Eduardo Nava Hernández
Lo que la partidocracia es
Jueves 8 de Marzo de 2012
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“El país navega sin rumbo”, afirmó el presidente nacional del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, en su discurso para celebrar los 85 años del otrora partido oficial. Y arremetió contra los gobiernos panistas señalando que no se alcanzan metas de desarrollo ni de justicia social. También censuró acremente la situación de la seguridad en el país y sentenció que el país no quiere otro sexenio de muerte y de miedo. El propósito de la siguiente elección sería, así, “poner fin a la pesadilla de dolor, violencia, corrupción y pobreza que el panismo ha recetado al país a lo largo de estos años”.
Ahora resulta, entonces, que es el partido que nació desde el poder y no desde la sociedad, y que gobernó por más de 70 años, el que viene a asumir la bandera del cambio.
Por su parte, Josefina Vázquez Mota y el PAN se esfuerzan por señalar los logros de las dos últimas gestiones presidenciales frente a problemas que no fueron resueltos por las largas décadas de predominio priísta. Cuestiones como el atraso educativo, el auge del narcotráfico, el abandono del campo y otras, no es difícil endosarlas a quienes, en efecto, durante muchos lustros no lograron sacar adelante al país en tantísimos aspectos y sí en cambio lograron hundirlo en varias crisis catastróficas, para concluir que hay que dar continuidad a los esfuerzos de gobierno iniciados hace apenas dos sexenios.
Y López Obrador no se cansa de señalar: el PRI y el PAN representan el mismo proyecto y con ninguno de ellos hay posibilidades de modificar el desastroso rumbo seguido desde hace tres décadas por el país. El cambio verdadero, sostiene, vendrá desde la movilización social y la organización, y es urgente atender de fondo los grandes problemas del país.
Hasta aquí y en este nivel, el de los discursos, cada uno de los actores políticos está en su papel. Apostar a la continuidad es la postura natural para quien se encuentra en el mando de la nación; señalar los errores del presente sin mirar al pasado lo es para quienes durante tantos años ejercieron el poder sin contrapesos pero también sin resolver los problemas estructurales del país; y convocar a un cambio más radical es la postura explicable en aquel a quien no se le dio ni antes ni en 2006 (hoy ya no se hace referencia explícita al fraude de ese año) la oportunidad de aplicar su propuesta de gobierno. Pero ¿cuál es la consecuencia con que sus respectivos aparatos partidarios apoyan o refuerzan las posturas de sus respectivos candidatos presidenciales?
Se trata, sí, de que las candidaturas presidenciales vayan acompañadas de propuestas partidarias al Congreso que faciliten su acercamiento con la sociedad y le den viabilidad y sobre todo credibilidad a los compromisos. No es así. La radiografía de los partidos está en sus listas de candidatos plurinominales, porque serán éstos los que, llegado el momento, y durante tres o seis años, hablarán y actuarán realmente en su nombre y expresarán sus verdaderos intereses y alianzas con grupos de poder.
Por eso, revisar la lista de aspirantes del PRI nos da la imagen de un partido que, por decir lo menos, nada tiene que ver con el discurso y la imagen de aparente renovación que pretende dar su abanderado presidencial. Basta una mirada para entender la lógica de ese partido: puesto que siente seguro el triunfo a la primera magistratura, no necesita apostar realmente a una verdadera renovación y sí a actualizar el corporativismo y el empoderamiento de grupos de interés. Los nombres de Carlos Romero Deschamps, Ricardo Aldana, Carlos Aceves, Armando Neyra y Joel Ayala, entre otros, remiten de inmediato al rancio corporativismo petrolero, cetemista o de la FSTSE que clama por cuotas de poder. El sector campesino estará representado por Gerardo Sánchez (CNC), Maricruz Cruz Morales (CCI) y Brasil Acosta, de Antorcha Campesina. A su lado, los representantes del duopolio televisivo (la llamada telebancada), como Tristán Canales -también de antigua militancia en el priísmo tradicional-, Arely Gómez González Blanco y Jorge Mendoza. Y a la cabeza de las listas para la Cámara de Diputados y la de Senadores, dos exponentes del salinismo como Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa. Lo significativo es que, tratándose de la élite política más experimentada del país, ninguno de ellos se lanza a hacer campaña para ganar o arriesgarse a perder un escaño o una curul, sino que apuestan a lo seguro amarrándose a un buen puesto en la plurinominal. Pero no menos notorio es que los sectores y grupos de poder cubren prácticamente todas las posiciones, sin dejar prácticamente espacios al grupo de la joven estrella mexiquense.
Las listas del panismo para el Senado están copadas por el grupo de Felipe Calderón, y dejan muy poco al de la candidata Vázquez Mota. César Nava (moreliano residente en el Distrito Federal registrado por Tabasco), Luisa María Calderón Hinojosa, Salvador Vega Casillas, Ernesto Cordero, Gabriela Cuevas (defeña registrada por Baja California Sur), Mariana Gómez del Campo y Alonso Lujambio quedaron bien posicionados para entrar a la Cámara Alta sin tener que hacer campaña. También Luis Felipe Bravo Mena y Ana Teresa Aranda, a quienes se vincula con El Yunque; pero sólo dos de los panistas cercanos a JVM: Roberto Gil Zuarth (también ex secretario particular de Calderón) y María Dolores del Río. La lista para diputados es peor aún: se premiará entre otros a Frenando Larrazábal, el alcalde (también calderonista) de Monterrey investigado por el caso Casino Royale y cuyo hermano vende quesos a los centros de apuestas, y a Javier Lozano Alarcón, agresor de los trabajadores.
La lista del PRD al Senado fue, como era de esperarse, un reparto entre las distintas tribus, entre las cuales sale ganando Nueva Izquierda (Miguel Barbosa, Angélica de la Peña Gómez) y sus aliados (Luis Sánchez Jiménez, Amalia García). Pero destaca que se haya virtualmente excluido a cuadros cercanos a Andrés Manuel López Obrador. Al igual que en 2006, los votos que éste arrastre a las candidaturas de las izquierdas servirán para fortalecer a las corrientes más alejadas de su proyecto político-electoral. En realidad, las corrientes dominantes se están blindando para todo un periodo: gane o pierda el candidato presidencial, los dirigentes de éstas estarán en el Congreso manteniendo el aparato partidario.
Lo más grave, en los casos de los tres partidos más grandes del país, es el menosprecio a los sentimientos de la sociedad. Son los aparatos partidarios los que se sobreponen a las necesidades de ésta, a la que muy escasamente representan. Las listas plurinominales son en México la expresión más acabada de la partidocracia que en buena medida ha dado al traste a nuestra muy incipiente democracia. La reforma a este respecto es necesaria, pero muy improbable, pues tendría que pasar por un congreso dominado justamente por las burocracias partidarias o donde éstas se expresan preponderantemente. Y no se trata de eliminar el principio de la representación proporcional, uno de los aspectos avanzados de nuestro sistema electoral en tanto da representación a las minorías, sino de una reforma que obligará a todos los candidatos a hacer campaña y a exponerse al escrutinio público antes de llegar a las cámaras, incorporando a los mejores segundos, terceros lugares, etcétera, a la representación popular. Pero eso se ve, por ahora, muy lejano, tanto como la propia democratización de los partidos. Por un periodo, tendremos que seguir viendo la llegada de legisladores esperpénticos, sectarios, burocráticos y carentes de representación a nuestros órganos de representación política.

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