Eduardo Nava Hernández
La consagración de la primavera: barbarie y revolución
Jueves 16 de Mayo de 2013
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En memoria de Fabricio Gómez Souza,
luchador revolucionario que mucho sabía de estas historias.



Igor Stravinski fue, en concepto de muchos, el compositor más revolucionario del siglo XX, y La consagración de la primavera la más revolucionaria de sus composiciones.
Stravinski abrevó desde sus creaciones tempranas en las fuentes del nacionalismo ruso que en el siglo XIX habían cultivado Rimski-Korsakov, Mussorgsky y otros consagrados compositores. Bajo esa influencia, compuso no sólo sus primeras obras vocales y para piano, sino la trilogía de los ballets rusos que habrían de inscribirlo para siempre en la historia de la música: El pájaro de fuego (1910), Petruchka (1911) y La consagración de la primavera (1913), todos ellos montados en escena en colaboración con el coreógrafo Serguei Daguíliev, director de los Ballets Rusos de París. En los dos últimos, además, con la participación del célebre bailarín Nizhinski, que hizo, particularmente de Petruchka, una creación singular, personalísima.
El argumento del ballet está basado en antiguas leyendas de los pueblos eslavos precristianos de Rusia; representa los rituales de consagración de la primavera que implican el sacrifico de una joven a los dioses de la naturaleza para que ésta se renueve. Las danzas remiten a cierto salvajismo con sus ritmos marcados y una fuerte presencia de las percusiones. La inmolación de la virgen es el momento culminante, la condición para que la vida resurja como al inicio de cada ciclo estacional anual. Al comentar su sentido, Stravinski simplemente expresó que le interesaba representar los rituales de los pueblos primitivos.
¿En qué estriba lo revolucionario de la obra? Tanto la instrumentación como la métrica y las disonancias introducidas por el autor en La consagración… vinieron a romper los cánones musicales del siglo XIX y a inaugurar una estética musical que daba un audaz salto adelante con respecto de las composiciones clásicas y las románticas del siglo anterior. La irregularidad de los tempos musicales que el autor introduce, así como las síncopas y compases, siempre marcados por las percusiones, dan por momentos la impresión de una obra caótica y desenfrenada de la que emerge, empero, finalmente, un nuevo tipo de construcción armónica y melódica antes no experimentada o con pocos precedentes. De ahí que no haya sido comprendida en su presentación por la crítica y el público más conservadores y que haya polarizado las opiniones de quienes la escuchaban. Es cierto: Stravinski siempre negó que se hubiera adelantado a su tiempo, pero le dio a éste una actualidad diferente, musicalmente hablando.
La noche de su estreno en el Teatro de los Campos Elíseos de París, el 29 de mayo de 1913, queda registrada como el más grande de los escándalos de la historia de la música. El desconcierto de una parte de los asistentes concitó un inmediato rechazo que se expresó en gritos que por momentos hacían imposible escuchar la ejecución de la orquesta. Otra parte de ellos buscaba silenciar a los impertinentes y expresaba su aprobación. En algunos casos se llegó a los golpes; se habla de que ahí se pactaron duelos a muerte. En el momento más violento, se arrancaron butacas y estas volaron por los aires. Fue necesaria la intervención de la policía durante la segunda parte para poder terminar la ejecución.
Se discute aún si la ira de los espectadores (o de una parte de ellos) fue a causa de la música de Stravinski, de la coreografía de Nizhinski o de ambas; la paradoja de La consagración de la primavera estriba, sin embargo, en que una expresión artística revolucionaria como la representación de rituales primitivos que se desarrollaba en el escenario, haya suscitado entre el público parisino, el reputado como más culto y civilizado de Europa y del mundo, una agresividad y violencia tales. La barbarie no parecía estar en el tablado, sino en las plateas. Y poco más de un año después, en esa misma Europa, la verdadera barbarie se desataba y el mundo contemplaba con horror la hecatombe que enviaba a la muerte a cientos de miles de hombres en una empresa de rapiña y apocalipsis sin precedente en la historia.
Fue, sin embargo, Alejo Carpentier quien encontró y desarrolló la clave simbólica de La consagración de la primavera en su magna novela del mismo nombre, acaso la más ambiciosa y conspicua de su obra. La consagración es una metáfora del espíritu revolucionario del siglo XX, que atraviesa al mundo desde las grandes conmociones en México, China, Turquía y luego Rusia, hasta -en la visión temporal de Carpentier- la Revolución Cubana, pasando por las luchas anticoloniales y antiimperialistas del medio siglo.
El siglo XX, el “siglo corto” del que habla ese otro amante de la música que fue Eric Hobsbawm, que habría iniciado precisamente con la primera conflagración mundial de 1914 y terminado con el desplome de los regímenes socialistas autoritarios de Berlín a Moscú entre 1989 y 1991, conoció las más grandes tragedias y catástrofes de la historia humana en las dos grandes conflagraciones mundiales y el holocausto, o en crisis catastróficas como la de 1929; pero también las esperanzas que la Revolución de Octubre impulsó como ninguna otra y que se extendieron a gran parte del mundo en la defensa -a la postre derrotada- de la República Española y con la caída del nazismo y las luchas de liberación nacional y revolucionarias de Asia, África y el Medio Oriente. Esas esperanzas son las que la novela carpenteriana refleja a través de un arco que va de la Revolución Soviética, pasando por las brigadas internacionalistas en España, hasta la batalla de Playa Girón en la que los patriotas cubanos lograron por vez primera que el imperio estadounidense fuera derrotado.
Los personajes de la novela de Carpentier, una joven bailarina rusa -Vera, el nombre del amor definitivo y segunda esposa de Stravinski- que intenta permanentemente escapar de la revolución, y Enrique, un cubano libertario y antidictatorial exiliado en la conmocionada Europa de los años treinta, son llevados por las grandes convulsiones del mundo a una serie de encuentros y desencuentros que conducen, sin embargo, al retorno de Enrique a su patria y a los esfuerzos de Vera por “cubanizar” el celebérrimo pero siempre controvertido ballet de Stravinski, algo que acaso -conjetura Carpentier-, de haberlo concebido su autor, hubiera evitado el fracaso de aquella ignominiosa noche parisina de mayo de 1913.
El mundo celebra hoy, con sobrada justificación, el centenario musical de la ya más consagrada que polémica obra de Stravinski. Lo hace en una Europa en crisis, en los prolegómenos de la recesión norteamericana y a las puertas de una nueva era de incertidumbre en la que los pueblos vuelven a exigir ser tomados como protagonistas ante el fracaso de los gobiernos y grandes centros de poder mundial para instaurar un orden duradero de mínima justicia social. Sin embargo, el simbolismo del rito primaveral de Stravinski, y más aún leído en clave carpenteriana, es el de la renovación, el del inicio de nuevos ciclos -el mismo del fuego nuevo de los pueblos mesoamericanos cada 52 años, entre otras cosmogonías- para el que el sacrificio es un componente necesario. ¿Será nuestro tiempo el preámbulo de una nueva era marcada por grandes conmociones sociales y revoluciones? Que la descomunal catástrofe que el capitalismo cíclicamente trae consigo no vuelva a someter la voluntad de los pueblos ni a conducirlos al apocalipsis en la Tierra, es el desafío de las presentes generaciones que esperan realizar y tendrán que ganar su derecho a sacralizar su primavera.

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