 de Febrero de 2014
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La agricultura es el consumidor más grande de agua en el mundo, con cerca del 70 por ciento de todas las extracciones; sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que el agua destinada al riego aumentará un catorce por ciento para el año 2030. Desafortunadamente, a nivel global casi el 60 por ciento del agua utilizada en el riego se desperdicia; en México es aproximadamente del 54 por ciento.
También en nuestro país, de los volúmenes concesionados de agua, el 76 por ciento se destina para la actividad agrícola. De acuerdo con el último Censo Agropecuario del Inegi, en México existen 630 mil unidades de producción que cuentan con algún tipo de sistema de riego, de las cuales, 64.4 por ciento posee riego con canales de tierra, 25.4 por ciento con canales recubiertos, 7.7 por ciento con aspersión, 1.3 por ciento con micro aspersión, 3.3 por ciento con goteo y 10.2 por ciento con otro tipo de sistema de riego. Es decir, la mayoría de estas unidades no emplean sistemas modernos y tecnificados para economizar el agua.
De ahí el interés del gobierno federal a través de la Conagua y de la Sagarpa, en impulsar metas ambiciosas para la tecnificación del campo mexicano. Se dice que con un mejoramiento del diez por ciento en la eficiencia del riego, se podría duplicar el abastecimiento de agua potable para las personas menos favorecidas.
Por otro lado, hay que recordar el concepto de agua virtual, que consiste en el agua necesaria para la producción de determinados productos (es virtual porque no está presente en el resultado final), y también la huella hídrica, que es su indicador. Por ejemplo, para producir un kilo de carne vacuna se requieren 16 mil litros de agua; un kilo de trigo, mil 350 litros; o de arroz, tres mil litros.
Tenemos entonces que se destina al campo mexicano el 76 por ciento del agua disponible, se desperdicia el 54 por ciento, y nos cuesta producir nuestros alimentos miles y miles de litros de agua, por la falta de un mayor uso de tecnologías eficientes. Lo anterior, en un contexto de cada vez mayor escasez por las sequías, sobreexplotación de acuíferos, aunado a la tendencia de incremento en las tasas de crecimiento poblacional. Esto no es sustentable. De hecho hay datos que indican que para satisfacer la creciente demanda de alimentos en el período 2000-2030, la producción alimentaria en los países en vías de desarrollo tendría que aumentarse hasta en un 67 por ciento.
Pero la tecnificación del riego implica no sólo los costos económicos, sino también la voluntad y la capacidad técnica del lado de los productores. Sin embargo, si la FAO reporta que el 70 por ciento de los campesinos en México viven en condiciones de pobreza, es evidente que se reducen nuestras posibilidades de solucionar el problema del uso sustentable del agua en un corto plazo.
Ejemplos óptimos de modernización en el campo los hay. Tal es el caso de distritos de riego en el norte de la República, con demostrada capacidad de organización por parte de los usuarios, y que emplean tecnologías de punta, aún en las condiciones de sequía extrema, que prevalecen durante gran parte del año.
En materia de trabajo comunitario, hay referentes interesantes con iniciativas tanto del sector privado, como de la sociedad civil organizada. Por ejemplo, Nestlé México instala huertos organopónicos para autoconsumo en comunidades rurales, haciendo énfasis en la capacitación de las mujeres. También el Grupo de Estudios Ambientales, AC, quienes a través de modelos de gestión participativa, ya han mejorado las condiciones de nutrición de comunidades indígenas pobres en Guerrero, siendo incluso galardonados internacionalmente.
Ante el pronunciamiento de la Federación en torno a una reforma en el campo, el agua debe ser un vector fundamental, a través de una óptima gestión y tecnificación, pero acompañado con la generación de las capacidades técnicas en los productores, la mejora en sus condiciones de vida, facilitarles esquemas de financiamiento más accesibles y de arranque rápido, y mucho trabajo social.
En conclusión: hay que fortalecer los esfuerzos para que el uso del agua en la agricultura en nuestro país sea sostenible en el largo plazo. Y el abordaje de esta importante agenda tiene que gestionarse mediante sinergias entre los ámbitos públicos y privados; y alineando las políticas hídricas, agrícolas, ambientales y de desarrollo social. Hoy, tenemos que resolver la pobreza en el campo, si queremos garantizar que tengamos seguridad hídrica y alimentaria en el futuro.

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