Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Violencia de género y prostitución
Jueves 23 de Mayo de 2013
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La violencia de género es la expresión de estructuras sociales basadas en la desigualdad, cuyo origen es la asignación de papeles diferentes a hombres y mujeres en función del sexo. Decir que la violencia de género es una forma de violencia que se ejerce contra alguien por “razones” de género (lo asentamos entre comillas porque por definición no puede haber plenas razones para la violencia), significa que el acto se realiza no por el mero hecho de ser varón o mujer, sino por la diferente condición de vulnerabilidad que ambos adquieren (con marcadas diferencias de grado) en el esquema de un orden social que jerarquiza las diferencias entre hombres y mujeres.
La violencia contra las mujeres se expresa de forma extrema en las formas de esclavitud sexual que utilizan la trata de personas, incluye la prostitución forzada y la “voluntaria”, así como la venta de infantes y la pornografía infantil. Incluye también la violación (por parte de conocidos o desconocidos), el abuso sexual perpetrado por familiares, el tocamiento del cuerpo de las mujeres por desconocidos, los “mirones” y los exhibicionistas, y muchas “faunas” más que las mujeres soportamos consuetudinariamente como parte de la vida normal de las mujeres.
Pero la sociedad mantiene un hilo de continuidad entre la sexualidad aceptable y la prostitución a través del consumismo promovido por la visión neoliberal que domina en la clase media. Ello estimula la prostitución eventual o temporal, y naturaliza y perpetua la explotación sexual de las mujeres. Existen también formas de camuflaje que disfrazan y ocultan la prostitución a través de agencias de “modelos”, “edecanes”, “acompañantes” y “centros de masaje”.
Algunos de los sujetos más vulnerables ante esta situación son los niños y las niñas en situación de calle, quienes son susceptibles a la violencia de la trata y la prostitución por su grado de vulnerabilidad económica y social; igual que las mujeres y las niñas de países pobres, debido al carácter colonialista de la trata de personas y la pornografía infantil, que son dos de las formas más graves de explotación sexual que existen, que se propagan y mantienen en el flujo del capitalismo mundial.
Son contundentes para expresar la continuidad de la sexualidad patriarcal, es decir, para volver indiscernible la sexualidad de las víctimas de prostitución con la que practican el resto de las mujeres, las alianzas que la explotación sexual (comercial y no comercial) tiene con otros fenómenos como la miseria, el desempleo y los entornos de violencia como situaciones armadas: el narcotráfico, la guerrilla o las prácticas militares. Las cuales son situaciones representativas de la masculinidad que se construye como violencia.
En un mundo desigual en el que la autoridad es masculina y el centro y referente absoluto de la vida social son los varones, todas las formas de experiencia de la sexualidad están determinadas por la mirada patriarcal y la desigualdad que priva tanto en el ámbito privado como en el público. Por ello en la cultura patriarcal de Latinoamérica se designa como puta tanto a quien ejerce “profesionalmente” la prostitución, como a cualquier mujer que realiza prácticas que se consideran inadecuadas para ellas, de acuerdo con el rol que les ha sido asignado socialmente.
También debemos considerar la situación permanente y cotidiana del abuso sexual callejero. Mónica Tobón (teórica feminista colombiana) sostiene que el tocamiento del cuerpo de las mujeres en la calle constituye el “rito de pasaje” para que las niñas se conviertan en mujeres, ya que éste es un proceso fundamental de la identidad femenina.
Finalmente las mujeres no son dueñas de nada: ni de la tierra, las propiedades o los negocios, tampoco del arte, los deportes, ni de la cultura en general. Las mujeres no somos propietarias de riqueza ni de autoridad, como tampoco son poseedoras de algo en el reino del espíritu y, para terminar, ni siquiera de sus propios cuerpos. Las primeras condiciones (pobreza, falta de oportunidades y marginación) son suficientes para colocar a las mujeres en situación de vulnerabilidad frente a la prostitución, pero la última (la falta de poder y de control sobre su propio cuerpo) las vulnera también frente a la trata, que es una forma todavía más extrema de violencia.
Que la industria del sexo sea el segundo mercado ilícito más lucrativo del mundo, atenta contra la dignidad humana no sólo de las mujeres y las niñas, que son las víctimas preferentes, sino de todas las personas que conformamos esta sociedad. Si no existiera un mercado legitimado para el comercio sexual, no existiría la explotación sexual de la niñez ni, en general, el comercio de seres humanos como artículos de consumo. La relevancia de esta actividad significa que gran parte de la sociedad, prácticamente toda, está involucrada en un “negocio” que está determinado por la demanda, que a su vez está estructurada por el fenómeno invisible de la desigualdad. Y ésta se sostiene paradójica e imperceptiblemente en la idea de que la prostitución es necesaria “para salvaguardar la virtud” de las que se definen como “decentes”.

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