Eduardo Nava Hernández
El rumbo incierto de las izquierdas
Miércoles 7 de Noviembre de 2012
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El anuncio y llamamiento hecho el pasado 9 de septiembre por Andrés Manuel López Obrador a sus seguidores y a los integrantes de su movimiento para constituirse en partido es una empresa política de resultados inciertos, pero que ya está teniendo efectos en la conformación general del polo de izquierda del espectro político. Se ha concretado ya la escisión de las izquierdas y la diferenciación de sus proyectos tácticos ante un panorama particularmente difícil para las clases trabajadoras y las condiciones de vida de las mayorías, y ante la perspectiva de la radicalización de proyecto de ajuste estructural del gran capital.
Dos imágenes recientes dan cuenta del estado de la izquierda electoral en el momento actual. En una, el miércoles 24 de octubre, Enrique Peña Nieto posa al centro flanqueado por un grupo de gobernantes perredistas en funciones y electos. Gabino Cué, Arturo Núñez, Graco Ramírez, Ángel Aguirre y Miguel Ángel Mancera acuden a manifestarle al presidente electo su institucionalidad y su reconocimiento, y a anunciar su presencia en la ceremonia en la que éste habrá de protestar como mandatario el 1º de diciembre. A cambio, según toda evidencia, de promesas de inversión en infraestructura para los estados del sureste, lo significativo es la presencia del grupo como tal, no en entrevistas por separado sino de manera conjunta, para evidenciar la ruptura por la derecha de los mandatarios con las posiciones sostenidas por López Obrador. Estos personajes no han esperado a la asunción del presidente electo, y algunos de ellos tampoco a su propia toma de posesión para realinearse y emprender el acercamiento con quien, apenas ayer, era señalado de ganar la Presidencia mediante las artes de la delincuencia electoral. No está de más recordar que varios de ellos (Cué, Graco, Núñez) obtuvieron sus triunfos gracias al apoyo de López Obrador, de quien ahora se distancian en el discurso y en la práctica.
Por otro lado, los dirigentes nacionales del PRD y Movimiento Ciudadano se reúnen con el presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, para anunciar una alianza legislativa de largo aliento que se oponga, dicen, al “autoritarismo” implícito en la restauración priista. Más allá de las naturales coincidencias entre diversas fracciones partidarias sobre puntos concretos de la agenda legislativa, se buscaría conformar un bloque parlamentario relativamente estable entre tendencias que se esperaría opuestas, en un periodo como éste, de afirmación del proyecto de la derecha.
Y el que, además, la primera coincidencia se haya dado en torno al proyecto de reforma laboral no es la menor de las paradojas de esta confusa situación: ese proyecto, tendiente a imponer en toda la línea el despotismo del capital sobre el trabajo, si bien proviene en realidad del Consejo Coordinador Empresarial, fue presentado por el gobierno panista y es defendido por las fracciones parlamentarias del PAN en ambas cámaras. Es el PRD el que se ha sumado, en virtud sólo de la inclusión de algunos artículos relativos a la democracia y la transparencia sindicales y de los contratos colectivos, a una iniciativa atentatoria, por decir lo menos, a los intereses de las clases laborantes.
La ruptura de López Obrador con los partidos identificados como de izquierda no sólo lo emancipó a él de compañías y alianzas cada vez más complejas e incómodas, sino también liberó a estos de una presencia igualmente incómoda y del mayor obstáculo para renegociar su mejor inserción en el régimen político. Ausente el lopezobradorismo, las corrientes de derecha, hegemónicas en estos, no guardan recato alguno para acercarse al inminente gobierno del PRI o al PAN y apoyar los respectivos proyectos de estos. Es grotesco el espectáculo de los senadores perredistas concertando con el PAN y su representante en el Senado, Javier Lozano, la aprobación de la reforma en materia laboral. Al final, sabemos, ya sea de acuerdo con las izquierdas o sin él, el PAN votará la reforma, su reforma, con la única fuerza parlamentaria que la puede hacer ley, el PRI. Y Enrique Peña Nieto ha dado instrucciones de aprobarla antes del 1 de diciembre próximo, tal como fue concertado, seguramente, con Felipe Calderón.
La esquizofrenia del PRD (alineamiento “institucional” de sus gobernantes electos con el gobierno priista, por un lado; bloque parlamentario con el PAN y contra el PRI, por el otro) es algo más que un tributo a su pragmatismo ya estructural. Sin duda se debe al hecho de haber servido como mera plataforma electoral para el relanzamiento de políticos que no tuvieron cabida en el priismo en sus respectivas entidades: Aguirre Rivero en Guerrero, Cué en Oaxaca, Juan Sabines en Chiapas, Núñez en Tabasco; pero sobre todo a su renuncia a la construcción de un proyecto político-social de izquierda y a su necesidad de insertarse en el sistema político en forma negociada con los factores reales de poder.
Ante ese panorama, la apuesta del lopezobradorismo es sumamente arriesgada. Se trata de un movimiento-partido construido en todo el país al impulso de los procesos electorales de 2006 y 2012, pero que no puede ser meramente electoral. Creció bajo el cobijo del registro de tres partidos ya constituidos, PRD, PT y MC, y ahora se constituirá fragmentándolos y debilitándolos como opciones electorales. Al erigirse como partido, no le bastará con obtener el porcentaje de votación de dos por ciento para conservar un registro, sino que necesita aparecer como el referente principal de las izquierdas electorales y, al mismo tiempo, no dejar de ser un movimiento con fuerte arraigo en la sociedad y vinculación con los sectores movilizados en resistencia al proyecto de dominación vigente. Pero Morena no nace sin problemas. En diversos estados del país se ha convertido en receptáculo de las burocracias locales del PRD, el PT y hasta del PAN, que entran a reproducir en el naciente partido las prácticas de clientelismo, corrupción, posibilismo y negociación que las caracterizaron en sus anteriores organizaciones. El mismo López Obrador ha prohijado, no exento de pragmatismo, la integración de esos grupos a su movimiento, mismos que ahora vienen a asumir un papel protagónico.
Pero es quizás ese pragmatismo lo que ha distanciado a AMLO y al Morena de fuerzas más consistentes con el proyecto de izquierda, como el SME, que -a su vez, haciendo gala de la misma dolencia- se está planteando constituir con el sindicato minero de Napoleón Gómez Urrutia y también con otros contingentes, su propio partido, de base trabajadora.
Las izquierdas, solas o sumadas, difícilmente lograrán alcanzar en 2015 el porcentaje de votación que en este 2012, salvo por hechos que resulten catastróficos para el gobierno de Peña Nieto. Lo que está por verse es hasta dónde alcanzará el hoy Morena a llenar el vacío de una izquierda digna de ese nombre en el terreno electoral y legislativo, y si logrará escapar a los vicios de los partidos ya insertos en el sistema político-electoral. Pero mucho más importante, si las izquierdas podrán reconstituirse a partir de un proyecto nacional y de intereses generales, más allá del pragmatismo, los diseños electorales y la inmediatez que la avasallan. Hoy, pocos indicios apuntan en ese sentido; pero es necesario apostar y luchar por eso antes que caer en el desánimo y la depresión.

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