Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Límites de la comunicación
Jueves 16 de Mayo de 2013
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El vertiginoso avance de la tecnología nos ha permitido conocer recursos ilimitados que extienden las capacidades humanas hacia diversos campos del conocimiento y la interacción social. Las nuevas alternativas, consideradas de comunicación e información, llamadas “redes sociales”, ocupan una parte importante del tiempo que el ser humano invierte cotidianamente con fines recreativos, profesionales, artísticos, políticos y hasta vandálicos. Me voy a referir al Facebook porque es la única red que conozco un poco, directamente.
Con todo el potencial de democratización y ampliación de la información que este medio permite visualizar, está lejos de responder a la definición de lo que con rigor podríamos llamar “procesos de comunicación”. Las abundantes teorías que abordan este tema (lingüística, semiótica, filosofía del lenguaje, teoría de la comunicación, etc.) tienden a trasladar a un nivel técnico los componentes del proceso -emisor, receptor, medio, mensaje, acción comunicativa, denotación, habla, significado, significante, signo y símbolo, referente- y se olvidan de una condición extra-discursiva, previa al acto que buscan describir. La comunicación requiere -más allá de la elección precisa de los términos y el acceso a los medios (que tienen que ver ambos con condiciones culturales y sociales más amplias que el mero proceso comunicativo)- de una voluntad compartida de entendimiento por parte de los sujetos.
H. G. Gadamer ha desarrollado, en Verdad y método, una teoría de la comprensión que incluye la necesidad de apertura por parte del dialogante para cambiar sus propios presupuestos. En otros términos: no es suficiente toda la teoría existente para lograr procesos de comunicación efectiva, si aquellos que pretenden alcanzarla no están dispuestos a modificar sus supuestos (siempre presentes) y dejarse transformar por lo que escuchan. No se trata de una actitud superficial de escucha que momentáneamente silencie a la conciencia, para volver a replantear, de forma intermitente, lo que ya se sabía. Si la conciencia permanece inalterada, no hubo más que un intercambio de palabras. El diálogo es aquello que permite ampliar nuestra conciencia a través de una apertura a la subjetividad del otro, de los otros.
Esta postura teórica puede aplicarse a cualquier medio que aspire a la comunicación, o al menos a la posibilidad de información: el telégrafo, el teléfono, el correo electrónico, los chats, son instrumentos de comunicación en la medida en que involucran a un emisor y un receptor, en papeles intercambiables (así sea en un diálogo virtual o a distancia); la prensa escrita, los medios audiovisuales (radio, televisión, cine), son medios de información en la medida en que la acción es unilateral. Pero aún en este último caso es exigible la condición de veracidad (o al menos verosimilitud, en el caso del cine) para que los recursos técnicos no se conviertan en simples medios de manipulación ideológica.
En todo caso, las nuevas tecnologías de la información son sólo esto (y sólo si aprendemos a usarlos sobrepasando el límite de la mentira): medios de información que vehiculan las diversas perspectivas del mundo, recursos que permiten agenciarnos información no transmitida directa ni voluntariamente a veces (por ello el resultado de conflictos matrimoniales, de pareja, amistad o camaradería). Pero están lejos de servir de instrumento de comunicación plena. El equívoco, la mala interpretación, los rumores inciertos y el afán destructivo están presentes. Hay aún quien reclama que el Facebook no ofrezca posibilidad de expresar un rechazo: el “anti-like” que exprese que algo no nos gusta (como si fuera necesario devanarse los sesos para inventar más formas de expresar nuestras fobias).
Los recursos técnicos son sólo eso, recursos que el ser humano ha creado y desarrollado para expresar lo que siempre hemos sido, lo que podemos ser, lo que seremos… Las próximas generaciones deberán resolver, superar las paradojas que estos medios aportan a las relaciones limitadas que aprendimos a establecer cuando emisor y receptor estaban cara a cara (y la interpretación tenía el recurso de la gestualidad, la entonación y la mirada); cuando la intercambiabilidad de posiciones era un hecho normado por reglas sociales (aún autoritarias); cuando lo privado y lo público eran delimitados claramente por valores sociales pretendidamente compartidos.
Hoy estamos en un momento similar al de la masificación del uso del teléfono. Aún hay quien lo usa para insultar, burlarse, amenazar al otro (los seres humanos somos miserables, defectuosos), pero también permite establecer procesos de comunicación urgente y necesaria con personas de otras latitudes. Habremos todos de aprender las reglas, reinventar la cortesía (virtual) y escapar del equívoco autoritario de pretender que otro escuche y convalide. Sólo si nos abrimos a entender al otro puede pasar de ser un medio de exposición, de información confusa, ambivalente, a uno de comprensión y entendimiento que promueva la confluencia de voluntades y ayude a superar al ser humano incompleto que aún somos.

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