Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
El cuento interminable del eurocentrismo
Viernes 7 de Noviembre de 2008
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Si todos los cuentos terminaran igual, estaríamos diciendo: … y entonces, los reyes católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se casaron, fundaron el reino de España, y fueron felices y comieron perdices…
Pero en verdad una vez casados, la hoy tan cuestionada formación del reino de España comenzó con cruentos combates y continuó con luchas intestinas -además de enfrentar la peste y otras enfermedades, problemas y limitaciones, desconocidas en el paraíso de nuestro país- con la anexión de Andalucía, Cataluña, México (entonces Tenochtitlán) y todo Mesoamérica, y cada vez más de lo que ningún ser humano es capaz de abarcar con su mirada.
Y tan grande llegó a ser el imperio español que su nieto Felipe II, hijo de Carlos V, pudo decir en la segunda mitad del XVI: “El sol nunca se pone en el glorioso reino español”.
Lo cierto es que con su visión y su respaldo a Cristóbal Colón, los reyes de Castilla y Aragón abrieron una nueva e insospechada dimensión para su propio mundo; y una también, más sombría, para los habitantes de este hemisferio -concebido y definido por siempre y desde entonces como nuevo- de nuestros ancestros.
Los europeos encontraron en lo que llamaron después América el mundo de fantasía y de magia: de duendes y de brujas, de gnomos, sátiros y arpías, que su ignorancia había creado para explicarse el más allá de su entorno; lo que presentían que había detrás de su propio horizonte, más allá del crepúsculo y los sueños. La vida no era fácil para ellos. La abundancia es historia de otros lares, por ellos sólo imaginados, anhelados, idealizados y después heredados a sus hijos.
La falta de una educación crítica en México hizo después que nuestros padres mexicanos y nosotros, como después nuestros hijos y nietos, imaginemos siempre la Navidad con nieve, aunque la mayoría en México nunca hayamos visto nevar ni por ende conozcamos la nieve. Desde que éramos niños los mexicanos aprendimos, quien sabe cómo, a dibujar casitas que nunca construimos; las casas de los cuentos irlandeses.
Pero los niños no son los únicos que viven en la fantasía. Los maestros y libros eurocéntricos de mi generación, y los actuales, siguen enseñando abstractamente el cuento (nada americano) de las cuatro estaciones, y la desconocida experiencia en México de ver caer las hojas amarillas. En un país donde la mayor parte del tiempo está verde, y los páramos grises lo son siempre, con zonas permanentemente secas como en invierno en algunas regiones que son muy pobres y que no han tenido acceso al desarrollo, resulta una pésima caracterización de lo que es el otoño.
Tampoco los veranos de las tierras michoacanas son como los veranos candentes que nos ofrecen los hollywoodenses, ni como las tardes veraniegas “tibias y amables” que nos ofrece la literatura de la campiña inglesa (además de que vaya usted a saber lo que los ingleses entienden por “tibias y amables”, en ese terrible frío). Sólo la primavera resulta ser como la pintan -aunque en México sea primavera casi la mayor parte del tiempo-; llena de maravillosas mariposas y en Michoacán tantas que los europeos no alcanzarían ni a imaginar.
Aquí la mayor parte del tiempo podemos disfrutar de tardes tibias, noches resplandecientes y mañanas coloridas todos los días del año (salvo una breve temporada “de frío”). Al menos eso era antes del trastorno ecológico mundial que hace muy pocos años nos amenaza a todos. Pero si usted cree que esos mitos modernos se han estado extinguiendo debemos recordarle que también en los niveles más intelectuales se prolongan los mitos y los duendes. Los antropólogos, sociólogos y demás científicos sociales y filósofos que han pensado acerca y desde nuestro propio horizonte, siguen estructurando sus parámetros mentales en torno al concepto eurocéntrico de Estado-nación, inexistente para los indígenas, las mujeres, y muchos otros grupos de nuestro país, para cuyos proyectos permanecemos siempre ajenos.
El cuento de los príncipes de Aragón y de Castilla sigue viviendo a través de la cultura; todavía no termina para los mexicanos la aventura. Nuestro horizonte sigue abierto a un futuro enigmático e incierto. Nosotros todavía no sabemos qué hacer con la magia que nos heredaron, aunque ya poseíamos la que tenemos perdida o hemos ido perdiendo.
¿Y los reyes del cuento en algún momento fueron felices y comieron perdices? O como decimos aquí: Este cuento se ha acabado, y el que se quede sentado…

Los europeos encontraron en lo que llamaron después América el mundo de fantasía y de magia: de duendes y de brujas, de gnomos, sátiros y arpías, que su ignorancia había creado para explicarse el más allá de su entorno

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