Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Diferencia sexual y progreso civilizatorio.
Jueves 11 de Abril de 2013
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“La diferencia sexual es el tema que, pensado, nos devolvería la salvación”, decía hace 26 años la principal teórica de la diferencia sexual, una psicoanalista belga discípula de Lacan llamada Luce Irigaray, quien fuera repudiada por el círculo lacaniano después que se atrevió a expresar fundamentadas críticas a la teoría de la cultura sostenida por él.
En México y Latinoamérica, a pesar de leyes y estrategias gubernamentales que derivadas de acuerdos internacionales se implementan, y de los recursos erogados para establecer un orden jurídico y político de igualdad social, existen ejemplos sistemáticos de violaciones institucionales a los derechos fundamentales de mujeres, niñas y varones que han sido despojados de los recursos más elementales e imprescindibles de riqueza social.
El casi olvidado caso de un conocido gobernador que instruyó la medida de venganza de otro conocido pederasta ilustra y da cuenta precisa del nivel de violencia institucionalizada que llegamos a vivir. Otros sonados casos, como el del magistrado de Nayarit que subía a internet videos tomados durante sus vacaciones de mujeres en bikini, o los políticos y funcionarios (de los dos sexos) que gustan de publicar sus fotos portando armas de alto poder, dan cuenta de la desigualdad, el influyentismo y la corrupción moral que priva en la clase política y que se desplaza hacia la sociedad en su totalidad.
Si a esto le sumamos la degradación progresiva de la vida social en la que muchos jóvenes varones pierden la vida debido a la carencia de alternativas económicas, lo que los orilla a desempeñar funciones de violencia (delincuentes o fuerzas de seguridad) en una sociedad diseñada de acuerdo con los parámetros de una masculinidad que se define por el grado de poder que resulta de la violencia, podemos identificar la fuente del machismo social que lacera la vida cotidiana de las mujeres en muchos estados, particularmente en la frontera con los Estados Unidos, donde desde hace más de quince años, la violencia contra las mujeres alcanza grados de tortura y de muerte.
A todo esto debemos agregar la muerte y desaparición de mujeres y hombres periodistas, situación que se combina con chantajes y control de la información, que es imprescindible para sanear la relación entre gobernantes y gobernados.
La falta de educación, sumada a los abusos que se cometen desde el poder irrecusablemente patriarcal que representan los gobiernos de cualquier sino, somete a la ciudadanía latinoamericana a los excesos y a los hábitos enfermizamente patriarcales, supuestamente desarrollados del “primer mundo”, representado por Estados Unidos.
El disfraz de desarrollo civilizatorio que caracteriza a la cultura norteamericana contemporánea no logra subsanar ni los problemas de marginación y desigualdad que, en su amalgama interracial, someten a mujeres y niñas a la ferocidad de la violencia masculina representada en múltiples formas de explotación sexual y de violencia doméstica y social.
El grado de decadencia social de la mayoría de los países americanos es resultado de la falta de atención a un problema que comienza con la desvalorización a las mujeres y su reducción a objeto sexual, que pasa por la propia desvalorización de las mujeres y la deformación de los rasgos amorosos de la subjetividad humana y termina con la indiferencia de una sociedad que considera el orden obsesivo y la disciplina deshumanizada como única alternativa y solución privilegiada al caos cultural, que se orienta unilateralmente por los criterios de la masculinidad hegemónica.
El trafico de cuerpos de mujeres y niñas para explotación sexual y la miseria económica y moral es sólo el marco en el que se producen sucesos tan inimaginables como el de niños sicarios que matan por unos cuantos dólares en Guatemala. Hechos tan terroríficos como este muestran que el mundo está lejos de haber encontrado el estado de organización social y política que permita un desarrollo pleno de las capacidades humanas.
Sin embargo, si medimos el tiempo transcurrido desde el origen de la civilización, veremos que no hemos conocido más que un atisbo de posibilidad de lo que el ser humano es capaz de realizar. Si calculamos el tiempo que ha pasado desde el origen mismo del universo e insertamos en él la historia humana, nos damos cuenta de que proporcionalmente nuestra historia es un instante en el largo transcurrir del universo.
Aún falta mucho para que los seres humanos alcancemos un grado de civilidad mínimo que nos separe de los monstruos. Pero es imprescindible que lo hagamos sin denegar la importancia que en ese proceso tiene, como clave de muchos y diversos problemas, el asunto del análisis impostergable de la diferencia de los sexos, así como la comprensión y la reconstrucción del mundo a través de ella.

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