Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Sexualidad y destino…
Miércoles 26 de Junio de 2013
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La sexualidad es el elemento clave para comprender la compleja situación de desigualdad que viven las mujeres. El punto fundamental para comprender de dónde surgen las relaciones desiguales entre hombres y mujeres ha sido analizado desde hace más de medio siglo por quienes iniciaron los estudios de género. Tanto la filósofa existencialista Simone de Beauvoir, autora de El segundo sexo (1949) e iniciadora de la reflexión feminista contemporánea, como la antropóloga Gayle Rubin, autora del célebre artículo “Tráfico de mujeres. Notas sobre la economía política del sexo” (1972), en el cual se desarrolla por primera vez el concepto de género tal cual es conocido y usado actualmente, coinciden en considerar a la sexualidad reproductiva como el elemento determinante de la desigualdad.
Aún con las deficiencias, contradicciones y prejuicios del intento de dilucidar el origen de la opresión a las mujeres desarrollada por Engels, no hay duda de que las relaciones humanas se organizan en torno al componente económico, como creyó también descubrir Marx. El intento de descubrir las causas de la desigualdad social y cultural que priva entre hombres y mujeres llevó a De Beauvoir y Rubin, además, a dedicar una especial atención a los componentes psíquicos desarrollados por Freud y Lacan a este problema teórico. Pero las dos pensadoras acuden a otro recurso teórico que les permite ahondar en su indagación -antropológica la última; filosófica la primera: la teoría sobre el origen de la cultura, desarrollada en Las estructuras elementales del parentesco, por Levi-Strauss.
El “rapto de mujeres” es el significante cultural elegido por Levi-Strauss para ilustrar el carácter complejo de la consolidación de la cultura en tanto intercambio simbólico. Hecho que Gayle Rubin destaca como el elemento de desigualdad evidente, en tanto que despoja a las mujeres de su condición de sujeto reduciéndolas a objeto de intercambio entre los varones. El origen de la desigualdad aparece entonces conformado por relaciones de intercambio que han sido sustentadas previamente en un orden de regulación desigual, cuya base es la concepción natural de la desigualdad una vez definidos los roles sexuales.
Si bien el libro de De Beauvoir deriva en una revisión histórica de los mitos y las pautas culturales, y busca definir una postura filosófica y conceptual más amplia que la definición del origen de la opresión de las mujeres, Rubin se concentra en demostrar cómo las relaciones de dominación que caracterizan el sistema sexo/género se articulan en la combinación de los tres dispositivos: la economía (que incluye la relación con el entorno y en términos de sobrevivencia), la estructura psíquica (de los seres humanos bajo un enfoque que teoriza la diferencia y postula la desigualdad), y la sexualidad (no erótica sino reproductiva, como el fundamento de la vida social).
La desigualdad de género se asienta en la cultura a través de lo que los antropólogos llaman relaciones de parentesco, que consisten en definir y organizar las bases inconscientes de la cultura sobre la definición de roles sexuales que son concebidos como naturales, e instrumentados simbólicamente para garantizar la sobrevivencia de la especie. La necesidad de garantizar la reproducción humana hizo que cada unidad familiar estuviera integrada al menos por una persona de cada sexo a la que previamente se había asignado una función social (no intercambiable ni recíproca) y un valor simbólico desigual que se centra en la actividad reproductiva y reduce la sexualidad humana a ésta.
De entonces a nuestros días, la sustitución de la sexualidad reproductiva por la sexualidad erótica no ha terminado con la carga de misoginia y homofobia de la primera; ni las habilidades y facultades de autonomía que se les reconoce a las mujeres han podido reasignarles plenamente la condición de sujetos que la modernidad reclama para todos los individuos. La ciencia y el desarrollo tecnológico permiten hoy desde cambios de sexo, bebés de probeta, hasta la posibilidad de redefinir la identidad y el proyecto de toda la humanidad en cualquier sentido.
Una vez asimilada la revelación de la llamada perspectiva de género, a saber: que los hombres y las mujeres no somos como somos por causas naturales sino sociales; o más precisamente: que la opresión se articula en el entramado complejo de naturaleza y cultura que constituye lo humano; tenemos todavía mucho que hacer. En labios de Simone de Beauvoir: “La mujer no nace”, la humanidad misma está integrada en la segunda parte de su idea, como algo que deviene y cuya definición de identidad deberá ser capaz de alterar la condición humana hacia la posibilidad de reconocimiento y encuentro entre los dos sexos, o bien hacia la radicalización de un individualismo extremo, capaz de dibujar formas de vida inéditas y en aislamiento.

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