Eduardo Nava Hernández
Arlen Siu como motivo: un recuerdo y una reflexión
Miércoles 31 de Julio de 2013

Para la Arlen más cercana a mi corazón, obviamente

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La situación de los jóvenes en gran parte del mundo actual es uno de los aspectos más delicados y preocupantes para el presente y el futuro próximo. Los países más desarrollados han modificado radicalmente en los últimos 40 o 50 años su perfil demográfico y tienden al envejecimiento de la sociedad e incluso, de no ser por las inmigraciones, enfrentarían con frecuencia la escasez de fuerza laboral. Alemania, por tomar uno de los casos más representativos, registró en 2009 la históricamente baja cifra de 7.9 nacimientos por cada mil habitantes, frente a una tasa de defunción de 10.3, lo que da un crecimiento natural negativo de -2.3 habitantes por cada mil anualmente.
Las parejas en países de ese tipo, y particularmente las mujeres, han optado por reducir al mínimo su reproducción (un solo hijo por pareja) e incluso a renunciar a ella en lo absoluto. En consecuencia, y con la ampliación de la esperanza de vida, la población ha tendido a envejecer como producto del mayor bienestar y de los avances de la medicina. La escasez de mano de obra, a la que el capital teme como al cáncer, se compensa entonces con la inmigración de jóvenes provenientes de los países de menor desarrollo; pero ésta está sujeta a una regulación que siempre dependerá de los ciclos económicos: atracción de migrantes en las fases de crecimiento y su repulsión en las etapas de estancamiento y crisis.
El llamado bono demográfico, esto es, el disponer aún de amplias capas de población en los niveles inferiores de la pirámide generacional, radica entonces en los países de desarrollo insuficiente que, como México y muchos otros de América, Asia y África, aún tienen tasas de fertilidad positivas y, en algunos casos, incluso muy altas. La paradoja, hoy más que nunca evidente, es que justamente su falta de dinamismo económico les impide aprovechar productivamente esa población joven y, sobre todo, ofrecerle oportunidades de crecimiento individual a las nuevas generaciones.
En México ya se ven los efectos de esa ley poblacional del capitalismo: siete millones de jóvenes sin oportunidades de estudio ni de trabajo hacen una de las tragedias nacionales más graves. Rezago educativo, inexistencia de fuentes de empleo y bajos salarios dejan a estas nuevas generaciones como alternativas la informalidad laboral, la frustrante dependencia familiar, la emigración o, en los peores casos, la incorporación a la delincuencia común u organizada. Si algo urge al país es el diseño y aplicación de políticas para la atención y recuperación de los jóvenes y su integración a los ámbitos educativo, de salud, laboral y de recreación, en cantidad y calidad suficientes a sus necesidades.
Quiero traer a la memoria, por eso, una figura emblemática del potencial de los jóvenes no sólo para aportar a la comunidad sino para contribuir a la transformación de realidad social misma: Arlen Siu Bermúdez, conocida también en su natal Nicaragua como La Chinita de Jinotepe.
Nacida en 1955 en esa población suroccidental, era hija de madre nicaragüense y de un inmigrante de origen chino que había participado en el Ejército Rojo de su país natal. Buena estudiante, terminó el bachillerato y se matriculó para estudiar Psicología Social en la Universidad Nacional de Nicaragua, mostrando también una vocación artística que la llevó a escribir poemas como “María rural”, que ella misma musicalizó e interpretaba con su guitarra en reuniones estudiantiles donde se discutía la situación social del país bajo la dictadura somocista. Con una formación originalmente cristiana, Arlen no dejó de tener influencias del marxismo y aun del feminismo, sobre los que escribió también breves ensayos.
Su interés por la comunidad lo mostró también tempranamente alfabetizando a los pobres de las comunidades rurales y en episodios como la huelga de hambre estudiantil en las iglesias de Managua, en 1972 -a la que acompañó, pero en la que no participó- y durante el devastador terremoto de ese mismo año, cuando se dedicó a atender a los damnificados en la capital y a los refugiados que llegaron a su natal departamento de Carazo. Durante días permaneció en los campamentos llevando alimentos y ropa que colectaba, e incluso regalando sus pertenencias para aliviar el sufrimiento de la gente. Por ese mismo tiempo fue contactada, junto con otros jóvenes jinotepinos, por Ricardo Morales Avilés, a través del cual se integró al Frente Sandinista de Liberación Nacional. A partir de ese momento, su guitarra sirvió para denunciar los crímenes de Somoza y su Guardia Nacional: las desapariciones, torturas y asesinatos, la violación de mujeres, que ese cuerpo militar, creado y sostenido por los Estados Unidos, cometía contra los campesinos y militantes del FSLN.
Arlen tenía 18 años cuando se incorporó a las filas del sandinismo. A través de una carta se despidió de su madre Nubia Bermúdez y de sus hermanos Carolina, Marlon e Ivonne, los mayores de los cuales también se convirtieron en colaboradores del Frente. Se trasladó a las montañas del departamento de León, donde finalmente habría de morir heroicamente. El 1° de agosto de 1975, la Guardia Nacional localizó cerca del poblado llamado El Sauce un campo de entrenamiento sandinista. Se libró un fuerte combate en el que Arlen Siu ayudó, hasta ser abatida junto con otros jóvenes combatientes, a cubrir la retirada de sus compañeros. Tenía en ese momento 20 años recién cumplidos. El lugar donde quedaron sus restos no se reveló a sus familiares ni sus compañeros hasta que, con el triunfo de la Revolución en 1979, fueron recuperados.
No sólo en el sandinismo nicaragüense es posible encontrar ejemplos semejantes de entrega, lealtad y heroísmo, ni fue Arlen la única que en esa lucha cayó de esa manera. A su lado destacan otras jóvenes como Luisa Amanda Espinoza -también de 20 años-, que cayó en desigual combate con las tropas somocistas, o Claudia Chamorro, la estudiante de Derecho que había ganado concursos de belleza antes de integrarse a las filas del FSLN y de morir también combatiendo. Pero la figura de Arlen Siu es probablemente la más emblemática de esa generación de jóvenes que se sacrificaron por salvar a su patria de una de las dictaduras más crueles que se recuerden en la historia de nuestra América. Su nombre lo llevan hoy un puerto, escuelas, parques, y organizaciones varias, pero sobre todo ha sido ejemplo para la juventud y su biografía ha quedado ligada a la historia del sandinismo popular y combatiente que otrora escribiera páginas semejantes.
Frente a la devastadora situación que nos asalta todos los días, desde los cruceros de las ciudades hasta los registros noticiosos de una violencia ya también cotidiana, pensar en los jóvenes, como en los niños y en los sectores todos hoy sujetos a la desprotección, es imperativo. Arlen Siu y muchos como ella debieran ser apreciados en nuestros tiempos como una muestra del potencial que los jóvenes portan para modificar, en un sentido positivo y por las más diversas vías, una realidad social que les es en alto grado adversa y que sin ellos no tiene un futuro mínimamente digno, y por tanto, actuar en consecuencia.

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