Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Violencia y masculinidad
Jueves 21 de Marzo de 2013
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En ciertos contextos ciertamente machistas se piensa que las cuestiones de género son “temas de mujeres”; no dignos de tomarse en serio y reducidos a una especie de moda política e intelectual inocua que ni los toca, menos les incumbe. En otros, esencialmente académicos, por el contrario se considera que cualquiera (sea hombre o mujer) puede hacer estudios de género independientemente de su ideología política, ya que conciben a la perspectiva de género como un recurso neutro (e igualmente inocuo) de las ciencias sociales.
Para los primeros resultan absolutamente irrelevantes los temas de violencia y discriminación que desarrollan críticamente las feministas. Para los segundos la ideología de género -que es adquirida a través del largo proceso de socialización, e implantada profundamente en la identidad personal de los dos sexos- es conjurada milagrosamente en el momento en que alguien (mujer o varón) decide utilizar el lenguaje abstracto con el que alude a una realidad desigual, que convierte simplemente en diferente; despojado del elemento crítico, usan lenguaje feminista en la tarea de desmantelar sus fundamentos.
Los escasos varones que sólo se interesan superficialmente en la discriminación de las mujeres; que aparentemente comparten posturas feministas sin comprometerse realmente en la comprensión de tal fenómeno; conforman su “visión de género” con el criterio meramente cuantitativo de incluir acríticamente sujetos antes ausentes, sin cuestionar el orden y los efectos generales de la desigualdad, ni profundizar en sus causas y consecuencias teóricas y prácticas. Sus concepciones se reducen a un criterio de proporción: “En esta reunión no hay más que mujeres, no hay equidad de género”, dicen auto-celebrando su pretendidamente graciosa observación, correspondiente a su idea simplista (e igualmente des-legitimadora) de la lucha por la igualdad.
Mas la violencia contra las mujeres y la violencia social mantienen una línea de continuidad similar a la que existe entre la discriminación étnica y los abusos de clase, o bien entre la desigualdad de género y las profundas diferencias económicas o de poder social que las clases dominantes actualizan sobre grupos subordinados. De modo tal que las vicisitudes cotidianas de inseguridad de las que todo mundo se queja no están aisladas de los procesos de victimización y abuso permanente sobre las mujeres, a las que la sociedad se encuentra tan desafortunadamente acostumbrada.
Una sociedad que se educa bajo criterios de injusticia normalizada y prácticas de atropello sistemático legitimadas por la costumbre resulta severamente limitada para detectar y resolver problemas de desequilibrio de cualquier tipo. Por ello es importante, imprescindible, que los hombres comprendan la teoría feminista. Los hombres que se involucran seriamente en procesos de lucha contra la discriminación y la violencia deben saber (algunos, todavía más pocos, ya lo saben) que la desigualdad de género es un problema humano; que mantener una posición de indiferencia frente a la muerte y la violencia ejercida por razones de género es defender la violencia social entronizada en múltiples procesos que derivan de formas anquilosadas de desigualdad entre los sexos; que la expresión más simple de jerarquía y dominio tolerados y asumidos son una garantía de permanencia de técnicas salvajes, agresivas, de relación humana.
Si queremos cambiar, desterrar las múltiples formas de violencia que a todos aprisionan, resulta necesario comprender las fuentes originales de este cruento sistema en el que la violencia simbólica a la madre se expresa en cada gesto de violencia hacia las mujeres. Los hombres no sólo son, al menos, la mitad del problema. También son parte esencial de la solución de todos los problemas. Involucrar sus intereses académicos, políticos, éticos, y hasta económicos en el intento de superación de conflictos, los obligaría a considerar los agudos dilemas de la relación desigual entre los sexos. Por ello es de celebrar que cada vez haya más hombres que les interesa aprender, impugnar el orden andro-céntrico existente y poner en cuestión su propia posición de poder inserta en él.
Sólo cuando los hombres estén dispuestos a mermar sus ansias de dominio podremos crear entre ambos una cultura menos demencial. Ningún esfuerzo de liberar a los seres humanos es suficiente si no se admite el desafío de librar a las mujeres de las asfixiantes formas de control patriarcal. Como dijera J. P. Sartre en su “Testamento político”: “Si el hombre quiere ser libre debe reclamar la libertad de la mujer. Quien ha sido amamantado por una esclava tiene sangre de esclavo en las venas. Quien ha sido educado por una esclava, tiene ideas de esclavo en la mente”.
Como dicen algunas, para desarrollar una cultura plenamente humana “necesitamos más hombres feministas, no hombres que nos digan qué hacer”. Erradicar la violencia de género permitiría el diseño de un mundo simétrico, integral, magnánimo, fecundo; proclive a recibir de las mujeres como de los varones mejorados el generoso aporte de un sentido vital, lejano aún…

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