Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Género, amor y educación
Miércoles 12 de Junio de 2013
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Muchas veces se concibe “la diferencia sexual” como el único referente de la identidad personal (como si sólo fuéramos seres naturales o biológicos: meramente animales). Las diferencias culturales, subjetivas y volitivas que nos caracterizan y relacionan con la identidad de género se subsumen en la primera. De esta manera se ha definido a las mujeres como transmisoras de valores por excelencia, debido a que durante algún tiempo y espacio ellas han mantenido la responsabilidad del cuidado de los hijos. Sin embargo, todos los seres humanos de cualquier sexo somos capaces de cuidar infantes y de transmitir valores masculinos y femeninos, dado que estos son relativos y varían en el tiempo y en el espacio; no corresponden necesariamente con lo que se cree que son sus referentes biológicos.
El género es así, tan solo un “deber ser” bastante generalizado. Se transmiten valores o anti-valores masculinos y femeninos hasta con la ausencia, como cuando los varones renuncian al ejercicio práctico de su paternidad; lo que mantiene y reproduce la idea de una masculinidad desapegada y fría hasta la irresponsabilidad. En el proceso de construcción social del género las mujeres han sufrido la desventaja de una jerarquía absoluta frente a los varones, aunque durante épocas más recientes compartimos con ellos el privilegio de la crianza -salvo en el plano biológico del alumbramiento y el amamantamiento.
Los procesos de formación y educación infantil durante mucho tiempo estuvieron reservados a los varones (en México prácticamente hasta mediados del siglo XIX). En la actualidad las mujeres estamos tácitamente obligadas a compartir esta tarea con los varones en la medida en que el trabajo pagado para las mujeres ha dejado de ser una elección y, debido a su necesidad, se ha convertido en parte naturalizada de la visión del género femenino.
El proceso de formación y educación formal, como sabemos, es un camino constructivo cuya fuente y destino es el amor. Así las prácticas que hoy hombres y mujeres realizamos cotidianamente son, en cuanto ejemplos, formas de transmisión de valores culturales, morales y, por ende, procesos capaces de transformar los proyectos de identidad, así como de enlazar las visiones utópicas de la teoría con la práctica; es decir, las transformaciones del género son capaces de vincular los ideales con las acciones del mundo real. De Lauretis considera imprescindible reconocer el carácter dinámico del sistema de género, y con ello apunta a la diversidad de estrategias emancipatorias que pueden existir en función de la identidad cultural y de género de cada grupo.
Para ella el sistema de género es, al mismo tiempo que forma de aprendizaje y estabilidad social, posibilidad de transformación y redefinición de la identidad humana. No hay una definición única del contenido del género; las variaciones son infinitas porque cada espacio social, cada época, y hasta cada intento de teorización, en tanto construye y transforma el sistema de género de forma permanente, también determina y posibilita la inclusión de nuevos contenidos (lo que Lauretis llama la deconstrucción del género), a través de la conciencia crítica de los agentes sociales.
Y si el género es -como ella dice- una representación que se actualiza en cada momento a través de su construcción, entonces la construcción del género continúa en la actualidad en un proceso que también se ve afectado por su deconstrucción. Si el sistema de género determina la orientación de la identidad (sexual y de género), al grado de que muchas veces se cree que los hombres y las mujeres somos lo que somos y actuamos como actuamos debido estrictamente a razones naturales, es precisamente porque nuestra propia identidad está construida sobre la base de la definición social del género (es decir, de su representación: la concepción social de lo que deben ser los hombres y las mujeres).
En este sentido el nuevo paradigma de género, es decir, el sistema de relación social entre hombres y mujeres al interior de cada grupo, hace que la actividad de los agentes morales desplegada en el plano social se vuelva referencia para las nuevas generaciones. Y dado que la educación encierra la posibilidad de que el mundo funcione: bien o mal, entonces la situación que actualizamos con la representación del género, y que convierte a todos los sujetos en educadores, es la base misma de la construcción y transformación de la conciencia y de la sociedad.
Si, por otra parte, el amor es la fuente de una vida organizada conforme a la búsqueda de la virtud, podemos asegurar que los valores y principios que apliquemos a nuestras vidas serán transmitidos a las nuevas generaciones. Y si el amor está, como asegura la tradición, en el corazón de las mujeres pero también de los varones –como sostiene la teoría feminista- lo único que faltaría para alcanzar a definir una sociedad más democrática e igualitaria es aprender a llevarlo al intelecto y simultáneamente al plano de la acción.

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