Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
El peor de los pecados
Jueves 14 de Marzo de 2013

Desde luego, los hombres y las mujeres son diferentes. Pero no son tan diferentes como el día y la noche, la tierra y el cielo, el ying y el yang, la vida y la muerte. En realidad, desde el punto de vista de la naturaleza, hombres y mujeres están más cerca el uno del otro que cada uno de ellos de cualquier otra cosa -por ejemplo, montañas, canguros o palmas.

Gayle Rubin

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La vida es como un paisaje soleado en el que el pasto es engañoso. De lejos se ve verde y perfecto, pero cuando llegamos está seco y escaso. Por ello seguimos caminando, buscando un lugar dónde posar nuestro pesado cuerpo. Los seres humanos tenemos la tendencia a pensar que el lejano confín es mejor siempre que el terreno en el que nos paramos. Igualmente creemos que el otro, o bien la otra, es más afortunada que nosotras. Que la vida es más fácil para ella o él, y ya en mal plan, que seguramente no se merece lo que tiene. Pero la envidia es un pecado tonto. A diferencia de otros, que al menos proveen a su ejecutor de alguna minúscula ventaja (como la ira que descarga energía; la pereza que intenta conservarla; la gula y la lujuria, que aportan un placer descontrolado; la soberbia y la avaricia, que proveen de seguridad, aunque ficticia) la envidia no es más que una pasión que daña a quien la siente, pero también la engaña. Su impacto es ético, pero también gnoseológico, hace sufrir a quien la padece y refuerza el embuste en el señuelo. Si pudiéramos vivir en el cuerpo y la vida del otro (o de la otra) nos daríamos cuenta cabal de sus dificultades, de sus sufrimientos, como cuando avanzamos unos pasos hacia el pasto más verde y de nuevo encontramos pura tierra.
La condición humana sin embargo no desiste de buscar el terreno más fértil y frondoso, de ilusionar sobre la olla de oro que cree que va a encontrar al final del arcoíris; corre tras la ilusión del horizonte sin permitirse simplemente disfrutarlo. No se conforma con la maravilla que el mundo representa en sí mismo, con el deleite íntegro de observar la gama de colores, reconocer sus formas, apreciar sus aromas, percibir las texturas, gozar de los sabores. Ante el regocijante paisaje de la vida le surge la codicia. Hijo de la modernidad, el ser humano individualista de este tiempo cree, casi siempre, merecer más de lo que tiene. Su entorno milagroso no contiene en su gracia y su belleza el ansia de dominio y posesión plena. El escenario sagrado que lo envuelve no limita la ilusoria visión de un panorama henchido, verde y acogedor, mullido y fresco.
Durante mucho tiempo me molestó la idea bastante extendida que circula en ciertos ambientes: “La mujer es el peor enemigo de la mujer”. Me incomodaba la expresión porque de fondo se sostiene en la idea de que la desigualdad impresa en la cultura es responsabilidad de la incapacidad de las propias mujeres para apoyarse entre ellas. Me inquietaba reconocer que las mismas mujeres contribuyen en su segregación a través del combate sostenido contra quienes terminan concibiendo como principal enemigo. Más tarde me di cuenta que la acusación no es diferente de la tesis filosófica de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”, que alude a una crítica necesaria de la condición humana que, a través de la historia, muestra el impulso destructivo y finalmente autodestructivo de la especie. Entonces la acusación dejó de parecerme injusta y me llevó a percibir cierta tendencia -no de las mujeres en tanto mujeres, esto lo sigo sosteniendo- sino de las mujeres como de los hombres, en cuanto seres humanos, a lo que se podría definir como “canibalismo político”; a un despilfarro de energía positiva en pos de ideales egoístas que terminan siendo meramente autodestructivos.
El ansia demoledora de la envidia es la añoranza del vientre abandonado. Arrojado en el mundo, el ser humano busca volver al tibio regazo de la madre creyendo así colmar su profunda necesidad de afecto, aceptación, amor, reconocimiento… No deberíamos olvidar que el reconocimiento es un acto de ida y vuelta, reconocer es una palabra que puede leerse en dos sentidos, un palíndromo cuyo significado es precisamente una relación recíproca en la que no cabe la envidia. Si queremos ser reconocidos o reconocidas es necesario, imprescindible incluso, saber reconocer al otro o a la otra. Los años me han mostrado que no vale la pena vivir como pugilista. No ser pendenciero es una enseñanza básica de toda buena madre, que los seres humanos no deben olvidar. Como no ser colmada ante el ejemplo de personas que, careciendo de todo, saben enfrentar las vicisitudes de la vida con dignidad serena, y de quienes saben poner una sonrisa a las dificultades cotidianas que en diferente grado (no olvidemos) tenemos todas las personas.
Todos y todas somos para los demás como aquel horizonte; de lejos floreciente, esponjoso, lozano; y de cerca marchito, estéril, terregoso; lo cual no es un desastre si en el sendero caminado se aprende a deleitarse con el arcoíris sin esperar el oro reluciente e ilusorio...

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