Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Paternidad y masculinidad
Jueves 6 de Junio de 2013

A Pedro Ramírez (El abuelo materno de Sor Juana)

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Se acerca el Día del Padre y, a diferencia del Día de las Madres, no se estimula el espíritu de cuidado y protección a la infancia con el que somos bombardeadas publicitariamente las mujeres en los días previos a la celebración de las madres. En los medios de comunicación masiva, el instinto materno, que se supone natural en las mujeres, no parece tener lugar cuando se celebra el día de la paternidad. Tampoco los obsequios que se promueven para celebrar a uno y otra son los mismos: artículos del hogar para las mujeres y productos personales para ellos. Tal distinción implica evidentemente una manera distinta de concebir a los hombres y a las mujeres. Sabemos, por otra parte, que ambos días son fuente de inspiración para los publicistas que saben aprovechar cualquier fecha, motivo o rememoración para extraer ganancias económicas y explotar el consumismo más desmesurado.
Mas la publicidad que rodea las leyes de mercado no sólo cumple la función expoliadora de las clases trabajadoras, también transmite y reproduce los valores que garantizan la permanencia del sistema económico deshumanizado que vivimos. La cultura neoliberal, cuyo valor último es la ganancia y el dinero, y a través de la cual se mantiene intacto (aunque es cada vez más alarmante) el orden de desigualdad que padecemos, cumple el papel de organizar los hábitos y comportamientos de la colectividad a través de múltiples medios -uno de los más determinantes es la publicidad-, de modo que los criterios que determinan a la sociedad de consumo son los valores del dominador. Y entre ellos, es muy definitivo el criterio patriarcal de reclusión de las mujeres al ámbito doméstico como espacio de subordinación, y educción de los varones a la indiferencia emocional que sirve y caracteriza al dominador en un mundo de desiguales.
De estas costumbres inculcadas a la sociedad de masas, deriva el acendrado gesto de desapego que lleva a muchos hombres a mantener una relación más bien distante con los hijos e hijas (muy diferente a la que tienen las mujeres), y a renunciar o hasta a negar su paternidad en nombre de una autonomía que a algunos, al final de su vida, la suerte se los cobra con dosis de soledad. También están los padres sobreprotectores, los autoritarios y los que establecen con sus descendientes pactos de complicidad (tanto para bien como para mal). Aquellos que han aprendido que su rol de padres es insignificante. Los que aprendieron que la paternidad es contraria a la masculinidad y que ser hombre significa la dureza del amo; los que creen que pertenecer a la mitad humana que no tiene que cuidar de nadie es privilegio. Los espíritus pobres que no saben que se pierden lo mejor de la vida.
Pero también hay otros padres, los padres amorosos capaces de aceptar sus sentimientos. Los que mantienen con sus hijos e hijas relaciones de afecto manifiesto a través de una presencia responsable, cercana y permanente. Otros aún más capaces de expresar con orgullo la humanidad de una relación de amistad ejemplar; y otros que mantienen con sus hijos e hijas una relación alegre, solidaria, plena. Para éstos, lo importante no es recibir regalos porque crean que son mejores que otros. Su relación de entrega hacia otro ser les ha enseñado que lo que importa de esos días de mistificación y gran comercio es una nueva posibilidad de aprendizaje, de formación, de crecimiento incluso para quienes ellos engendraron.
Formas inéditas de expresión de una paternidad amorosa nos circundan. Los hombres que afirman y valoran la portentosa experiencia de una paternidad consciente, responsable, gozosa y respetuosa, acompañan desde hace algunos años el crecimiento mismo de la especie. Lo humano significa cada vez más la compañía, el apoyo, la gracia, la ternura. Aquellos que lo entienden no renuncian a responsabilizarse de aquellos que nacieron, si bien no de su vientre, sí de su corazón, su inteligencia y del valor humano contenido en la experiencia del amor compartido. El cuidado del otro es el mensaje que los nuevos y cariñosos padres aprendieron en los últimos años. Lo que ellos reivindican es la capacidad humana de justicia, la bondad del amor dulcificado por una sensibilidad despojada del miedo. El hombre nuevo está presente desde hace algunos años en el mundo: valiente para enfrentar las jerarquías y lúcido en su exigencia de aceptado equilibrio.
Los varones comprometidos con la vida social de nuestro tiempo impulsan hoy, de forma casi imperceptible, la reconstrucción crítica de una masculinidad que se renueva, se redefine, se auto-inventa. Es su contribución a que este mundo sea de verdad vivible, acogedor para ambos sexos. Bienvenida la nueva forma de vivir la paternidad, en tiempos en que la grandeza parece haber perdido frente a la avasallante desigualdad que se sustenta en poder y en dinero. Saber agradecer es lo importante de los días de celebración a nuestros padres. Es la oportunidad para los hijos para corresponder al amor que han obtenido, es la ocasión necesaria para la formación de un ser humano, de agradecer lo que hemos recibido.

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